
PARTE 8
Al regresar a Oaxaca, mi trabajo entró en la etapa más exigente del proyecto. Teníamos que organizar meses de registros y preparar una presentación para varias comunidades participantes. Durante tres semanas casi no tuve tiempo para pensar en otra cosa.
Sebastián respetó la distancia.
Mandaba algún mensaje ocasional, pero nunca volvió a preguntar cuándo regresaría.
Una noche, al terminar una reunión, encontré uno suyo.
Voy a estar en Oaxaca la próxima semana por trabajo. Si te parece bien, me gustaría invitarte a tomar un café. Si prefieres que no, lo entiendo.
Leí el mensaje dos veces.
La forma de preguntar era distinta.
Antes habría comprado el boleto y después me habría informado.
Pensé durante un rato.
Finalmente respondí:
Podemos tomar un café el miércoles.
Nos encontramos en un lugar cercano al centro.
Sebastián llegó antes que yo.
No traía regalos.
No llevaba flores.
No había preparado ningún gesto espectacular.
Y curiosamente eso me tranquilizó.
—Gracias por venir —dijo.
—Dijiste que estabas aquí por trabajo.
—Sí. Mañana regreso.
Pedimos café.
Durante algunos minutos hablamos de cosas normales.
Después Sebastián sacó el tema que realmente lo había llevado a pedirme la reunión.
—No quiero seguir tratando de convencerte de volver.
No esperaba escuchar eso.
—Está bien.
—Durante meses pensé que, si demostraba que podía hacer las cosas diferente, tú regresarías. Pero entonces comprendí que seguía convirtiendo mis cambios en una deuda tuya.
Lo observé en silencio.
—Si yo hago algo mejor, no significa que tú me debas otra oportunidad.
La frase se quedó entre nosotros.
—No —dije—. No significa eso.
—Lo sé ahora.
Bajó la mirada hacia la taza.
—Y quiero disculparme por algo más.
Esperé.
—Cuando dijiste que cancelabas la boda, mi primera reacción fue decirte que estabas sensible. Ni siquiera pregunté qué te había llevado a hacerlo. Solo intenté desautorizar la decisión porque no era la que yo quería.
Respiré despacio.
—Eso también era parte del problema.
—Sí.
No había nada que discutir.
Sebastián no estaba intentando convencerme de que su versión fuera mejor.
Estaba reconociendo lo ocurrido.
—¿Natalia sigue en tu vida? —pregunté después de un rato.
No porque sintiera celos, sino porque necesitaba saber si podía hablar de ese tema sin volver a caer en antiguas comparaciones.
—Nos vemos de vez en cuando —respondió—. Pero las cosas son diferentes.
—¿Por qué?
—Porque dejé de sentir que tengo que resolver cada problema que tiene.
Asentí.
—Al principio se enojó. Después lo hablamos. Creo que yo también la acostumbré a algo que no era saludable.
No añadió más.
Tampoco necesitaba hacerlo.
La cuestión nunca había sido demostrar si Natalia era buena o mala.
El problema era la desigualdad con la que Sebastián había tratado nuestras necesidades.
Antes de irnos caminamos algunas calles.
Oaxaca estaba llena de movimiento y la luz de la tarde caía sobre las fachadas.
Sebastián miró alrededor.
—Te ves distinta aquí.
—¿Distinta cómo?
Pensó antes de responder.
—Más tranquila.
Sonreí.
—Tal vez porque lo estoy.
Él asintió.
No intentó decir que podía darme esa tranquilidad si regresaba.
Eso también era nuevo.
En una esquina nos detuvimos.
—Mañana me voy temprano —dijo.
—Buen viaje.
—Valeria…
Esperé.
—No voy a pedirte una respuesta sobre nosotros.
—Gracias.
—Pero quería que supieras que lo siento. No solamente por aquella noche. Por todas las veces que convertí tu necesidad de apoyo en una molestia.
Sentí un nudo en la garganta.
Durante años había querido escuchar exactamente eso.
Lo extraño era que ahora, al escucharlo, no sentía ganas de correr hacia él.
Sentía alivio.
—Acepto tu disculpa.
Sebastián me miró.
—¿Eso significa…?
Negué suavemente.
—Significa que acepto tu disculpa.
Comprendió.
—Está bien.
Nos despedimos ahí.
Esa noche regresé a mi habitación y pensé en la conversación.
Perdonar una conducta no obligaba a reconstruir una relación.
Podía reconocer el arrepentimiento de Sebastián sin regresar a una dinámica en la que había dejado de reconocerme a mí misma.
A la mañana siguiente él mandó un último mensaje.
Gracias por verme. No hace falta que respondas.
No respondí.
Pero tampoco sentí enojo.
Guardé el celular y salí hacia el trabajo.
El día estaba lleno de pendientes.
Y por primera vez, el futuro dejó de parecer una elección entre Sebastián y la soledad.
Había muchas más cosas esperando por mí.
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