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LEITURA EM PARTESParte 2 de 10

PARTE 2

Sebastián permaneció con la corbata en la mano, observándome como si no hubiera entendido lo que acababa de decirle. —¿Qué te pasa desde anoche? —preguntó al fin. Guardé el portadocumentos en mi bolsa y respondí sin levantar la voz. —Nada. Solo creo que ya puedes hacer algunas cosas por tu cuenta.

—¿Sigues molesta por el nombre del celular? —Su tono llevaba más impaciencia que preocupación—. Ya te dije que lo puse sin pensar. Lo miré por primera vez desde que había entrado al vestidor. —Entonces tampoco debería importarte que yo deje de hacerte el nudo de la corbata.

Sebastián abrió la boca, pero desde el pasillo llegó la voz de Natalia preguntando si podía tomar un vaso de agua. Él giró la cabeza casi por reflejo. Ese movimiento pequeño terminó cualquier conversación antes de que empezara. Aproveché para salir con mi bolsa.

Natalia seguía usando unas sandalias que encontró en la habitación de visitas. Cuando me vio pasar, dijo que su tobillo estaba mejor y que se iría en cuanto pudiera pedir un auto. Sebastián respondió que él la llevaría después. Yo no intervine.

Tenía tres días para organizar mi salida y no quería desperdiciarlos discutiendo sobre algo que, después de cinco años, ya no necesitaba explicación. Fui a imprimir los documentos del proyecto, revisé mis identificaciones y confirmé con el maestro Vargas el punto de reunión. Me pidió llevar únicamente lo indispensable porque el equipo se trasladaría varias veces durante las primeras semanas.

A media mañana, Sebastián me mandó un mensaje. ¿A qué hora nos vemos mañana para lo del Registro Civil? Miré la pantalla durante unos segundos. Había olvidado que él todavía creía que la cita seguía vigente.

Escribí: La cancelé anoche. La respuesta llegó casi de inmediato. ¿Qué? No contesté en ese momento porque estaba firmando la recepción de unos materiales que necesitaba llevar conmigo.

Cinco minutos después me llamó. —¿Cómo que la cancelaste? —preguntó apenas respondí. —Exactamente eso. La cita de mañana ya no existe. Hubo un silencio breve antes de que su voz se endureciera. —Valeria, no conviertas una tontería en un espectáculo.

Miré por la ventana del lugar donde estaba haciendo mis trámites. —No estoy haciendo ningún espectáculo. Tú mismo dijiste anoche que, si yo no podía aceptar algo tan pequeño, quizá no debíamos casarnos. Solo tomé en serio tus palabras.

—Estaba enojado. —Yo también estaba escuchando —respondí—. Y ya no quiero casarme mañana. Sebastián soltó el aire con fuerza. —Cuando regreses a la casa hablamos. No tomes decisiones importantes solo porque estás sensible.

No discutí sobre si estaba sensible o no. —Tengo cosas que hacer. Hablamos después. Corté antes de que pudiera seguir y apagué el sonido del celular. Por primera vez en años, no sentí la necesidad de resolver su enojo antes que mis propios asuntos.

Regresé al departamento cerca de las seis. Sebastián todavía no había llegado. Natalia tampoco estaba. Entré a la recámara y saqué una maleta que casi nunca usábamos.

No empaqué todo. Solo ropa suficiente, mis documentos, la computadora, algunos libros de trabajo y objetos personales que no quería dejar atrás. Lo demás podía esperar. La simple acción de separar mis cosas de las suyas hizo que la decisión de la noche anterior dejara de sentirse como un impulso y empezara a convertirse en algo real.

Sebastián llegó cuando yo estaba cerrando una carpeta. Vio la maleta abierta sobre la cama y se quedó inmóvil. —¿Ahora también te vas? —preguntó. Levanté la vista. —Sí. En dos días salgo a Oaxaca por un proyecto.

La sorpresa en su rostro duró apenas un momento antes de convertirse en molestia. —¿Desde cuándo tienes ese proyecto? —Me invitaron hace tres días. —¿Y pensabas decírmelo después de casarnos? Negué despacio. —Hace tres días todavía pensaba rechazarlo.

Sebastián entendió la respuesta y apretó la mandíbula. —Entonces todo esto es por Natalia. —No —dije—. Natalia solo hizo visible algo que llevaba mucho tiempo ahí. Él quiso responder, pero por primera vez no me quedé esperando a escuchar cómo iba a minimizarlo.

Cerré la maleta y la bajé de la cama. —Tengo dos días para prepararme. No quiero pasarlos peleando. Sebastián me miró como si todavía creyera que, si esperaba lo suficiente, yo volvería a comportarme como siempre. Pero esa noche ya no fui detrás de él, no preparé su ropa para el día siguiente y tampoco pregunté si había cenado.

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