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LEITURA EM PARTESParte 3 de 10

PARTE 3

Sebastián no volvió a mencionar el Registro Civil durante la cena porque, por primera vez en años, no hubo una cena preparada. Abrió el refrigerador, miró lo que había dentro y luego me observó como si la ausencia de un plato caliente fuera otra prueba de que yo estaba exagerando. Yo me limité a calentar algo para mí y regresé al comedor con la computadora.

—¿De verdad vas a comportarte así por un contacto del teléfono? —preguntó.

Cerré la pantalla.

—No es por un contacto.

—Entonces explícame qué es.

Lo miré durante unos segundos. Parte de mí sabía que había esperado aquella pregunta durante años, pero ahora que por fin llegaba ya no tenía la urgencia de convencerlo de nada.

—Cuando tuve miedo porque alguien me seguía, me dijiste que llamara a la policía y dejara de molestarte. Anoche Natalia dijo que tenía miedo y manejaste hasta donde estaba a las once de la noche. Cuando me lastimé el tobillo, dijiste que había nacido para causarte problemas. Cuando ella se lastimó, te disculpaste por haberle recomendado los zapatos. Podría seguir.

Sebastián se recargó contra la mesa.

—Natalia estaba sola.

—Yo también.

—No es lo mismo.

La respuesta fue tan inmediata que ni siquiera pareció darse cuenta de lo que acababa de decir.

Asentí.

—Eso es exactamente lo que entendí.

Sebastián se pasó una mano por el cabello, frustrado.

—La conozco desde hace mucho. Sé que se asusta con facilidad. Contigo siempre he sabido que puedes resolver las cosas.

—Ser capaz de resolverlas no significa que nunca necesite apoyo.

—Nunca dije eso.

—No hacía falta.

El silencio entre nosotros se extendió. Por primera vez, Sebastián no encontró una explicación rápida que cerrara el tema. Se sentó frente a mí, pero yo abrí nuevamente la computadora.

—No quiero discutir —dije—. Mañana tengo que terminar de preparar el viaje.

—¿Y cuánto vas a estar allá?

—No lo sé todavía. El proyecto tiene varias etapas.

—¿Semanas?

—Probablemente más.

La inquietud en su rostro apareció por primera vez sin disfrazarse de enojo.

—¿Y pretendes que yo simplemente acepte que te vas?

—No necesito que lo aceptes. Ya acepté el trabajo.

Él se quedó callado.

Yo también.

Durante cinco años, muchas de nuestras conversaciones habían terminado cuando Sebastián decidía que ya no valía la pena seguir hablando. Esa noche terminó porque fui yo quien eligió volver a su trabajo.

A la mañana siguiente salí temprano. Tenía que comprar materiales, revisar unas referencias y entregar copias de varios documentos. Sebastián ya estaba vestido cuando pasé por el comedor.

La corbata estaba torcida.

La vi.

Él notó que la había visto.

Ninguno dijo nada.

Antes de salir me preguntó:

—¿Vas a regresar temprano?

—No.

—Quería que habláramos.

—Podemos hablar cuando termine todo lo que tengo pendiente.

Su expresión volvió a endurecerse.

—Antes dejabas lo que fuera por hablar conmigo.

Tomé las llaves.

—Sí.

No añadí nada más.

La respuesta pareció incomodarlo mucho más que cualquier reproche.

Por la tarde recibí un mensaje de Natalia.

Valeria, siento muchísimo lo de anoche. No quería ocasionar problemas entre ustedes.

Leí el texto varias veces.

No había ninguna acusación que hacerle. Tampoco quería iniciar una conversación sobre Sebastián con ella.

Respondí:

No tienes que disculparte conmigo. Lo que está pasando entre Sebastián y yo nos corresponde resolverlo a nosotros. Espero que tu tobillo mejore.

Después archivé el chat.

Cuando regresé, Sebastián estaba sentado en la sala. Sobre la mesa había dos cafés. Uno era el que yo acostumbraba pedir.

—Te traje uno —dijo.

Lo agradecí y me senté.

—Hablemos.

Por primera vez no abrió la conversación diciéndome que estaba exagerando.

—No pensé que ese nombre del celular fuera importante —dijo—. Fue una estupidez. Puedo cambiarlo ahora mismo.

—Cambiarlo no cambia por qué lo escribiste.

—Fue una broma.

—¿Para quién?

No respondió.

—Yo ni siquiera sabía que estaba ahí —continué—. Así que no era una broma conmigo.

Sebastián bajó la vista.

—Está bien. Fue desagradable.

Era probablemente la primera vez que reconocía algo sin añadir inmediatamente una excusa.

Sin embargo, ya no bastaba.

—Gracias por reconocerlo.

Él levantó la cabeza.

—Entonces podemos recuperar la cita.

Negué.

—No.

—Valeria…

—Cancelar la boda no fue para castigarte. Fue porque no quiero entrar a un matrimonio sintiéndome exactamente como me he sentido estos años.

Sebastián apretó las manos.

—¿Y cómo te has sentido?

La pregunta salió más despacio.

—Como alguien a quien quieres siempre que no necesite nada.

No dijo nada.

Continué:

—Te gusta que pueda resolver problemas sola. Te gusta que recuerde tus horarios, que prepare tus cosas, que no te exija demasiado. Pero cuando necesito algo, parece que dejo de ser tu pareja y me convierto en una carga.

—Eso no es verdad.

—Tal vez no lo haces conscientemente. Pero es lo que has hecho.

Su rostro cambió. Ya no parecía enojado, sino perdido.

—Cinco años, Valeria.

—Lo sé.

—Íbamos a casarnos.

—También lo sé.

—¿Y puedes terminarlo así?

Lo miré.

—No empezó anoche.

Aquella frase lo dejó en silencio.

Esa noche terminé de preparar la mayor parte de mi equipaje. Guardé el anillo de compromiso en una pequeña caja, pero todavía no lo dejé sobre la mesa. No porque dudara de irme, sino porque quería entregárselo personalmente.

Al día siguiente sería mi última noche en el departamento antes de partir.

Sebastián todavía parecía convencido de que había tiempo para revertirlo.

Yo, en cambio, empezaba a entender que mi decisión no dependía de que él finalmente comprendiera.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

 

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