
PARTE 8
Los días en Valle de Bravo adquirieron un ritmo lento.
Había mañanas en las que Elena podía caminar algunos minutos cerca del lago y otras en las que el dolor la obligaba a permanecer acostada. Aprendió a aceptar ayuda sin sentir que con ello perdía autonomía. El personal médico encargado de sus cuidados ajustaba el tratamiento para mantener los síntomas bajo control y Teresa la visitaba cuando Elena se sentía con fuerzas.
Adrián no apareció sin avisar.
Cumplió lo que había prometido.
Le escribía mensajes breves preguntando si podía visitarla. Elena rechazó los dos primeros. La tercera vez aceptó.
Cuando llegó, llevaba solamente una pequeña bolsa con algunas pertenencias de Mateo que Elena había dejado por accidente en la residencia.
—Encontré esto en un cajón.
Elena revisó la bolsa.
Había un suéter pequeño, dos dibujos y un muñeco al que Mateo le faltaba una oreja desde hacía meses.
Su rostro se quebró por primera vez frente a Adrián desde el funeral.
Tomó el muñeco entre las manos.
—Dormía con esto.
—Lo sé.
Elena lo miró, sorprendida.
Adrián respiró lentamente.
—Una noche fui a su habitación porque estaba llorando. Tú estabas enferma por una gripa y él no quería despertarte. Me pidió que buscara su muñeco.
El recuerdo era pequeño.
Precisamente por eso dolía.
—No sabía que recordaras esas cosas.
—Recuerdo más de las que demostré.
—Ese siempre fue el problema.
Adrián asintió.
—Sí.
No intentó defenderse.
Se sentaron en silencio.
Después de un rato, Adrián habló.
—Renata y yo tuvimos una conversación.
Elena endureció ligeramente la expresión.
—No necesito saberlo.
—No te lo digo para provocarte.
—Entonces ¿por qué?
—Porque durante años hice que la existencia de lo que sentía por ella afectara tu vida. Pensé que por eso tenías derecho a saber que ya no voy a seguir alimentando esa relación.
Elena lo observó.
—Eso es algo que debes resolver por ti, no por mí.
—Lo sé.
—Si esperas que eso cambie mi decisión…
—No.
Adrián negó con la cabeza.
—Sé que no cambia nada entre nosotros.
Elena permaneció callada.
Él continuó.
—Durante mucho tiempo pensé que el problema era que mi familia no me dejaba elegir. Ahora entiendo que sí elegí. Elegí todos los días. Solo que nunca quise aceptar el costo de esas decisiones.
Elena apoyó el muñeco de Mateo sobre sus piernas.
—Yo también elegí.
Adrián la miró.
—Elegí quedarme mucho después de entender que algo estaba mal. Elegí convencerme de que si tenía paciencia tú terminarías queriéndome como yo quería. No quiero pasar lo que me queda pensando únicamente en lo que tú hiciste.
Aquella confesión cambió también la manera en que Adrián la veía.
Elena no quería terminar su vida convertida solamente en una víctima.
Quería recuperar incluso la responsabilidad sobre las decisiones que sí habían sido suyas.
—¿Te arrepientes de haberte casado conmigo? —preguntó él.
Elena pensó largo rato.
—No sé.
Adrián pareció sorprendido.
—Si no me hubiera casado contigo, Mateo no habría existido.
La voz se le quebró.
—Y no me arrepiento de un solo día que tuve con él.
Adrián bajó la cabeza.
Durante algunos minutos ninguno pudo hablar.
Antes de marcharse, él dejó sobre la mesa un sobre con información del abogado.
—El procedimiento avanzó. No tienes que firmar nada hoy. Solo quería que tuvieras la copia.
Elena lo abrió después de que se fue.
No había una súplica.
No había una condición escondida.
Adrián había comunicado formalmente que no se opondría a la disolución del matrimonio y que respetaría el convenio patrimonial.
El cambio era importante precisamente porque no beneficiaba a Adrián.
Aceptar el divorcio significaba renunciar a utilizar el poco tiempo de Elena para satisfacer su propio miedo a perderla.
Dos días después, Renata fue a verlo nuevamente.
Esta vez Adrián le pidió hablar con claridad.
—No quiero seguir dejando nuestra relación en una zona ambigua.
Renata lo miró con los ojos húmedos.
—¿Porque Elena está enferma?
—Porque lo que hice estuvo mal incluso antes de saberlo.
—¿Nunca sentiste nada por mí?
—Sí sentí.
—Entonces no entiendo.
—Sentir algo no significa que todas las decisiones tomadas alrededor de ese sentimiento hayan sido correctas.
Renata se quedó callada.
Adrián continuó.
—Me casé con Elena. Tuve un hijo con ella. Después actué durante años como si pudiera conservar esa familia mientras esperaba una oportunidad contigo.
—Tu mamá nos lo prometió.
—Mi mamá no podía decidir la vida de Elena.
Renata apretó los labios.
—¿Y ahora me estás dejando por ella?
—No estoy eligiendo entre ustedes dos.
Adrián respiró profundamente.
—Estoy terminando una situación que nunca debí mantener.
Renata abandonó la habitación sin despedirse.
Adrián no la siguió.
No sabía cuál sería la relación entre ellos en el futuro, pero por primera vez puso un límite sin utilizar a Elena como explicación.
En Valle de Bravo, Elena recibió esa misma tarde una llamada del abogado.
El divorcio seguía avanzando.
Cuando colgó, miró el lago desde la ventana.
El final de su matrimonio ya no era una amenaza ni una posibilidad.
Se estaba convirtiendo, paso a paso, en un hecho.
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