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LEITURA EM PARTESParte 7 de 10

PARTE 7

La entrevista con el equipo que recopilaba testimonios se realizó en una oficina temporal instalada dentro de un edificio público. No era un interrogatorio ni una audiencia dramática. Dos personas tomaban notas, verificaban horarios y pedían documentos que pudieran respaldar cada afirmación.

Eso me tranquilizó.

Durante días había escuchado rumores cada vez más exagerados: que alguien había abierto compuertas deliberadamente, que la presa había explotado, que ciertas autoridades conocían exactamente la hora del colapso. Nadie presentaba pruebas suficientes.

Yo no quería sumar otra historia imposible.

Entregué únicamente lo que tenía.

La captura del mensaje.

El enlace archivado de la publicación de Julio.

Los pronósticos de lluvia que había consultado.

Las alertas oficiales.

Y mi propia cronología.

Cuando mencioné al hombre de la tienda, uno de los entrevistadores preguntó si podía identificarlo.

Mostré la fotografía antigua.

—Creo que es él.

—¿Está segura?

—No al cien por ciento.

La respuesta pareció decepcionarlo un poco, pero era la única correcta.

No había pasado por todo aquello para empezar ahora a convertir sospechas en certezas.

Al salir, Mateo me esperaba con dos cafés.

Había empezado a buscar un nuevo lugar para vivir.

—Encontré un departamento —dijo—. Está en terreno alto.

—¿Qué piso?

—Tercero.

Lo miré.

Se apresuró a añadir:

—Pero está mucho más alto sobre el nivel del río. Aprendí que contar pisos sin mirar la geografía tampoco sirve.

Sonreí.

Ese cambio decía mucho sobre nosotros.

Antes de la inundación, nuestra idea de seguridad consistía en cerrar la puerta con llave y pagar el seguro del carro. Ahora revisábamos rutas de evacuación, mapas de riesgo, baterías y reservas de agua.

No se trataba de vivir con miedo.

Se trataba de dejar de asumir que lo improbable era imposible.

Nos mudamos dos semanas después.

La mayoría de nuestras pertenencias anteriores había quedado inutilizable, así que empezamos prácticamente desde cero. Compramos muebles usados, ropa básica y dos mochilas de emergencia.

Mateo cumplió su promesa.

Una para él.

Otra para mí.

Cada mochila tenía agua, documentos digitalizados, linterna, batería, un pequeño botiquín y comida suficiente para algunas horas.

No era una fortaleza.

Era simplemente preparación.

Mientras tanto, la investigación sobre la presa avanzaba lentamente.

Los primeros reportes técnicos públicos señalaban una combinación de lluvias extremas, aumento excepcional de aportaciones y daños que aún debían analizarse. Algunos especialistas insistían en que no debía culparse exclusivamente al clima hasta conocer el estado previo de la infraestructura.

Otros advertían que una publicación de internet de hacía tres años tampoco probaba por sí sola una negligencia.

Esa distinción me pareció importante.

Julio podía haber advertido correctamente sobre un problema.

Eso no significaba que cada detalle de su explicación hubiera sido demostrado.

Empecé a recibir mensajes de compañeros y conocidos que habían escuchado mi historia.

“¿Es verdad que alguien te avisó antes?”

“¿Sabías exactamente lo que iba a pasar?”

“¿Por qué no avisaste a todos?”

La última pregunta fue la más difícil.

Durante varias noches pensé en ella.

¿Por qué no había enviado un mensaje a toda la oficina?

¿Por qué no había publicado la advertencia en redes?

¿Por qué sólo había convencido a Mateo?

La respuesta era incómoda.

Porque yo misma no estaba convencida.

Había preparado provisiones como una apuesta de bajo costo ante un riesgo incierto.

Eso era distinto de asegurar públicamente que una presa iba a romperse.

Una noche se lo dije a Mateo.

—Sigo pensando que pude haber hecho más.

Él cerró su computadora.

—También pudiste haber salido a gritar que venía una inundación, provocar pánico y estar equivocada.

—Pero no estaba equivocada.

—Lo sabemos ahora.

Esa frase me acompañó durante días.

Lo sabemos ahora.

No quería utilizar el resultado para fingir que antes del desastre yo poseía una certeza que en realidad nunca tuve.

Pero sí había algo que podía hacer a partir de entonces.

Me inscribí como voluntaria en un grupo comunitario que organizaba talleres básicos de preparación para emergencias. No me convertí en experta ni pretendí serlo.

Mi función era mucho más sencilla.

Ayudaba a explicar cómo guardar documentos, mantener baterías, identificar rutas seguras y seguir fuentes oficiales.

La primera vez que hablé frente a veinte vecinos, alguien preguntó:

—¿Usted es la mujer del mensaje?

Sentí ganas de desaparecer.

—Soy una de muchas personas que sobrevivieron —respondí—. Lo importante no es mi mensaje. Lo importante es qué hacemos cuando existe un riesgo que todavía no entendemos bien.

Después de la sesión se acercó un señor y me mostró una carpeta con mapas de su colonia.

—Nunca había revisado por dónde salir si el canal se desborda.

Ese pequeño comentario me produjo más satisfacción que todos los mensajes sobre mi historia.

Un mes después, recibí noticias sobre Julio.

No provenían de periodistas ni de investigadores.

La empleada de la tienda me llamó.

Le había dejado mi número por si volvía a verlo.

—Creo que encontré al señor que buscabas —dijo.

Mi corazón se aceleró.

—¿Dónde?

—Está en un albergue de la zona norte.

Me dio el nombre.

Colgué y me quedé mirando la pantalla.

Durante semanas había imaginado aquel momento.

Tenía decenas de preguntas.

Sobre la presa.

Sobre la hora.

Sobre el mensaje.

Pero cuando finalmente supe dónde estaba, me sorprendió descubrir que la primera pregunta que quería hacerle era mucho más simple.

¿Está bien?

Mateo me vio tomar las llaves.

—¿Vas a buscarlo?

Asentí.

—Voy contigo.

Esta vez no tuve que convencerlo.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

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