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LEITURA EM PARTESParte 5 de 10

PARTE 5

La verdad apareció tres días después, no porque Elena decidiera revelarla, sino porque su cuerpo dejó de permitirle ocultarla.

Aquella mañana estaba revisando con Teresa los documentos que llevaría consigo cuando un dolor intenso atravesó su cabeza. Elena dejó de escuchar lo que su suegra decía. La habitación pareció inclinarse y, antes de poder sentarse, perdió el equilibrio.

Teresa alcanzó a sostenerla parcialmente.

—¡Elena!

El golpe de la silla contra el suelo hizo que Adrián saliera de su despacho.

Encontró a su madre arrodillada junto a Elena.

Durante algunos segundos no preguntó nada. La levantó y pidió que prepararan el auto.

Elena recuperó parcialmente la conciencia camino al hospital.

—No hacía falta traerme.

Adrián la miró con una mezcla de enojo y temor.

—Te desmayaste.

—Ya había pasado antes.

—¿Antes cuándo?

Elena cerró los ojos.

No respondió.

En el hospital, el médico revisó los antecedentes clínicos que Elena ya tenía. Como estaba consciente y podía decidir sobre su información médica, pidió hablar primero con ella a solas.

Adrián esperó fuera de la habitación.

Aquellos minutos le parecieron interminables.

Teresa permaneció sentada frente a él.

—Tú lo sabías —dijo Adrián.

Su madre no respondió.

—Sabías que estaba enferma.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de que regresaras de Islandia.

Adrián se levantó.

—¿Y nadie pensó que tenía que decírmelo?

Teresa también se puso de pie.

—Elena decidió que no quería hacerlo.

—¡Soy su esposo!

—Eso es exactamente lo que ella está tratando de dejar de ser.

La puerta se abrió.

El médico salió únicamente después de que Elena autorizó que Adrián estuviera presente.

Dentro de la habitación, Elena estaba pálida pero despierta.

—Puedes decírselo —dijo.

El médico explicó con cuidado que Elena tenía un tumor cerebral avanzado. Los estudios previos mostraban un pronóstico limitado y el tratamiento disponible era fundamentalmente paliativo en aquella etapa. Nadie podía precisar un número exacto de días, pero la estimación que ella había recibido era de semanas, quizá algo más dependiendo de la evolución.

Adrián permaneció inmóvil.

—¿Semanas?

El médico continuó explicando que el objetivo era controlar el dolor, prevenir complicaciones y preservar la mayor calidad de vida posible. Adrián escuchaba las palabras sin lograr integrarlas.

Cuando finalmente quedaron solos, miró a Elena.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde antes de que Mateo muriera.

—¿Por qué no me dijiste?

—Quise hacerlo.

—Entonces, ¿por qué no lo hiciste?

Elena lo observó con cansancio.

—Porque nunca estabas.

Adrián bajó la mirada.

—Podías haberme llamado.

—Lo hice otras veces por otras cosas. Ya sabía cuál era el lugar que ocupaba en tus prioridades.

—Esto era diferente.

—Para mí también lo eran mi embarazo, las consultas, las veces que me sentí mal y todas las noches en las que te esperé. Tú decidiste cuáles cosas eran importantes para ti.

Adrián no encontró defensa.

—¿Mateo sabía?

La expresión de Elena cambió.

—No.

—Entonces, el día del accidente…

Ella apretó los dedos contra la sábana.

—Me desmayé mientras comíamos.

Adrián dejó de respirar por un instante.

—¿Él estaba contigo?

—Sí.

Elena tragó saliva.

—Intentó despertarme. Como no pudo, salió de la casa a buscar ayuda.

Adrián comprendió antes de que ella terminara.

—Salió a buscarme.

Elena cerró los ojos.

—Sí.

El silencio entre ambos se volvió insoportable.

Adrián recordó el celular apagado sobre una mesa de hotel en Islandia. Recordó la aurora boreal, las compras de Renata, las horas que había considerado una pausa merecida después de semanas de tensión familiar.

Mientras él estaba allá, su hijo había corrido a buscarlo porque su madre yacía inconsciente.

—Elena…

—No.

Ella abrió los ojos.

—No digas ahora que fue tu culpa para que yo tenga que consolarte diciendo que no lo fue.

Adrián se quedó quieto.

—El accidente fue un accidente. Pero tú elegiste no estar disponible. Esa parte sí fue una decisión tuya.

Aquellas palabras fueron más difíciles de soportar que cualquier grito.

—Lo siento.

Elena apartó la mirada.

—Yo también.

—Puedo quedarme contigo.

—No necesito eso.

—Déjame al menos intentarlo.

—¿Intentar qué? ¿Ser mi esposo durante las últimas semanas porque ahora sabes que voy a morir?

Adrián palideció.

—No lo digas así.

—Es lo que va a pasar.

Él se sentó lentamente.

—Quiero arreglar lo que pueda.

—Hay cosas que ya no se arreglan.

Adrián miró sus manos.

—Entonces dime qué puedo hacer.

Elena tardó mucho en responder.

—Respeta lo que decida de ahora en adelante.

—¿Incluso si decido que no quiero que te vayas?

—Especialmente entonces.

Al recibir el alta, Adrián intentó acompañarla hasta la residencia, pero Elena pidió regresar con Teresa.

No quería convertir su diagnóstico en el inicio de una intimidad tardía.

Esa noche Adrián entró solo en la habitación de Mateo.

Por primera vez desde su regreso, se sentó en la pequeña cama y dejó que la realidad se impusiera sin excusas.

Su hijo estaba muerto.

Su esposa estaba muriendo.

Y durante años había confundido cumplir económicamente con estar presente.

No podía cambiar ninguna de aquellas cosas.

Lo único que todavía podía decidir era si volvería a ignorar lo que Elena pedía solamente porque no coincidía con lo que él quería.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

 

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