Stories · Emotions · Life

LEITURA EM PARTESParte 6 de 10

PARTE 6

Dos meses después de mi llegada a Oaxaca, el proyecto entró en una etapa más estable. Ya no vivíamos corriendo de una reunión a otra y yo tenía suficientes responsabilidades como para empezar a pensar seriamente en quedarme hasta el final. El maestro Vargas me confirmó que necesitaban mi participación durante varios meses más.

Acepté sin pedir tiempo para consultarlo con nadie.

Ese simple detalle me hizo consciente de cuánto había cambiado.

Antes, cualquier decisión importante pasaba primero por la pregunta de cómo afectaría a Sebastián.

Ahora comenzaba por preguntarme si era buena para mí.

Esa misma semana tuvimos que resolver formalmente algunos asuntos pendientes entre nosotros. Todavía había servicios contratados con ambos nombres y yo conservaba una llave del departamento.

Lo llamé.

—Necesitamos organizar lo que falta.

—Está bien.

Su tono fue tranquilo.

Hicimos una lista.

Nada dramático.

Nada que justificara una nueva pelea.

Yo pagaría lo que me correspondía hasta la fecha en que me fui y él se encargaría de cambiar los servicios que quedaban a su nombre. La llave se la enviaría con uno de los paquetes.

Cuando terminamos, Sebastián dijo:

—Nunca pensé que íbamos a tener una conversación como esta.

—Yo tampoco.

—¿Te está yendo bien?

—Sí.

—Se nota.

No supe qué responder.

Después añadió:

—No lo digo para hacerte sentir culpable.

—No me siento culpable.

Otra pausa.

—Eso también se nota.

Había tristeza en su voz, pero no reproche.

Días después me escribió Natalia.

No habíamos hablado desde su primera disculpa.

Sé que probablemente no quieras saber nada de mí, pero siento que debería decirte algo.

No respondí de inmediato.

El mensaje siguiente llegó solo.

Sebastián y yo discutimos.

Fruncí el ceño.

No quería convertirme en intermediaria.

Le contesté:

Lo que pase entre ustedes deben resolverlo ustedes. Prefiero no involucrarme.

Ella tardó unos minutos.

Entiendo. Perdón.

Ahí terminó.

No pregunté qué había sucedido.

Mi decisión fue más importante de lo que parecía.

Durante años habría querido conocer cada detalle para comparar cuánto hacía Sebastián por ella y cuánto hacía por mí. Ahora comprendía que seguir observando esa relación también me mantenía atada a la misma competencia que yo decía no querer.

Dos semanas después, Sebastián mencionó el asunto por su cuenta.

—Natalia se molestó conmigo.

Yo estaba doblando unas fichas de trabajo mientras hablábamos.

—No hace falta que me cuentes.

—No quiero usarte para hablar de ella.

—Entonces no lo hagas.

Se quedó callado.

Después soltó una risa breve y cansada.

—Antes nunca me habrías respondido así.

—Antes yo escuchaba cosas que no quería escuchar con tal de que no te enojaras.

La risa desapareció.

—Tienes razón.

Esa facilidad para reconocerlo seguía sorprendiéndome.

Sebastián explicó únicamente lo necesario.

Natalia le había pedido ayuda varias veces desde mi partida. Él empezó a decirle que resolviera algunas cosas por sí misma cuando no se trataba de una emergencia.

Ella había interpretado el cambio como frialdad.

—Me dijo que antes yo no era así —contó.

—¿Y qué le dijiste?

—Que quizá antes yo tampoco sabía poner límites.

No comenté nada.

—No quiero que pienses que estoy haciendo esto para recuperarte —añadió.

—Entonces no necesitas contármelo.

El silencio que siguió no fue cómodo, pero sí honesto.

—Tienes razón otra vez —dijo.

Aquella noche pensé mucho en esa conversación.

Sebastián estaba cambiando algunas conductas.

Yo también.

Pero estábamos cambiando en direcciones independientes.

Eso hacía que el futuro fuera mucho menos romántico que las historias que yo había imaginado cuando era más joven.

No existía una promesa de que, si ambos mejorábamos, terminaríamos juntos.

A veces dos personas podían aprender después de hacerse daño y aun así continuar por caminos distintos.

Cuando el tercer mes estaba por terminar, recibí una propuesta inesperada del proyecto.

No era una fortuna ni una posición extraordinaria.

Simplemente necesitaban a alguien que se quedara como coordinadora durante la siguiente etapa y mi trabajo había funcionado bien.

La oferta significaba prolongar mi estancia.

Me dieron tres días para decidir.

La antigua Valeria habría llamado a Sebastián esa misma noche.

Yo abrí una hoja en la computadora.

Anoté salario, responsabilidades, vivienda, duración, oportunidades profesionales y todo lo que podía perder o ganar.

Al terminar, la respuesta estaba bastante clara.

Al día siguiente acepté.

Solo después le conté a Sebastián.

—Voy a quedarme más tiempo.

Hubo un silencio largo.

—¿Cuánto?

Se lo dije.

Respiró despacio.

—Entonces esto ya no es solo un viaje.

—No.

—Estás construyendo algo allá.

—Sí.

Esperé que dijera que nuestra relación también importaba.

No lo hizo.

—Me alegra que te esté yendo bien —respondió finalmente.

Por primera vez le creí sin preguntarme qué esperaba obtener a cambio.

Y por primera vez también comprendí que su sinceridad no tenía por qué cambiar mi decisión.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

 

DESCUBRA MAIS

Histórias mais recentes

Comece sempre pela Parte 1