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LEITURA EM PARTESParte 6 de 10

PARTE 6

Después del hospital, Adrián cambió algunas costumbres de manera casi inmediata. Canceló compromisos que no eran indispensables, dejó de salir cada vez que Renata lo llamaba y comenzó a preguntar a Teresa si Elena necesitaba algo.

Elena notó el cambio.

No lo interpretó como una reconciliación.

Lo veía como la reacción de un hombre que acababa de descubrir que el tiempo que había considerado ilimitado se estaba terminando.

Una mañana, Adrián apareció con varios alimentos que recordaba que Elena solía preferir.

—No tenías que traer esto.

—Sé que antes siempre pedía que alguien más lo hiciera.

Elena lo miró.

—Sí.

—Esta vez fui yo.

—Gracias.

La palabra fue cortés, pero nada más.

Adrián parecía esperar alguna reacción diferente y terminó dejando las bolsas sobre la mesa.

—No estoy haciendo esto para que me perdones.

—Me alegra.

—Solo quiero ayudarte.

—Entonces escucha cuando te diga que no necesito algo.

Él asintió.

Aquel pequeño acuerdo fue el primer cambio real entre ellos: Adrián comenzó a descubrir que cuidar a Elena no significaba decidir por ella.

Renata, en cambio, no entendía la nueva distancia.

Una tarde entró al despacho donde Adrián trabajaba.

—Hace una semana casi no hablamos.

—He estado ocupado.

—Antes también estabas ocupado.

Adrián cerró la computadora.

—Elena está enferma.

Renata pareció desconcertada.

—¿Enferma de qué?

Él guardó silencio. El diagnóstico pertenecía a Elena y por primera vez entendió que no tenía derecho a compartirlo sin permiso.

—Es serio.

Renata bajó la voz.

—Lo siento.

Adrián asintió.

—Necesito estar pendiente de algunas cosas.

—Claro.

Ella dio un paso hacia él.

—Pero tampoco puedes responsabilizarte de todo lo que le ocurra. Mateo fue un accidente.

Adrián levantó la mirada.

—No quiero hablar de eso contigo.

—Solo estoy intentando que no te culpes.

—Y yo te estoy diciendo que no quiero hablar de eso.

Renata se quedó inmóvil.

Durante años, Adrián había aceptado casi automáticamente su consuelo. Aquella vez puso un límite.

No porque hubiera dejado de sentir cariño por ella, sino porque comenzaba a entender que convertir a Renata en el centro de cada emoción había sido precisamente una de las razones por las que su matrimonio se había vaciado.

Ese mismo día, Elena pidió hablar con él.

Puso sobre la mesa una copia del convenio que había firmado.

Adrián reconoció su firma.

—¿Qué es esto?

—El acuerdo de divorcio.

Él levantó la cabeza de golpe.

—¿Divorcio?

—Sí.

Adrián hojeó las páginas.

Recordó vagamente el momento en que Teresa le había llevado varios documentos para firmar mientras estaba atendiendo un asunto relacionado con Renata. Había revisado las páginas con rapidez y firmado donde le indicaron.

—¿Yo firmé esto?

—Sí.

—No sabía lo que era.

Elena sostuvo su mirada.

—Eso no mejora las cosas, Adrián.

Él dejó los papeles sobre la mesa.

—No quiero divorciarme.

—Yo sí.

—¿Por qué no me lo dijiste directamente?

Elena soltó una respiración lenta.

—Porque ya estaba cansada de pedirte que participaras en nuestra relación. No quería convertir también mi salida en otra discusión para conseguir tu atención.

—Podemos hablar ahora.

—Hablar no cambia los años anteriores.

—Pero puede cambiar lo que queda.

Elena negó con la cabeza.

—Lo que me queda quiero vivirlo sin seguir siendo tu esposa.

Adrián se puso de pie.

—¿Tan insoportable es estar casada conmigo?

Ella no respondió con rabia.

—No se trata de que sea insoportable. Se trata de que ese matrimonio dejó de representar algo verdadero para mí.

—Para mí sí representa algo.

—¿Desde cuándo?

La pregunta lo dejó en silencio.

Elena continuó.

—¿Desde que dejé de reclamarte? ¿Desde que devolví tus cosas? ¿Desde que supiste que voy a morir?

Adrián apretó la mandíbula.

—Tal vez fui un idiota y necesité perderlo todo para entenderlo.

—Eso puede ser verdad. Pero entenderlo no te devuelve automáticamente lo que perdiste.

Él volvió a sentarse.

—¿No hay nada que pueda hacer para que cambies de opinión?

—Sí hay algo que puedes hacer.

Adrián levantó la mirada con una esperanza inmediata.

—Respeta mi opinión.

La esperanza desapareció.

Elena deslizó los documentos hacia él.

—No voy a quitarte nada. No quiero convertir esto en una guerra. Solo quiero divorciarme y llevarme a Mateo conmigo.

—Mateo también es mi hijo.

—Lo sé.

—Entonces no quiero que desaparezca de mi vida.

Elena lo observó durante unos segundos.

—Puedes despedirte de él. Puedes visitar el lugar donde decida dejar sus cenizas mientras yo siga viva y, después, si mi familia o quien quede a cargo lo permite. No intento castigarte.

Aquella respuesta le hizo más daño que una negativa absoluta.

Elena no estaba buscando vengarse.

Simplemente estaba organizando una vida en la que él dejaría de ocupar el lugar principal.

Adrián firmó la confirmación de que había recibido la documentación y aceptó que el abogado continuara el procedimiento.

No porque quisiera el divorcio.

Sino porque comprendió que impedirlo sería volver a hacer exactamente lo mismo: colocar su voluntad por encima de la de Elena.

Cuando ella recogió los papeles, Adrián preguntó:

—¿Ya sabes dónde quieres ir?

—Todavía no.

—Cuando lo decidas, ¿me lo dirás?

Elena dudó.

—Sí.

Adrián asintió.

Fue la primera promesa entre ellos en mucho tiempo que no estaba basada en la expectativa de seguir juntos.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

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