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LEITURA EM PARTESParte 7 de 10

PARTE 7

A los cuatro meses de haberme ido, volví a Ciudad de México por dos días. Tenía que recoger documentos originales que no había considerado necesarios al principio y quería terminar de separar mis cosas del departamento de Sebastián. No le avisé hasta que ya tenía comprados los boletos.

—Voy a estar allá el jueves —le dije por teléfono.

Hubo un breve silencio.

—¿Quieres quedarte en el departamento?

—No. Ya reservé un hotel cerca.

No discutió.

—Está bien.

Cuando llegué el jueves por la tarde, Sebastián ya había colocado mis pertenencias en varias cajas. Nada estaba amontonado. Había etiquetado libros, ropa, documentos y objetos personales para que yo pudiera revisar todo con facilidad.

—No sabía qué querías conservar —explicó.

—Gracias.

El departamento parecía casi igual y, al mismo tiempo, completamente distinto.

Faltaban pequeñas cosas mías.

Una manta.

Fotografías.

Libros.

Un florero que yo había comprado años antes.

La ausencia de esos objetos hacía visible una separación que durante meses solo había existido en conversaciones y cajas enviadas por mensajería.

Sebastián preparó café.

Me preguntó si podía sentarme unos minutos antes de empezar a revisar.

Acepté.

Se había cortado el cabello de otra manera y parecía más delgado.

La corbata estaba bien anudada.

Noté el detalle y él siguió mi mirada.

—Ya no necesito tutorial —dijo.

Sonreí apenas.

—Se nota.

Durante unos segundos apareció entre nosotros una versión de la relación que había sido fácil. Una familiaridad tranquila.

Pero no duró mucho.

Sebastián fue el primero en hablar.

—He pensado muchas veces en lo que dijiste antes de irte.

Esperé.

—En que yo quería que fueras fuerte porque eso me resultaba cómodo.

No contesté.

—Creo que es verdad.

Lo miré.

—Cuando resolvías algo sola, yo lo veía como una prueba de que no necesitabas ayuda. Nunca pensé que quizá estabas aprendiendo a no pedírmela porque yo siempre reaccionaba mal.

Sus palabras me golpearon de una manera distinta a cualquier disculpa.

No porque fueran perfectas.

Sino porque por fin describían lo que había ocurrido sin intentar convertirlo en un malentendido.

—Sí —dije—. Eso fue exactamente lo que pasó.

Bajó la mirada.

—Lo siento.

—Gracias.

—No voy a decirte que ya cambié por completo.

—Me alegra.

Levantó los ojos, sorprendido.

—Porque cuatro meses no borran años —expliqué—. Y tampoco creo que alguien cambie de verdad solo porque lo diga.

Asintió.

—He empezado a entender eso.

Después hablamos de cosas prácticas.

Revisé las cajas.

Separé lo que quería donar y pedí que el resto fuera enviado a Oaxaca.

Cuando terminé, saqué la llave del departamento y la dejé sobre la mesa.

Sebastián la miró durante unos segundos.

Ese objeto pequeño pareció pesar más que el anillo.

—Entonces ya está —dijo.

—Sí.

—Ya no tienes nada aquí.

Miré alrededor.

—Todavía tengo recuerdos.

Él sonrió con tristeza.

—Eso no cabe en una caja.

Antes de irme preguntó si podía acompañarme hasta el hotel.

Negué.

—Prefiero caminar un rato.

No insistió.

Bajé sola.

Recorrí varias calles que conocía de memoria.

Por primera vez pude mirar esa parte de la ciudad sin relacionar cada lugar con nuestra rutina.

Había pasado años creyendo que perder aquella relación significaría perder también la vida que habíamos construido.

Ahora veía que una vida puede desarmarse sin que la persona que la vivía desaparezca con ella.

A la mañana siguiente desayuné con una antigua compañera de trabajo.

Me preguntó si pensaba regresar definitivamente.

—No lo sé —respondí.

Y aquella vez la incertidumbre me pareció una posibilidad, no una amenaza.

Antes de volver a Oaxaca, Sebastián me pidió verme una última vez en una cafetería cerca de la terminal.

Acepté.

No hubo escenas.

No hubo ruegos.

Solo dos personas sentadas frente a frente intentando hablar sin repetir los errores de los últimos cinco años.

—Todavía te amo —dijo.

Bajé la mirada hacia mi taza.

—Yo todavía siento muchas cosas por ti.

—No es lo mismo.

—No.

Respiró hondo.

—¿Hay alguien más?

Negué.

—No necesito que exista alguien más para decidir no volver.

Asintió lentamente.

—Creo que antes habría preferido que lo hubiera.

—¿Por qué?

—Porque sería más fácil culpar a alguien.

Aquella respuesta me sorprendió por su honestidad.

—Pero no hay nadie —continuó—. Así que tengo que aceptar que esto pasó por nosotros.

—Sí.

Cuando anunciaron la salida de mi autobús, me levanté.

Sebastián también.

No intentó abrazarme.

—Cuídate, Valeria.

—Tú también.

Di unos pasos y me llamó.

Giré.

—Gracias por no fingir que todo estaba bien solo para que yo me sintiera mejor.

Lo miré un momento.

Después asentí.

Me fui sin mirar atrás.

Y esa vez supe que no estaba escapando.

Estaba eligiendo hacia dónde quería seguir.

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