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LEITURA EM PARTESParte 9 de 10

PARTE 9

Los meses siguientes confirmaron que mi vida podía avanzar sin necesidad de una gran revelación. No hubo un nuevo amor que apareciera para rescatarme, ni una oportunidad millonaria, ni una transformación repentina que convirtiera cada día en algo perfecto. Hubo trabajo, cansancio, pequeñas victorias y decisiones que por primera vez me pertenecían completamente.

El proyecto estaba cerca de terminar cuando el maestro Vargas me llamó a su oficina.

—Queremos mantener una pequeña coordinación permanente para la siguiente fase —dijo—. Pensamos que podrías encargarte.

La propuesta implicaba quedarme en Oaxaca durante más tiempo y asumir nuevas responsabilidades.

No era una decisión sencilla.

Esta vez no porque Sebastián pudiera oponerse.

Sino porque yo debía elegir qué clase de vida quería construir.

Pedí dos días.

Caminé mucho durante ese tiempo.

Pensé en Ciudad de México.

En mis amigos.

En los años que había vivido allá.

En Sebastián.

Y también pensé en la mujer que había llegado a Oaxaca meses antes con una maleta hecha a toda prisa.

Ella había venido huyendo de una boda cancelada.

Yo ya no estaba huyendo.

Al segundo día acepté.

Aquella noche llamé a Sebastián.

No tenía obligación de contarle, pero después de todo lo vivido sentí que prefería que lo supiera directamente por mí.

—Me ofrecieron quedarme —dije.

—¿Y aceptaste?

—Sí.

Hubo un silencio.

—Felicidades.

—Gracias.

—Entonces vas a establecerte allá.

—Eso parece.

Su respiración se escuchó al otro lado.

—Supongo que esta era la conversación que tarde o temprano íbamos a tener.

Sabía a qué se refería.

—Sí.

—¿Ya decidiste definitivamente que no quieres intentarlo otra vez?

Cerré los ojos.

Había esperado esa pregunta desde hacía meses.

No quería responderla por culpa.

Tampoco quería dejar una puerta entreabierta solo porque cerrar algo doliera.

—Sí, Sebastián.

El silencio fue largo.

—Está bien.

Su voz cambió apenas.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte por sentirlo.

—No. Quiero decir… siento que haya terminado así.

Miré por la ventana.

—Yo también.

—Parte de mí sigue pensando que, si hubiera entendido antes…

—Tal vez las cosas habrían sido diferentes.

—Sí.

—Pero no podemos construir una relación con lo que tal vez habría pasado.

Sebastián soltó el aire.

—Supongo que no.

No lloró.

Yo tampoco.

Aun así, aquella conversación dolió más que muchas de nuestras peleas.

Porque esta vez no estábamos intentando ganar.

Estábamos aceptando una pérdida.

—Quiero que seas feliz —dijo después de un rato.

—Yo también quiero que tú estés bien.

—¿Podemos algún día hablar sin que todo esto esté en medio?

Pensé antes de responder.

—Quizá. Pero no quiero prometértelo ahora.

—Lo entiendo.

Era suficiente.

Dos semanas después recibí el último paquete con algunas cosas que todavía quedaban en el departamento.

Dentro estaba la caja del anillo.

Me sorprendió.

Le escribí de inmediato.

Te dije que el anillo era tuyo.

Respondió:

Lo compré para ti. No quiero quedármelo como si fuera una deuda pendiente. Haz con él lo que quieras.

Pensé en discutir.

No lo hice.

Guardé la caja en un cajón.

No porque quisiera conservarla como una esperanza.

Simplemente todavía no sabía qué hacer con ella.

Tiempo atrás esa incertidumbre me habría inquietado.

Ahora entendía que no todas las decisiones tenían que tomarse el mismo día.

Cuando terminó la primera etapa del proyecto, organizamos una presentación con parte del material reunido. Ver meses de trabajo convertidos en algo concreto me produjo una satisfacción difícil de explicar.

El maestro Vargas se acercó al final.

—Hiciste bien en venir.

Sonreí.

—Casi no vengo.

—Lo importante es que viniste.

Aquella frase permaneció conmigo durante toda la noche.

Pensé en la mujer que había cancelado una cita de matrimonio a las dos de la mañana después de verse guardada como “Problema” en el teléfono de su prometido.

En ese momento yo creía que mi decisión consistía únicamente en abandonar a Sebastián.

Ahora entendía que había sido algo más.

Había empezado a dejar de abandonarme a mí misma.

Un mes antes de iniciar la nueva etapa del proyecto tuve que regresar una vez más a Ciudad de México para cerrar algunos asuntos profesionales.

Le avisé a Sebastián.

No me pidió verme.

Tampoco yo se lo propuse.

Pero la tarde anterior a mi regreso a Oaxaca recibí un mensaje.

Encontré algo tuyo mientras ordenaba. Es una libreta de trabajo. Si la necesitas, puedo llevártela mañana.

Reconocí la libreta por la fotografía que adjuntó.

Era importante.

Acepté.

Quedamos de vernos durante unos minutos en una cafetería cerca de mi hotel.

Sabía que probablemente sería la última vez que nos encontraríamos durante mucho tiempo.

Pero esta vez no llegué con miedo de que él lograra cambiar mi decisión.

Mi decisión ya no necesitaba defenderse.

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