
PARTE 3
Durante los días siguientes, Adrián comenzó a notar pequeños cambios que antes habría pasado por alto. El lugar donde Elena dejaba sus libros estaba vacío, varias prendas habían desaparecido del clóset y las fotografías de Mateo ya no estaban sobre la cómoda. No parecía una mujer reorganizando una habitación después de una tragedia. Parecía alguien preparándose para marcharse.
Intentó preguntarle nuevamente qué estaba haciendo, pero Elena evitó convertir la conversación en otra pelea.
—Estoy ordenando mis cosas.
—¿Para qué?
—Porque necesito hacerlo.
—Esa no es una respuesta.
Elena lo observó durante un instante.
—Durante años, cuando yo te preguntaba dónde estabas o cuándo ibas a volver, casi nunca consideraste necesario darme una respuesta completa. No entiendo por qué ahora necesitas una de mí.
Adrián no supo qué contestar.
Aquella misma tarde encontró a Teresa hablando por teléfono con el abogado de la familia. No alcanzó a escuchar toda la conversación, pero oyó mencionar algunos documentos y el nombre de Elena.
—¿Qué está pasando? —preguntó cuando su madre colgó.
Teresa lo miró con cansancio.
—Pregúntaselo a tu esposa.
—Se lo he preguntado.
—Entonces quizá debiste escucharla antes, cuando todavía tenía ganas de explicarte las cosas.
Adrián frunció el ceño.
—Mamá, ¿por qué todos hablan como si Elena estuviera a punto de irse?
Teresa tardó unos segundos en responder.
—Porque eso es exactamente lo que está haciendo.
No reveló la enfermedad. Había prometido respetar la decisión de Elena y pensaba cumplirla.
Adrián fue a buscarla.
La encontró en la habitación de Mateo. Elena estaba sentada junto a la cama pequeña, sosteniendo entre las manos uno de los juguetes del niño.
—¿Te vas de esta casa?
—Sí.
La respuesta fue tan directa que lo dejó inmóvil.
—¿Por cuánto tiempo?
—No lo sé.
—¿Y por qué tengo que enterarme así?
Elena dejó cuidadosamente el juguete dentro de una caja.
—Porque nunca preguntaste por mis planes hasta que empezaron a afectarte.
—Acabamos de perder a nuestro hijo. No puedes simplemente desaparecer.
Elena respiró lentamente.
—No estoy desapareciendo. Estoy tomando una decisión.
—¿Qué decisión?
Por un momento pensó en mostrarle los papeles del divorcio. Después recordó a Mateo corriendo en busca de un padre que tenía el celular apagado al otro lado del mundo.
—Cuando llegue el momento, lo sabrás.
Adrián sintió que algo se le escapaba de las manos.
No era solo la posibilidad de que Elena abandonara la casa. Era la absoluta ausencia de esfuerzo por retenerlo a él.
Durante años, había dado por sentado que podía entrar y salir de la relación sabiendo que Elena permanecería ahí. Incluso después de las discusiones por Renata, Elena lloraba, se enojaba y finalmente volvía a buscarlo.
Ahora no hacía nada.
Renata también lo notó.
Esa noche, mientras cenaban, comentó despreocupadamente que Elena parecía diferente desde la muerte de Mateo.
—Tal vez solo necesita tiempo —dijo.
Adrián dejó los cubiertos.
—¿Por qué usaste el collar ayer?
Renata lo miró confundida.
—Tú mismo me lo llevaste.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué pasa?
Adrián tampoco podía explicarlo.
Había sido él quien insistió en conseguirlo. Sin embargo, durante toda la recepción, cada vez que veía el rubí en el cuello de Renata recordaba la expresión de Elena al entregárselo.
No había celos.
No había rabia.
Había renuncia.
—Devuélveselo mañana —dijo.
Renata bajó la mirada.
—Pensé que habías dicho que no tenía importancia.
—Para mí quizá no. Para ella sí la tenía.
—Pero ella fue quien dijo que podía conservarlo unos días.
—Precisamente por eso.
Renata guardó silencio.
Por primera vez en mucho tiempo, Adrián terminó la cena antes que ella y se levantó.
A la mañana siguiente dejó personalmente el estuche con el collar sobre la mesa de Elena.
—Aquí está.
Ella abrió el estuche y lo observó.
—Podías habérselo dejado.
—Es tuyo.
—No, Adrián. Pertenece a tu familia.
—Mi mamá te lo dio.
Elena cerró el estuche y se lo devolvió.
—Entonces dáselo tú.
—¿Por qué?
—Porque ya no quiero cargar símbolos de una posición que nunca fue real.
La frase lo golpeó con una precisión inesperada.
—¿Qué quieres decir con que nunca fue real?
Elena lo miró largamente.
Había esperado durante años el momento de poder decirle todo aquello. Curiosamente, ahora que lo tenía frente a ella, ya no sentía necesidad de convencerlo de nada.
—Pregúntale a tu mamá.
Adrián salió de la habitación y encontró a Teresa en la biblioteca.
—¿Qué significa lo que acaba de decir Elena?
Su madre dejó el libro que estaba leyendo.
—¿Qué te dijo?
—Que su lugar en esta familia nunca fue real.
Teresa cerró los ojos durante un instante.
Había una conversación que llevaba demasiado tiempo evitando.
—Adrián, tú sabes perfectamente cómo comenzó ese matrimonio.
—Porque sus padres salvaron nuestras vidas.
—Y porque tú aceptaste casarte con ella.
—Lo hice porque era lo correcto.
Teresa lo sostuvo con la mirada.
—Ahí está el problema. Elena creyó que tú también la habías elegido.
Adrián sintió un malestar creciente.
—Yo nunca la traté mal.
—¿Eso es lo máximo que puedes decir de tu matrimonio?
Él calló.
Teresa continuó.
—Le diste una casa, dinero y un apellido. Pero cada vez que tuvo que competir por tu tiempo, tu atención o tu preocupación, elegiste a Renata.
—Renata necesitaba…
—Elena también te necesitó muchas veces.
Adrián quiso responder, pero los recuerdos llegaron uno detrás de otro: las consultas prenatales a las que nunca fue, las cenas a las que llegó tarde, las discusiones que terminó repitiendo que Renata era su hermana y, finalmente, Islandia.
Teresa no mencionó todavía la enfermedad.
No era su secreto.
Sin embargo, aquella conversación produjo el primer cambio que Elena ya había dejado de esperar: Adrián comenzó a mirar su matrimonio no desde lo que había dado, sino desde todo aquello a lo que nunca había estado presente.
Esa noche no fue a buscar a Renata.
Se quedó solo en la habitación que durante años había compartido con Elena y descubrió algo que lo incomodó profundamente.
Podía recordar con precisión muchas ocasiones en las que Elena había pedido algo de él.
No podía recordar casi ninguna en la que él hubiera cambiado realmente sus planes por ella.
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