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LEITURA EM PARTESParte 10 de 10

PARTE 10

Sebastián llegó a la cafetería con mi libreta en la mano. La dejó sobre la mesa y sonrió de una manera cansada pero tranquila.

—Siempre terminamos hablando frente a una taza de café.

—Parece que sí.

Abrí la libreta para comprobar que fuera la correcta.

Entre sus páginas había notas antiguas, presupuestos, dibujos y listas que había escrito mucho antes de irme a Oaxaca.

—Gracias por traerla.

—De nada.

Durante algunos minutos hablamos de trabajo.

Sebastián me contó que había cambiado algunas rutinas y que estaba tratando de organizar mejor su vida sin depender de que alguien resolviera por él todo lo cotidiano.

No lo dijo esperando reconocimiento.

Solo era una conversación.

Yo le conté que había aceptado quedarme en Oaxaca para la nueva etapa del proyecto.

Aunque ya lo sabía, escucharlo en persona pareció darle un peso diferente.

—Entonces es definitivo —dijo.

—Sí.

Asintió.

—Me alegra que hayas encontrado algo que quieras hacer.

—Yo también.

Observó la mesa.

—He pensado mucho en nuestro último año.

No interrumpí.

—Antes creía que todo estaba bien porque casi nunca discutíamos.

Sonreí con tristeza.

—Casi nunca discutíamos porque yo dejé de decir muchas cosas.

—Lo sé ahora.

Sebastián levantó la mirada.

—Y lo peor es que probablemente me gustaba esa versión de la relación. Tú resolvías todo, yo tenía tranquilidad y confundía eso con que éramos compatibles.

Sus palabras ya no dolían como antes.

Tal vez porque yo había llegado a la misma conclusión meses atrás.

—Yo también contribuí —dije—. Empecé a esconder lo que me molestaba porque era más fácil que escuchar que exageraba.

—Pero yo hice que hablar fuera difícil.

—Sí.

No lo negué para consolarlo.

Tampoco asumí una culpa que no me correspondía.

Por primera vez podíamos hablar de nuestra relación sin intentar proteger una versión idealizada de ella.

Sebastián se quedó callado.

Después preguntó:

—¿Todavía tienes el anillo?

—Sí.

—¿Qué vas a hacer con él?

—No lo sé.

Asintió.

—Está bien.

Sonreí.

—Antes te habría desesperado escucharme decir eso.

—Antes quería que todo tuviera una respuesta inmediata si la respuesta me convenía.

Solté una risa pequeña.

Él también.

Fue extraño poder reírnos de algo que meses atrás habría terminado en una pelea.

Pero aquella ligereza no significaba que debiéramos regresar.

A veces solo significaba que una herida estaba dejando de sangrar.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo.

—Sí.

—Si aquella noche yo no hubiera ido por Natalia, ¿nos habríamos casado?

Pensé bastante antes de responder.

—Probablemente.

Su expresión se ensombreció.

—Entonces arruiné todo esa noche.

Negué.

—No.

Me miró.

—Esa noche solo me permitió ver algo que ya existía. Si no hubiera ocurrido, quizá habría tardado más en darme cuenta.

—No sé si eso me hace sentir mejor.

—No tiene que hacerlo.

Sebastián bajó la mirada.

—Durante mucho tiempo culpé a Natalia en secreto.

No dije nada.

—Después entendí que era cómodo hacerlo. Si ella era la causa, entonces yo solo tenía que alejarme de ella y tú volverías. Pero el problema no era que yo la ayudara. Era la diferencia entre cómo reaccionaba cuando ella necesitaba algo y cómo reaccionaba cuando eras tú.

Asentí.

—Exactamente.

—Tardé demasiado en entenderlo.

—Sí.

Aquella palabra quedó suspendida entre nosotros.

No intenté suavizarla.

Porque también formaba parte de cerrar la historia.

Sebastián respiró hondo.

—No voy a pedirte que regreses.

—Lo sé.

—Y creo que esta vez lo digo en serio.

Sonreí.

—También lo creo.

Terminamos el café sin prisas.

Cuando salimos, la tarde estaba despejada.

Caminamos juntos hasta la esquina donde nuestros caminos se separaban.

Sebastián se detuvo.

—Valeria.

Lo miré.

—Espero que nunca vuelvas a creer que eres un problema por necesitar algo de alguien.

Sentí que los ojos se me humedecían.

No de tristeza.

Tal vez de alivio.

—Y yo espero que nunca vuelvas a tratar como una carga a alguien que confía en ti.

Asintió.

—No quiero hacerlo.

Nos quedamos frente a frente unos segundos.

Cinco años no podían resumirse en una sola despedida.

Había habido días buenos.

Había existido cariño.

También había heridas que ninguno de los dos había sabido mirar a tiempo.

Todo eso podía ser verdad al mismo tiempo.

Sebastián abrió los brazos ligeramente, como preguntando sin palabras.

Esta vez fui yo quien decidió acercarse.

Lo abracé.

No fue el abrazo de dos personas que regresaban.

Fue el de dos personas que finalmente aceptaban que habían llegado al final.

Cuando nos separamos, él tenía los ojos rojos.

—Cuídate.

—Tú también.

Caminé hacia la avenida.

No miré atrás de inmediato.

Cuando finalmente lo hice, Sebastián todavía estaba en la esquina.

Levantó una mano.

Yo hice lo mismo.

Después seguimos en direcciones opuestas.

Al día siguiente regresé a Oaxaca.

La nueva etapa del proyecto comenzó una semana después.

Alquilé un departamento pequeño cerca del centro, acomodé mis libros y puse sobre el escritorio algunas fotografías del trabajo que habíamos realizado.

La caja del anillo quedó dentro de un cajón.

Meses más tarde decidí venderlo y utilizar parte del dinero para comprar equipo que necesitaba para mis propios proyectos.

No sentí tristeza al hacerlo.

Tampoco satisfacción.

Solo la sensación de estar cerrando algo que ya había cumplido su función en mi vida.

Con Sebastián hablé cada vez menos.

Alguna felicitación por cumpleaños.

Un mensaje ocasional.

Nada más.

Supe que seguía con su vida y me alegró sinceramente.

Yo también seguí con la mía.

A veces, cuando alguien del equipo me pedía ayuda, todavía me sorprendía recordando aquella palabra en la pantalla de un teléfono.

Problema.

Durante mucho tiempo pensé que eso era lo que ocurría cuando necesitaba demasiado.

Ahora sabía algo distinto.

Todos necesitamos apoyo alguna vez.

La diferencia está en elegir personas que no utilicen nuestras necesidades para hacernos sentir culpables por existir.

Aquella noche, meses atrás, había cancelado una cita de matrimonio convencida de que estaba dejando de molestar a Sebastián.

Con el tiempo entendí que esa no había sido la decisión más importante.

La verdadera decisión había sido dejar de tratarme a mí misma como alguien que debía pedir permiso para ocupar espacio.

Cerré la computadora después de terminar mi trabajo y salí al balcón.

La ciudad seguía despierta frente a mí.

Había planes para la semana siguiente, responsabilidades, lugares que todavía quería conocer y decisiones que aún no había tomado.

Y por primera vez en muchos años, ninguna de ellas necesitaba la aprobación de otra persona para convertirse en mi vida.

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