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LEITURA EM PARTESParte 4 de 10

PARTE 4

La noticia se propagó por el hotel más rápido que cualquier instrucción oficial. En menos de quince minutos, los pasillos estaban llenos de huéspedes cargando mochilas, maletas, niños dormidos y bolsas improvisadas con documentos. Algunos querían bajar al estacionamiento para sacar sus autos. El personal tuvo que impedirlo porque varias calles cercanas ya estaban bloqueadas por acumulaciones de agua y el tránsito se había detenido casi por completo.

Yo entendía el impulso de querer salir. Incluso por un momento pensé en nuestro departamento, en mi computadora, la ropa, los recuerdos guardados en cajones y todas esas cosas que unas horas antes parecían importantes. Pero recordé la cifra: doce pisos. Si el pronóstico del hombre se acercaba siquiera a la realidad, regresar al sexto piso sería una locura.

Mateo también debió pensar en ello porque se acercó y dijo: —Mi pasaporte está en el cajón del escritorio. No respondí inmediatamente. Él apretó la mandíbula y terminó diciendo: —Sí, ya sé. No voy a ir. Fue la primera decisión verdaderamente difícil que tuvimos que tomar aquella noche: aceptar que algunas pertenencias podían perderse y que intentar salvarlas podía costarnos mucho más.

Cerca de las tres y media, la administración pidió a los huéspedes permanecer por encima del piso quince mientras evaluaban el funcionamiento de los servicios. No era una orden de evacuación vertical definitiva, pero varias plantas inferiores comenzaron a vaciarse de manera preventiva. Algunas personas llegaron al piso veinticuatro porque tenían familiares alojados allí; otras subieron simplemente porque querían estar lo más alto posible.

Una pareja mayor apareció frente a nuestra puerta buscando un enchufe para cargar el celular. Su batería estaba casi agotada y necesitaban comunicarse con una hija. Les prestamos una de nuestras baterías externas. Poco después una madre preguntó a un empleado dónde podía conseguir agua porque las máquinas expendedoras estaban vacías. Miré las diez cajas que había comprado y comprendí que mi miedo me había hecho acumular mucho más de lo que Mateo y yo necesitábamos inmediatamente.

Sacamos algunas botellas al pasillo. No regalamos todo de golpe ni convertimos nuestra habitación en una bodega abierta; simplemente preguntamos a recepción si podían organizar una distribución para las personas que realmente lo necesitaran. El encargado aceptó y empezó a registrar cuántas botellas quedaban. Por primera vez desde que comenzó la tormenta sentí que estaba haciendo algo más útil que mirar una pantalla.

A las cuatro de la mañana comenzaron a circular videos grabados desde edificios del este. El agua había cubierto avenidas completas. Vehículos eran arrastrados contra bardas y postes. La corriente avanzaba por lugares donde normalmente circulaban miles de personas todos los días.

No quise seguir mirando.

Carlos escribió en el grupo del trabajo que estaba refugiado en el piso diecisiete del edificio de su hermana. Otro compañero reportó que había logrado llegar a una escuela habilitada como refugio. Dos personas aún no contestaban. El director pidió que nadie saturara el chat con rumores y que sólo compartiéramos información verificada.

A las cinco, Protección Civil confirmó que varias zonas habían perdido energía y que los equipos de rescate no podían ingresar todavía a algunos sectores debido a la velocidad de la corriente. Pedían a quienes estuvieran en edificios sólidos y altos que permanecieran allí. La instrucción coincidía exactamente con lo que habíamos hecho.

Mateo se quedó frente a la ventana durante mucho tiempo.

—¿Crees que llegó al edificio?

No necesitaba preguntarle cuál.

Abrí un mapa y revisé la ubicación de nuestro departamento. Estaba dentro de una de las zonas de mayor riesgo marcadas por las autoridades. No quise darle una respuesta que no podía comprobar.

—Probablemente el agua llegó a esa colonia.

Él bajó la mirada.

—Debí sacar más cosas.

—Si hubieras esperado para sacar más cosas, quizá no habrías llegado aquí.

No lo dije para consolarlo. Era simplemente cierto.

A las seis de la mañana, el cielo comenzó a aclararse detrás de una cortina gris. La lluvia seguía cayendo, aunque con menos violencia. Desde el piso veinticuatro pudimos ver por primera vez la extensión del desastre.

Había sectores donde las calles habían desaparecido.

Sólo se veía una superficie marrón atravesada por techos, postes y las partes superiores de algunos árboles. En ciertas zonas sobresalían los pisos altos de edificios más bajos. Helicópteros de emergencia comenzaron a aparecer a distancia cuando las condiciones permitieron vuelos limitados.

Mateo se apoyó en el cristal.

—Doce pisos.

No hizo falta que terminara la frase.

Yo también estaba pensando en eso.

A las siete y veinte llegó un mensaje del grupo vecinal de nuestro edificio. Una residente del último nivel había logrado enviar una fotografía antes de perder señal. El agua había entrado en el inmueble y seguía subiendo por las plantas inferiores. Nadie podía confirmar todavía hasta dónde llegaría.

Sentí un peso enorme en el pecho.

Nuestro departamento estaba ahí.

Nuestra vida cotidiana estaba ahí.

Y nosotros estábamos mirando todo desde otro extremo de la ciudad porque, menos de treinta y seis horas antes, un hombre al que había dado una comida me había dicho que subiera.

A las ocho, el hotel anunció que el abastecimiento de agua de la red podía interrumpirse. Empezaron a pedir que cada habitación limitara el consumo.

Las cajas que había comprado dejaron de parecer exageradas.

Durante las horas siguientes ayudamos al personal a contar botellas, comida y baterías disponibles. No porque tuviéramos alguna autoridad, sino porque había demasiada gente nerviosa haciendo las mismas preguntas y muy pocas personas organizando respuestas. Anoté en hojas cuántas habitaciones estaban ocupadas en nuestro piso y qué personas necesitaban medicamentos, agua o ayuda para caminar.

Esa pequeña tarea cambió mi forma de sentir el miedo.

Mientras me limitaba a imaginar lo que podía pasar, el miedo me paralizaba.

Cuando había algo concreto que hacer, seguía teniendo miedo, pero al menos podía avanzar.

Al mediodía, las autoridades informaron que el nivel del agua comenzaba a estabilizarse en algunas zonas, aunque la corriente seguía siendo peligrosa. Nadie sabía cuánto tardaría en bajar.

Mateo se sentó junto a mí en el piso de la habitación y abrió una bolsa de galletas.

—Cuando esto termine —dijo—, voy a comprar una mochila de emergencia.

Lo miré.

—¿Sólo una?

Sonrió por primera vez desde la madrugada.

—Dos.

La risa que se me escapó fue breve y cansada, pero real.

Afuera, una ciudad entera trataba de sobrevivir a algo que casi nadie había considerado posible.

Dentro de aquella habitación, yo empezaba a comprender que haber escuchado una advertencia sólo había sido el primer paso.

Lo que hiciéramos después también importaba.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

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