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LEITURA EM PARTESParte 5 de 10

PARTE 5

El primer día completo después de la ruptura de la presa se convirtió en una sucesión lenta de horas que parecían iguales. La electricidad del hotel iba y venía entre la red y el generador, la señal del celular desaparecía durante largos periodos y el agua corriente empezó a salir con poca presión. Cada vez que alguien recibía una actualización oficial, varios huéspedes se reunían alrededor de una pantalla para escucharla.

Las autoridades seguían pidiendo paciencia. Los equipos de rescate se concentraban en edificios bajos, hospitales, pasos elevados y viviendas donde había personas atrapadas. En nuestra torre no existía un peligro inmediato porque la estructura estaba en una zona más alta y el agua no alcanzaba los niveles habitables. Por esa razón, nos pidieron permanecer ahí para no ocupar rutas que necesitaban los servicios de emergencia.

La administración organizó las provisiones del hotel y las aportadas voluntariamente por algunos huéspedes. Yo entregué buena parte del agua, las salchichas, las galletas y varias sopas, pero guardé una reserva suficiente para Mateo y para mí. No era egoísmo; nadie sabía todavía cuánto tiempo permaneceríamos aislados. La clave, comprendí, no era regalar todo por impulso ni encerrarse con todo por miedo, sino calcular.

Mateo se encargó de ayudar a mover cajas entre pisos. La pareja mayor a la que habíamos prestado una batería logró contactar con su hija. Cuando la señora me devolvió el cargador, me tomó las manos y dijo que había pasado horas pensando que quizá nunca volvería a escucharla. No supe qué responder, así que sólo le dije que conservara la batería hasta que pudiera salir del hotel.

A media tarde recuperamos señal durante unos minutos y entró una avalancha de mensajes. Carlos estaba bien. Todos los compañeros de la oficina finalmente habían confirmado su situación. Uno había perdido el carro, otro tenía la planta baja de su casa inundada y varias personas no podían regresar a sus colonias, pero ninguno del equipo había desaparecido.

El grupo del edificio donde vivíamos también volvió a funcionar por momentos. Las fotografías mostraban daños mucho peores de lo que había imaginado. El agua había superado el sexto piso durante la madrugada y, aunque ya empezaba a bajar lentamente, nuestro departamento había quedado completamente sumergido.

Mateo leyó el mensaje conmigo.

No hizo ningún comentario durante varios segundos.

Después apoyó la cabeza contra la pared.

—Entonces perdimos todo.

—No todo.

Me miró.

Señalé su mochila, mi bolsa y después a nosotros mismos.

—Esto todavía lo tenemos.

No era una frase heroica. En realidad, en aquel momento no me sentía fuerte. Pensar en mi departamento bajo agua sucia me provocaba una mezcla de rabia, tristeza e incredulidad.

Pero también sabía que si hubiera ignorado al hombre, yo habría estado allí.

Esa comparación era imposible de evitar.

Durante la segunda noche apenas dormimos. Se escuchaban helicópteros a intervalos y, de vez en cuando, sirenas desde lugares que no podíamos localizar. La lluvia disminuyó considerablemente, pero la ciudad seguía cubierta por el agua acumulada.

A la mañana siguiente el hotel anunció que había suficiente suministro para otro día si todos manteníamos el consumo reducido. Ayudé a organizar una lista de personas que necesitaban salir primero cuando las autoridades habilitaran una ruta. Había adultos mayores, niños pequeños y personas con tratamientos médicos que no podían esperar indefinidamente.

Nadie me había nombrado responsable de nada.

Simplemente había empezado a hacerlo porque era necesario.

Y algo dentro de mí se dio cuenta de que llevaba casi dos días sin pensar en el misterioso mensaje de las 3:06.

La realidad ya era suficientemente grande.

La pregunta ya no era si el hombre había tenido razón.

La pregunta era cuántas personas habían podido ponerse a salvo.

Al tercer día, Protección Civil informó que algunas rutas del oeste estaban abiertas para vehículos de emergencia y traslados controlados. Los huéspedes comenzaron a salir por grupos pequeños. Mateo y yo no éramos prioridad, así que esperamos.

Por la tarde finalmente pudimos abandonar la torre.

El vestíbulo olía a humedad y desinfectante. Las puertas principales permanecían protegidas por barreras improvisadas y afuera había lodo acumulado junto a las banquetas, aunque esa zona se había librado de lo peor.

Condujimos lentamente.

Varias avenidas estaban cerradas.

En otras, soldados, policías, bomberos y voluntarios retiraban ramas, muebles y restos arrastrados por el agua.

Había negocios con marcas de humedad a más de un metro de altura.

Más cerca del oriente, las calles se volvían intransitables.

Tuvimos que detenernos varios kilómetros antes de llegar a nuestro antiguo departamento.

Un agente explicó que nadie podía ingresar todavía.

Mateo observó la dirección durante unos segundos y luego regresó al carro.

No protestó.

Ya había comprendido que intentar recuperar algo demasiado pronto sólo aumentaría los riesgos.

Nos trasladamos a un refugio temporal habilitado en un centro deportivo fuera del área inundada. Allí había cientos de personas acostadas sobre colchonetas, cargando bolsas con lo poco que habían podido sacar de sus casas.

Mientras esperábamos para registrarnos, vi a una mujer abrazando una carpeta de documentos envuelta en plástico. Un hombre sostenía una jaula con dos pájaros. Un niño dormía encima de una mochila.

Cada persona había elegido, en cuestión de minutos, aquello que consideró imprescindible.

Yo llevaba un celular, documentos, algo de ropa y la captura de un mensaje imposible.

Esa noche, acostada en una colchoneta junto a Mateo, pensé por primera vez en el hombre que me había advertido.

Si realmente era “Don Julio Hidráulica”, tal vez sabía exactamente lo que había ocurrido.

Pero había otra pregunta todavía más sencilla.

¿Seguía vivo?

Al día siguiente decidí que, cuando fuera seguro moverme por la ciudad, regresaría a la tienda donde lo había conocido.

No porque esperara una explicación sobrenatural.

No necesitaba una.

Sólo quería encontrar al hombre que me había dado la oportunidad de elegir antes de que fuera demasiado tarde.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

 

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