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LEITURA EM PARTESParte 5 de 10

PARTE 5

El proyecto comenzó mucho antes de que yo tuviera tiempo de pensar en Sebastián. El equipo se instaló primero en Oaxaca de Juárez y durante los días siguientes visitamos talleres, archivos comunitarios y espacios donde se preservaban técnicas artesanales que llevaban generaciones transmitiéndose de una familia a otra. Mi trabajo exigía concentración y una paciencia que durante años había utilizado en mi relación, solo que esta vez cada esfuerzo tenía un resultado visible.

Los primeros dos días Sebastián no llamó.

Al tercero llegó un mensaje.

¿Llegaste bien?

Contesté:

Sí. Todo bien.

No añadió nada más.

Me sorprendió.

Una parte de mí esperaba una serie de llamadas, reclamos o mensajes insistentes. Que no los hubiera me permitió descubrir algo incómodo: yo estaba tan acostumbrada a anticipar sus reacciones que seguía organizando mi conducta alrededor de ellas incluso estando a cientos de kilómetros.

El quinto día me llamó.

Estuve a punto de no contestar, pero acabábamos de terminar la jornada.

—Hola.

—Hola.

La conversación comenzó torpe.

Me preguntó por el trabajo. Le expliqué de manera general en qué consistían las primeras actividades. Escuchó sin interrumpir.

Después dijo:

—Encontré unas carpetas tuyas en el escritorio.

—Déjalas ahí. Cuando pueda organizo cómo recogerlas.

Hubo una pausa.

—También encontré la caja del anillo.

No respondí.

—Todavía está donde la dejaste.

—Está bien.

—Para mí no.

Su voz se tensó, pero no llegó a subir de tono.

—No sé qué quieres que diga.

—Quiero que me digas si existe alguna posibilidad de que arreglemos esto.

Miré el patio del edificio donde estábamos trabajando.

—No lo sé, Sebastián.

—Eso no es un no.

—Tampoco es un sí.

Escuché cómo respiraba del otro lado.

—Natalia me pidió que fuera con ella a una revisión del tobillo.

Sentí una extraña calma.

—Está bien.

—Le dije que no podía.

—Eso también está bien.

—¿No te importa?

—No quiero controlar a quién ayudas. Ese nunca fue el punto.

Volvió a quedarse callado.

—Creo que apenas estoy entendiendo eso.

Aquella frase fue más significativa que cualquier promesa que hubiera hecho antes.

Pero entender una idea durante una semana no reparaba cinco años.

—Ojalá sí lo entiendas —respondí.

Antes de despedirnos me pidió que lo llamara alguna vez.

No prometí hacerlo.

Durante las semanas siguientes nuestras conversaciones fueron escasas. Sebastián dejó de preguntarme cuándo regresaría. En lugar de eso, de vez en cuando mandaba mensajes sencillos sobre algo práctico: correspondencia que había llegado, un documento que encontró o una cuenta compartida de servicios que necesitábamos ordenar.

Ese cambio no me hizo regresar.

Pero me permitió bajar la guardia.

A mitad del primer mes, el maestro Vargas me ofreció asumir la coordinación de una pequeña parte del proyecto. Una de las personas encargadas había tenido que retirarse por motivos personales y necesitaban a alguien que organizara registros, horarios y entregas.

Acepté.

Por primera vez en mucho tiempo, mis días comenzaron a construirse alrededor de decisiones que no tenían ninguna relación con Sebastián.

Descubrí que me gustaba caminar sola al terminar el trabajo.

Me gustaba cenar sin revisar la hora.

Me gustaba poder dejar el celular en silencio sin preocuparme por si alguien se molestaría.

También descubrí que lo extrañaba algunas noches.

No la relación exactamente.

Extrañaba la familiaridad.

Cinco años no desaparecen porque una persona tome una maleta.

Había mañanas en que escuchaba una canción que conocíamos y sentía un hueco en el pecho. Había noches en que pensaba en llamarlo solo para preguntarle si había aprendido finalmente a hacer el nudo de la corbata.

Nunca lo hice.

Una tarde él mismo me mandó una fotografía.

Era una corbata perfectamente anudada.

Debajo escribió:

Ya aprendí.

Sonreí sin querer.

Contesté:

Bien.

Nada más.

Un mes después del viaje, Sebastián volvió a preguntarme por mis cosas.

—No quiero que parezca que estoy presionándote —dijo—, pero hay varias cajas que siguen aquí. Puedo mandártelas.

Pensé unos segundos.

—Mándame solo los libros y los documentos. La ropa puede esperar.

—¿Vas a volver por ella?

—Algún día.

No preguntó cuándo.

En el pasado habría insistido.

Esta vez solo respondió:

—Está bien.

El paquete llegó la semana siguiente.

Todo estaba perfectamente acomodado.

Entre los libros no había cartas, regalos ni mensajes escondidos.

Solo mis cosas.

Ese detalle me produjo una sensación extraña.

Sebastián estaba empezando a respetar un límite incluso cuando ese límite lo perjudicaba.

Sin embargo, el cambio más importante estaba ocurriendo en mí.

Ya no esperaba cada gesto suyo como una señal de que debía volver.

Podía reconocer que estaba actuando diferente sin convertir ese reconocimiento en una deuda.

Una noche, mientras revisaba los registros del proyecto, entendí algo que me dejó quieta frente a la computadora.

Durante años había confundido amor con resistencia.

Creía que amar significaba soportar hasta que la otra persona comprendiera.

Ahora empezaba a considerar otra posibilidad.

A veces amar a alguien no obliga a quedarse hasta que aprenda a tratarte bien.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

 

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