
PARTE 2
Pagué sin explicar nada y tardé varios viajes en llevar todas las bolsas hasta el carro. Mientras acomodaba el agua en la cajuela entendí algo que había ignorado por concentrarme únicamente en comprar provisiones: de nada servían diez paquetes de agua si terminaba atrapada en el sexto piso. Saqué el celular ahí mismo y empecé a buscar hoteles y departamentos temporales en edificios altos, lejos de las zonas bajas del oriente.
Las primeras opciones no funcionaron. En algunos lugares no podían garantizarme un piso específico y en otros las habitaciones disponibles estaban demasiado abajo. Finalmente encontré un hotel en una torre de la zona occidental y llamé directamente a recepción. Pregunté, intentando no sonar completamente loca, si todavía tenían habitaciones arriba del piso veinte.
La recepcionista confirmó que quedaban algunas en el piso veinticuatro. Reservé una de inmediato por tres noches y pagué desde el celular antes de que pudiera arrepentirme. Después me quedé sentada dentro del carro unos segundos, observando el comprobante. Acababa de gastar varios miles de pesos porque un desconocido me había hablado de una inundación que oficialmente no existía.
Antes de ir al hotel regresé al departamento. Mateo estaba en la cocina preparando café cuando entré cargando las primeras bolsas y se quedó viéndome. —¿Qué hiciste, asaltaste un supermercado? —preguntó. —No —respondí—. Pero necesito que me escuches cinco minutos sin burlarte.
Le conté todo desde el principio: el hombre afuera de la tienda, la advertencia sobre la presa, el mensaje de las 3:06, la publicación de hacía tres años y el pronóstico de lluvia. Mateo empezó sonriendo, pero dejó de hacerlo cuando le mostré la captura del mensaje que no podía responderse y el artículo técnico. Aun así, negó con la cabeza. —Vale, que varias cosas raras coincidan no significa que vaya a llegar agua hasta aquí.
—Lo sé —contesté—. Por eso no te estoy diciendo que crea que ocurrirá. Te estoy diciendo que no quiero apostar mi vida a que no ocurrirá. Le expliqué que había reservado una habitación en el piso veinticuatro y que pensaba trasladar las provisiones esa misma noche. Si todo era una tontería, regresaríamos al día siguiente y se reiría de mí cuanto quisiera.
Mateo caminó hasta la ventana y miró hacia afuera. El cielo, que por la mañana estaba despejado, comenzaba a cubrirse de nubes oscuras hacia las montañas. —Yo me quedo —dijo finalmente—. Mañana tengo cosas que hacer. —Haz lo que quieras —respondí—, pero si cambias de opinión, sal antes de medianoche.
No discutí más. Empecé a bajar las bolsas al carro y Mateo terminó ayudándome aunque siguiera diciendo que exageraba. Antes de marcharme dejé sobre la mesa dos paquetes de agua, comida seca, una linterna y una batería externa. Él me miró. —¿Y esto? —Por si decides seguir durmiendo durante el apocalipsis.
Conduje hacia el oeste mientras comenzaban a caer las primeras gotas. No era una tormenta especialmente fuerte, pero el tráfico se volvió más lento y varios cruces ya acumulaban agua junto a las banquetas. Cuando llegué al hotel, un empleado me prestó un carrito de equipaje y me ayudó a subir las provisiones. No le expliqué por qué llevaba suficiente agua para alimentar a un equipo completo.
Mi habitación estaba en el piso veinticuatro. Lo primero que hice fue acercarme a la ventana. Desde ahí la ciudad parecía tranquila: edificios iluminados, avenidas llenas de autos y una hilera de luces extendiéndose hasta perderse en la distancia. Por un instante me sentí ridícula. Tal vez al día siguiente despertaría, vería un cielo perfectamente normal y tendría que cargar otra vez con todas aquellas cajas.
A las nueve y cuarenta empezó a llover con fuerza. Revisé el pronóstico y la zona roja sobre la cuenca se había ampliado. Todavía no aparecía ninguna advertencia sobre la presa. Me serví un vaso de agua, me senté junto a la ventana y traté de convencerme de que eso era una buena señal.
A las diez y media llamé a Mateo. No contestó. Volví a intentarlo veinte minutos después y esta vez respondió con ruido de lluvia detrás. —Estoy comprando unas cosas —dijo. —¿Vas a venir? Hubo un silencio breve antes de que admitiera que el agua ya estaba cubriendo parte de la calle frente al edificio.
Le envié la ubicación del hotel y le pedí que no esperara más. —Si vienes y mañana no pasa nada, yo pago el desayuno y puedes contarle a todo el mundo que me volví paranoica. —Trato hecho —contestó. Antes de colgar añadió que saldría en cuanto guardara unos documentos importantes.
A las once cincuenta y siete tocaron la puerta. Abrí y encontré a Mateo empapado, con una mochila al hombro y el cabello pegado a la frente. Dejó la mochila en el piso y respiró hondo. —No voy a decir que tenías razón todavía —murmuró—, pero hay avenidas donde el agua ya llega a media llanta.
Miré el reloj del celular. Faltaban poco más de dos horas para las dos de la madrugada. Por primera vez desde que había conocido al hombre de la tienda, Mateo no hizo ninguna broma.
Gracias por leer hasta aquí 🙏 La siguiente parte ya está en la sección de comentarios de la página. Toca “Ver todos los comentarios” para leer la Parte 3 👇📖














