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LEITURA EM PARTESParte 2 de 10

PARTE 2

Elena abrió el joyero antes de que Teresa pudiera responder. Sacó el collar de rubíes y lo sostuvo unos segundos entre los dedos, recordando el día en que su suegra se lo había colocado alrededor del cuello y le había dicho que, mientras lo llevara, sería reconocida como la esposa de Adrián dentro de aquella familia. Después extendió la mano hacia él. —Llévatelo.

Adrián no tomó la joya de inmediato. Había esperado una discusión, quizá una negativa, porque Elena había cuidado aquel collar durante años y rara vez permitía que alguien siquiera lo tocara. —¿Así nada más? —preguntó. Elena levantó los ojos hacia él. —Solo dijiste que lo querías para Renata.

Teresa frunció el ceño. —Elena, no tienes que entregarlo si no quieres. —No me molesta —respondió ella con una serenidad que inquietó todavía más a Adrián—. Ya no tiene sentido que yo siga guardándolo. Teresa entendió la frase de una manera que su hijo todavía no podía comprender y apartó la mirada.

Adrián terminó tomando el collar. Sin embargo, la facilidad con la que Elena se lo había entregado le produjo una incomodidad absurda. —Renata lo devolverá esta noche. —No hace falta que tengas prisa —respondió Elena—. Puede conservarlo unos días si quiere. —¿Por qué hablas como si no fuera a importarte volver a verlo? —preguntó él.

Elena cerró el joyero. —Porque es una joya, Adrián. Nada más. Aquella respuesta lo irritó más de lo razonable, pero no encontró ningún argumento para discutirla. Había ido precisamente a pedir el collar y Elena se lo había entregado; debería haber quedado satisfecho.

Teresa observó a su hijo con severidad. —Ya obtuviste lo que viniste a buscar. Déjala descansar. Adrián apretó el collar dentro del estuche y salió sin responder, pero antes de cruzar la puerta volvió la cabeza. Elena ya estaba revisando otros objetos del joyero como si él hubiera dejado de existir en cuanto consiguió lo que quería.

Esa misma tarde, Elena separó las joyas que pertenecían a la familia Fuentes de las pocas cosas que habían sido de sus padres. No quería llevarse nada que pudiera convertirse después en motivo de discusión. Preparó una caja para Teresa y otra pequeña bolsa con fotografías, documentos personales y los recuerdos de Mateo que deseaba conservar.

Teresa permaneció con ella. —No tienes que hacerlo todo hoy. Elena se sentó después de guardar la última caja porque un mareo le hizo perder momentáneamente el equilibrio. —No sé cuántos días buenos me quedan. Prefiero hacer las cosas mientras todavía puedo decidir cómo hacerlas.

La frase dejó a Teresa sin respuesta. Hasta entonces había pensado en la enfermedad de Elena como un diagnóstico terrible pero todavía abstracto; verla organizar su propia salida convirtió aquel mes en algo concreto. —Puedo pedirle a Adrián que se quede contigo. —No —respondió Elena—. Ya pasé demasiados años esperando a que quisiera estar aquí.

Más tarde pidió que el abogado que había preparado el convenio iniciara los trámites correspondientes. No buscó ventajas especiales ni quiso convertir el divorcio en una venganza. Solamente pidió que quedaran claramente separados los bienes que le pertenecían y que nadie intentara impedirle llevar consigo las cenizas de Mateo.

Cuando Adrián regresó después de la recepción, encontró varias cajas en el corredor. Reconoció algunas piezas de la familia y llamó a Elena. —¿Por qué estás devolviendo todo esto? Ella salió lentamente de la habitación. —Porque son cosas de los Fuentes.

—También son tuyas. —Me las dieron porque era tu esposa. Adrián sintió una presión inesperada en el pecho al escuchar el verbo en pasado. —Sigues siendo mi esposa. —Por ahora —respondió Elena.

Él la miró fijamente. —¿Qué significa eso? Elena no explicó nada. —Significa que ya no quiero discutir por objetos, lugares o nombres. Estoy cansada. Adrián quiso insistir, pero por primera vez reparó en que ella necesitaba apoyarse discretamente en el marco de la puerta para mantenerse de pie.

—¿Sigues mal por haber estado tantos días arrodillada? —preguntó. Elena negó con la cabeza. —Solo necesito descansar. Adrián estuvo a punto de acercarse, pero desde el pasillo Renata lo llamó para preguntarle por el collar, y él volvió la cabeza por reflejo.

Cuando miró otra vez hacia Elena, ella ya había entrado y cerrado la puerta. Adrián permaneció varios segundos frente a ella. Por primera vez, aquella puerta cerrada no le pareció una expresión de enojo, sino una frontera que Elena había comenzado a levantar sin pedirle permiso.

A la mañana siguiente, Elena entregó a Teresa la caja con las pertenencias de los Fuentes y conservó únicamente sus documentos, la urna de Mateo y los recuerdos que realmente consideraba suyos. Después confirmó con el abogado que seguiría adelante con el divorcio. Ya no esperaba que Adrián entendiera su decisión antes de que fuera demasiado tarde.

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