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LEITURA EM PARTESParte 3 de 10

PARTE 3

A las doce y diez de la noche, la lluvia golpeaba los ventanales con tanta fuerza que apenas podíamos distinguir las luces de los edificios más lejanos. Mateo dejó su ropa mojada en el baño, se puso una camiseta seca que llevaba en la mochila y se acercó a la ventana conmigo. Ninguno dijo nada durante un rato. La ciudad seguía iluminada, pero ya no parecía la misma ciudad tranquila que había visto unas horas antes.

Le mostré otra vez la publicación de “Don Julio Hidráulica”. Esta vez Mateo la leyó completa, incluyendo varios comentarios y las referencias técnicas que yo no entendía. Buscó algunos términos por su cuenta y descubrió que las filtraciones internas y los problemas de drenaje en una presa no significaban necesariamente una ruptura inmediata, pero sí podían convertirse en un riesgo serio si existían otros factores. Cuando terminó, dejó mi celular sobre la mesa y preguntó cuánto había pronosticado el hombre. —Doce pisos en seis horas —respondí. Él ya no se rio.

Decidimos revisar el hotel antes de acostarnos, aunque dormir parecía imposible. Encontramos las escaleras de emergencia, contamos la distancia hasta la azotea y preguntamos discretamente en recepción cuánto podía funcionar el generador si se cortaba la electricidad. La empleada nos explicó que el edificio tenía sistemas de respaldo para elevadores de emergencia, iluminación básica y bombas durante cierto tiempo, pero que nunca habían tenido que utilizarlos por una inundación de gran magnitud. No mencionamos la presa; dijimos simplemente que nos preocupaba la tormenta.

A las doce cuarenta y cinco apareció la primera alerta oficial importante en nuestros celulares. Protección Civil pedía evitar desplazamientos innecesarios por las lluvias intensas, mantenerse lejos de cauces y pasos a desnivel y atender los avisos posteriores. No decía nada sobre una ruptura. Aun así, el hecho de recibir un mensaje oficial hizo que Mateo se sentara en la cama y comenzara a cargar completamente todas las baterías externas.

Yo abrí el chat del trabajo. Algunos compañeros estaban comentando que varias avenidas se habían inundado y que quizá trabajaríamos desde casa al día siguiente. Carlos escribió que había tardado casi dos horas en llegar a su departamento. El director pidió que nadie se expusiera si las condiciones empeoraban. Durante unos segundos tuve el impulso de escribir sobre la presa, pero mis dedos se quedaron suspendidos sobre el teclado.

¿Qué podía decirles? “Un hombre sin hogar me aseguró que dentro de una hora se romperá una presa”. Si me equivocaba, habría provocado alarma sin ninguna base oficial. Si no decía nada y ocurría… tampoco sabía si podría perdonármelo. Finalmente escribí un mensaje más prudente: que quienes vivieran cerca de cauces o en zonas bajas revisaran los avisos de Protección Civil y evitaran quedarse en plantas bajas si la lluvia seguía aumentando.

Carlos reaccionó con un pulgar arriba. Nadie preguntó más.

A la una y veinte, el ruido de la lluvia cambió. No porque estuviera disminuyendo, sino porque el viento empezó a golpearla contra el cristal en ráfagas. Desde nuestra altura vimos que varias avenidas ya tenían tramos oscuros donde los vehículos avanzaban lentamente entre acumulaciones profundas. En la televisión del hotel aparecieron imágenes de calles anegadas en distintos sectores, pero los conductores seguían hablando de una tormenta severa, no de una catástrofe.

La hora se acercaba.

1:32.

1:41.

1:49.

Mateo caminaba de un lado a otro de la habitación. Yo permanecía sentada junto a la mesa, con el celular frente a mí y la captura del mensaje de las 3:06 abierta en la pantalla. Había pasado casi todo el día buscando una explicación racional para aquello, pero ahora mi mente sólo podía pensar en una cosa: si a las dos no ocurría nada, tal vez todo terminaría allí.

A la 1:57 recibimos otra alerta.

Esta vez la pantalla mostró una advertencia de nivel máximo por lluvias extremas en la cuenca alta. Se recomendaba a las personas cercanas a ríos y canales trasladarse inmediatamente a zonas elevadas. Mateo leyó el mensaje dos veces. —Todavía no dice nada de la presa —susurró.

A las dos en punto no pasó nada.

Miramos el reloj como dos idiotas.

2:01.

2:03.

2:05.

Sentí que la tensión en mis hombros comenzaba a aflojarse. Quizá el hombre había calculado mal. Quizá todo aquello se reduciría a una noche de tormenta, una cuenta de hotel absurda y una historia que Mateo repetiría durante años para avergonzarme.

Entonces, a las 2:11, nuestros celulares vibraron al mismo tiempo.

La alerta ocupaba toda la pantalla.

“EMERGENCIA. Falla estructural grave reportada en infraestructura hidráulica de la cuenca alta. Habitantes de sectores bajos y zonas de posible inundación: trasládense inmediatamente a puntos elevados. No utilicen pasos deprimidos ni intenten cruzar corrientes”.

Mateo levantó la vista.

Yo no pude hablar.

No decía todavía que la presa hubiera colapsado por completo, pero ya era suficiente.

Algo estaba ocurriendo exactamente donde aquel hombre había dicho.

Los grupos de mensajería comenzaron a llenarse de preguntas. Algunos compañeros compartían capturas de la alerta. Carlos escribió que acababa de escuchar sirenas en su colonia. El director preguntó si todos estaban a salvo y pidió que cada persona confirmara su ubicación.

Respondí que estaba en una torre del oeste con Mateo.

Después escribí algo que, unas horas antes, jamás habría imaginado enviar:

“Si están en una zona baja, suban. No esperen a que el agua llegue”.

A las 2:24 la televisión interrumpió su programación.

Una conductora, visiblemente nerviosa, informó que Protección Civil investigaba una liberación extraordinaria de agua después de una falla en la presa de la cuenca alta. Todavía no había datos claros sobre el volumen ni sobre las colonias que resultarían afectadas. Las autoridades pedían mantenerse alejados de los cauces y subir a niveles superiores si evacuar por carretera ya no era seguro.

Mateo se dejó caer en una silla.

—Era verdad.

Yo pensé inmediatamente en nuestro departamento.

Sexto piso.

Luego pensé en todas las personas que seguían durmiendo.

A las 2:37 algunas luces del sector oriental desaparecieron.

Primero fue una pequeña zona.

Después otra.

En cuestión de minutos, varios bloques enteros quedaron oscuros.

Desde el piso veinticuatro sólo podíamos observar, demasiado lejos para distinguir lo que ocurría a nivel de calle, pero lo suficientemente alto para comprender la magnitud de lo que estaba empezando.

A las tres menos cuarto se fue la electricidad en el hotel durante unos segundos.

El generador entró en funcionamiento y las luces de emergencia encendieron con un tono pálido.

En el pasillo comenzaron a escucharse puertas abriéndose, voces y pasos apresurados.

Algunas personas acababan de enterarse.

Mateo miró las cajas de agua que ocupaban una esquina de la habitación.

—Ayer me habría reído de todo esto.

—Ayer yo también me reí —respondí.

El celular vibró de nuevo.

No era el número desconocido.

Era una actualización oficial.

La falla había provocado una descarga masiva.

El agua avanzaba hacia las zonas bajas de la ciudad.

No quedaba nada que discutir.

El desastre que habíamos pasado horas intentando considerar imposible ya estaba en camino.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

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