
PARTE 4
El último día antes de mi viaje, Sebastián salió de casa mucho más tarde de lo habitual. Durante el desayuno apenas tocó el café y varias veces pareció querer decir algo, pero se detuvo. Cuando yo me levanté para guardar mi taza, habló por fin.
—Natalia me escribió anoche.
No respondí de inmediato.
—Me dijo que te pidió disculpas.
—Sí.
—También dijo que quizá debería alejarse un poco para no complicar las cosas.
Lo miré.
—Eso es decisión de ella.
Sebastián frunció el ceño.
—¿No quieres que le diga nada?
—No.
—Pensé que eso era lo que te molestaba.
—No estoy compitiendo con Natalia.
Él guardó silencio.
Me senté otra vez porque comprendí que, si no se lo decía entonces, seguiría intentando reducir todo a una sola persona.
—Si mañana Natalia desapareciera de nuestras vidas, seguiríamos teniendo el mismo problema. No es ella quien me llamó una carga durante años. No fue ella quien decidió que mis miedos eran absurdos. No fue ella quien me acostumbró a pedir cada vez menos para no incomodarte.
Sebastián bajó lentamente la vista.
—Nunca quise que sintieras eso.
—Lo sé.
Pareció sorprenderse.
—¿Entonces por qué no podemos arreglarlo?
—Porque no querer hacer daño no significa que el daño no exista.
Me levanté.
—Y porque ahora mismo no confío en que quieras cambiar tu manera de tratarme. Creo que quieres impedir que me vaya.
No lo dijo, pero su expresión me confirmó que había acertado.
Por la tarde fui a comprar lo último que necesitaba. Cuando regresé encontré a Sebastián intentando hacer el nudo de su corbata frente al espejo de la entrada.
Lo había intentado varias veces.
Al verme, bajó las manos.
—No tienes que demostrar nada —dije.
—No estoy demostrando nada.
Caminé hacia la recámara.
—Solo estoy aprendiendo.
Aquello me hizo detenerme un segundo, aunque no me giré.
Durante mucho tiempo había imaginado que el día en que Sebastián empezara a comprenderme yo sentiría alivio. En realidad, lo único que sentía era cansancio.
Esa noche saqué el anillo de la caja.
Sebastián estaba sentado en la sala cuando me acerqué.
Puse la caja sobre la mesa.
La miró.
Después me miró a mí.
—No.
Su reacción fue inmediata.
—Sebastián…
—Llévatelo.
—No tiene sentido.
—Te lo di a ti.
—Como anillo de compromiso.
—Y seguimos comprometidos.
Negué despacio.
—Yo ya no.
El músculo de su mandíbula se tensó.
—No puedes decidir eso sola.
—Sí puedo decidir si quiero casarme contigo.
No encontró una respuesta.
Empujé la caja suavemente hacia él.
—No quiero usar un anillo como si nada hubiera cambiado.
—¿Eso significa que terminamos?
La pregunta sonó distinta a todas las anteriores.
Ya no había enojo.
Solo una necesidad desesperada de que yo no pronunciara la respuesta.
Respiré hondo.
—Significa que no quiero seguir comprometida.
Sebastián cerró los ojos un instante.
—¿Por qué no me dijiste antes que estabas tan mal?
Aquella pregunta me dolió más de lo que esperaba.
—Te lo dije muchas veces. Solo que no usé las palabras “voy a dejarte”.
Recordé discusiones pequeñas, momentos en que le había pedido que no se burlara, noches en que le había explicado que me dolía sentirme la última prioridad. Sebastián siempre había respondido que yo pensaba demasiado o que estaba cansado.
Él parecía estar recordando algunas de esas escenas también.
—Creí que eran discusiones normales.
—Para ti terminaban cuando dejábamos de hablar. Para mí no.
Esa noche ninguno durmió mucho.
A las seis de la mañana arrastré mi maleta hasta la puerta.
Sebastián ya estaba despierto.
—Te llevo.
—No hace falta.
—Valeria, por favor.
Lo observé.
No parecía estar intentando imponerse.
Solo quería hacer algo.
Acepté.
El trayecto fue silencioso. En el asiento trasero llevaba mis materiales, la computadora y una mochila pequeña. Sebastián condujo con ambas manos sobre el volante.
Cuando llegamos al punto de reunión del equipo, varias personas ya estaban acomodando equipaje.
El maestro Vargas me saludó desde lejos.
Sebastián apagó el motor.
—¿Cuándo vuelves?
—No tengo una fecha exacta.
—¿Me vas a contestar?
—Si necesitas hablar de algo importante, sí.
—¿Y si solo quiero saber cómo estás?
Miré hacia el frente.
—No lo sé.
Su mano se movió ligeramente sobre el volante.
—Valeria, no quiero que cinco años terminen así.
—Yo tampoco quería que llegáramos aquí.
Abrí la puerta.
Él dijo mi nombre.
Me detuve.
—Voy a cambiar.
Volví la cabeza.
—Hazlo si crees que lo necesitas, Sebastián. Pero no lo hagas como condición para que yo regrese.
Bajé del auto.
El aire de la mañana estaba frío.
Caminé hacia el equipo sin mirar atrás hasta que llegué junto al maestro Vargas.
Solo entonces giré.
El carro de Sebastián seguía estacionado.
Minutos después arrancó y se perdió entre el tráfico.
Yo subí al vehículo del proyecto.
Por primera vez en cinco años, no sabía cuándo volvería a verlo.
Y por primera vez, esa incertidumbre no me dio miedo.
La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇














