
PARTE 9
El deterioro de Elena se hizo más evidente durante la semana siguiente.
Había perdido fuerza y dormía muchas horas. Algunos días le costaba encontrar palabras sencillas y el dolor regresaba con mayor frecuencia a pesar del tratamiento. Los médicos ajustaron nuevamente los cuidados y explicaron que debía reservar su energía para aquello que realmente quisiera hacer.
Elena tomó esa recomendación literalmente.
Hizo una lista breve.
Quería completar el divorcio.
Quería decidir qué ocurriría con las cenizas de Mateo.
Quería despedirse de Teresa.
Y quería tener una última conversación con Adrián sin gritos, culpas ni promesas imposibles.
El procedimiento legal había avanzado más rápido porque ambos estaban de acuerdo en terminar el matrimonio y ya existía un convenio sobre sus asuntos principales. Aun así, el abogado nunca prometió fechas que no dependían de él. Elena agradecía esa honestidad.
Una mañana recibió la confirmación que estaba esperando.
El vínculo matrimonial había quedado legalmente disuelto.
Elena leyó el documento dos veces.
Después lo dejó sobre la mesa.
No lloró.
Tampoco sintió alegría.
Sintió descanso.
Teresa estaba con ella.
—Ya está —dijo Elena.
La mujer mayor miró el documento y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lo siento.
—¿Por el divorcio?
—Por muchas cosas.
Teresa tomó aire.
—Tu matrimonio empezó porque nosotros creíamos que debíamos pagar una deuda con tus padres. Nunca nos preguntamos si convertir la gratitud en una obligación podía hacerte daño.
Elena no respondió enseguida.
—Usted también intentó protegerme algunas veces.
—No las suficientes.
—Quizá.
Teresa aceptó la respuesta.
—¿Hay algo más que quieras de mí?
Elena miró la urna de Mateo.
—Sí.
Le explicó dónde quería que descansaran las cenizas de su hijo y pidió que, cuando ella muriera, sus propias cenizas fueran llevadas al mismo lugar.
—No quiero una tumba grande. No quiero el apellido Fuentes. Solo quiero estar cerca de Mateo.
Teresa apretó sus manos.
—Se hará como tú quieras.
Aquella tarde Elena pidió que avisaran a Adrián.
Él llegó antes del anochecer.
Entró con cuidado y se sentó frente a ella.
Elena le mostró el documento.
—Ya terminó.
Adrián lo miró.
Su rostro cambió apenas, pero ella pudo reconocer el dolor.
—Sí.
—¿Te arrepientes de haber aceptado?
Él sostuvo su mirada.
—Me duele haberlo aceptado.
Hizo una pausa.
—Pero me habría arrepentido más de obligarte a seguir casada conmigo solo porque yo no estaba preparado para perderte.
Elena asintió.
Esa respuesta era distinta de las que habría esperado de él unas semanas atrás.
—Quería hablar contigo de Mateo.
Adrián se tensó.
—Está bien.
—No quiero que pases el resto de tu vida convencido de que tú lo atropellaste.
Él bajó la mirada.
—Pero si hubiera estado aquí…
—No sabemos qué habría ocurrido.
—Podría haber contestado.
—Sí.
Elena no suavizó aquella verdad.
—Podrías haber estado disponible. Y no lo estuviste. Eso es algo que tendrás que aceptar.
Adrián respiró con dificultad.
—Lo sé.
—Pero aceptar tu responsabilidad no significa inventarte una culpa mayor para castigarte toda la vida.
Él levantó la mirada.
Elena continuó.
—Mateo salió porque me quería y estaba asustado. Fue un niño intentando salvar a su mamá. Lo último que quiero es que su recuerdo se convierta únicamente en el peor día de nuestras vidas.
Adrián se cubrió los ojos durante un momento.
—No sé cómo vivir con eso.
—Aprendiendo a estar cuando todavía puedes estar.
La frase permaneció entre ellos.
—¿Con quién? —preguntó él.
—Con tu madre. Con la gente que quieras. Incluso contigo mismo.
Elena sonrió débilmente.
—Eso ya no me corresponde decidirlo.
Adrián sacó entonces de su bolsillo el pequeño estuche del collar de rubíes.
—Mi mamá me pidió que te lo devolviera.
Elena lo abrió.
La piedra roja brilló bajo la luz de la habitación.
—No lo quiero.
—Era tuyo.
—Representaba a la esposa de la familia Fuentes.
Elena cerró el estuche.
—Ya no soy esa persona.
Adrián no insistió.
Guardó nuevamente el collar.
Por primera vez, aquel objeto dejó de funcionar como símbolo de una disputa entre Elena y Renata. Se convirtió simplemente en una pieza que Elena había elegido no llevar consigo.
Antes de irse, Adrián se acercó a la urna de Mateo.
—¿Puedo volver otro día?
Elena lo pensó.
—Sí.
—Gracias.
Ya en la puerta, se detuvo.
—Elena.
Ella levantó la mirada.
—No espero que me perdones. Pero quiero que sepas que lamento haberte hecho sentir que eras una obligación.
Elena permaneció en silencio algunos segundos.
—Yo sí te amé.
Adrián cerró los ojos.
—Lo sé.
—No. Durante mucho tiempo no lo supiste.
Él aceptó el golpe.
—Tienes razón.
Elena respiró lentamente.
—Ahora ya no necesito que hagas nada con ese amor. Solo necesitaba decirlo una vez sin esperar una respuesta.
Adrián salió sin pedirle que cambiara de opinión.
Aquella noche, Elena durmió con la ventana ligeramente abierta.
El documento del divorcio permanecía guardado junto a sus papeles personales.
La urna de Mateo estaba cerca.
Por primera vez, las dos cosas que más le importaban sobre su final habían quedado decididas por ella misma.
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