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LEITURA EM PARTESParte 8 de 10

PARTE 8

El albergue ocupaba el gimnasio de una escuela que todavía no retomaba actividades normales. Había divisiones hechas con lonas, mesas con alimentos y filas de colchonetas extendidas sobre la cancha. Pregunté por Julio Chávez y una voluntaria señaló hacia una de las gradas.

Lo reconocí antes de que él me viera.

Llevaba ropa limpia, el cabello más corto y la barba recortada, pero eran los mismos ojos.

Estaba sentado con una taza de café entre las manos.

Me acerqué despacio.

—Don Julio.

Levantó la vista.

Durante un instante pareció buscar mi rostro entre sus recuerdos.

Después sonrió ligeramente.

—La muchacha de la comida.

Sentí una presión extraña en el pecho.

—Usted se acordaba.

—Claro.

Miró a Mateo.

—Entonces no te quedaste en el sexto piso.

—No.

Me senté frente a él.

—Subí al veinticuatro.

Julio asintió como si fuera exactamente lo que esperaba escuchar.

Durante varios segundos ninguno supo cómo comenzar.

Finalmente pregunté lo que llevaba semanas queriendo saber.

—¿Cómo sabía lo que iba a pasar?

Julio bajó la mirada hacia su café.

Su explicación fue menos misteriosa de lo que yo imaginaba y, precisamente por eso, resultó más inquietante.

Había trabajado años atrás para una empresa contratista que participaba en tareas de mantenimiento y monitoreo de infraestructura hidráulica. No era el director de la presa ni la persona responsable de decidir reparaciones.

Su trabajo le permitía revisar determinados datos técnicos.

Con el tiempo comenzó a preocuparse por algunas mediciones de filtración, sistemas de drenaje y respuestas que consideraba insuficientes.

Presentó reportes.

Insistió.

Publicó información cuando sintió que nadie lo escuchaba.

Las publicaciones terminaron convirtiéndolo en una figura incómoda.

—¿Por eso dejó de trabajar?

Julio tardó en responder.

—Por muchas razones.

No añadió detalles y yo no insistí.

No necesitaba convertir su vida completa en una tragedia para entender lo importante.

—Pero ¿cómo pudo saber que ocurriría exactamente aquella noche?

Julio apoyó la taza.

—No lo sabía con certeza.

Fruncí el ceño.

—Usted me dijo una hora.

—Te dije la hora en la que yo calculaba que el riesgo podía volverse crítico.

Explicó que durante los días previos había seguido los registros públicos de lluvia y los niveles disponibles. También había visitado varias zonas cercanas a la cuenca y observado condiciones que, desde su experiencia, indicaban que el sistema estaba bajo una presión extraordinaria.

Hizo cálculos aproximados.

Podía equivocarse por horas.

Incluso podía equivocarse por completo.

—Entonces cuando me dijo que el agua alcanzaría doce pisos…

—Era una estimación extrema basada en el volumen que podía liberarse y las zonas más bajas.

—Pero ocurrió.

Julio respiró profundamente.

—Sí.

No había orgullo en su voz.

Sólo cansancio.

Pensé en todas las veces que había imaginado a aquel hombre como alguien capaz de ver el futuro.

La realidad era distinta.

No había visto el futuro.

Había observado señales que otros no tomaron en serio.

Eso seguía sin explicar una cosa.

Saqué el celular y abrí la captura.

—¿Usted me envió esto?

Julio acercó la pantalla.

Leyó la frase.

“Tu piso sigue sin ser suficientemente alto”.

Su expresión cambió.

—No.

Sentí que el estómago se me contraía.

—¿Está seguro?

—No tenía tu número.

—¿No lo consiguió de alguna forma?

Negó lentamente.

—Ni siquiera sabía cómo te llamabas.

Mateo se inclinó.

—¿Y alguien más sabía que le había advertido?

—No que yo sepa.

Miré otra vez el mensaje.

Había esperado durante semanas que Julio dijera algo simple: que había utilizado un teléfono prestado, que había encontrado mi número en algún recibo, que me había visto entrar al edificio.

Cualquier explicación.

Pero no tenía una.

Julio tampoco.

—Tal vez alguien te conocía y escuchó la conversación —dijo—. Tal vez fue una coincidencia. No sé.

Agradecí que no intentara inventar una respuesta.

Guardé el celular.

Por extraño que resultara, aquel mensaje dejó de parecerme el centro de la historia.

Lo esencial ya estaba frente a mí.

—¿A cuántas personas advirtió?

Julio pensó.

—A muchas.

—¿Cuántas le creyeron?

Sonrió con amargura.

—Tú fuiste la única que me compró comida.

No era una respuesta directa, pero la entendí.

Miré sus manos.

—Yo tampoco le creí.

—Pero comprobaste cosas.

Levantó la mirada.

—Eso es diferente.

Nos quedamos conversando más de una hora.

No todo giró alrededor de la presa.

Le pregunté si necesitaba algo.

Él pidió únicamente ayuda para recuperar algunos documentos perdidos durante la inundación y para comunicarse con una oficina donde querían tomarle declaración.

Mateo y yo pudimos ayudarlo con direcciones y transporte.

Nada más.

No íbamos a resolver su vida.

Tampoco él había resuelto la nuestra.

Había compartido una advertencia.

Nosotros decidimos qué hacer con ella.

Antes de irme saqué dinero para comprar comida en el puesto instalado junto al albergue.

Julio me detuvo.

—Esta vez invito yo.

Sacó unas monedas del bolsillo y compró tres cafés.

Nos sentamos afuera.

La ciudad todavía mostraba cicatrices: calles en reparación, camiones retirando escombros y familias entrando y saliendo de centros de apoyo.

—¿Está enojado? —le pregunté.

—¿Con quién?

—Con todos los que no le creyeron.

Julio pensó durante varios segundos.

—Estuve enojado mucho tiempo.

Bebió un poco de café.

—Pero el agua ya pasó. Ahora importa saber por qué pasó y qué se hará antes de la próxima.

Aquella respuesta cambió algo dentro de mí.

Yo había pasado semanas pensando en lo que pude haber hecho diferente.

Él había pasado años haciendo lo mismo.

Ninguno podía regresar al martes 17 de junio.

Sólo podíamos actuar a partir de lo que sabíamos ahora.

Antes de despedirnos le pregunté si podía dar su nombre a los investigadores que habían tomado mi testimonio.

—Dáselo.

—¿Quiere que les diga que predijo la ruptura?

Julio negó.

—Diles lo que realmente pasó.

Sonrió apenas.

—Eso debería bastar.

Cuando Mateo y yo salimos del albergue, abrí otra vez el mensaje de las 3:06.

Por primera vez no sentí miedo.

Seguía sin entenderlo.

Tal vez nunca lo entendería.

Pero había aprendido que no todas las preguntas sin respuesta necesitaban controlar mi vida.

Algunas podían quedarse exactamente donde estaban.

Sin explicación.

Mientras las decisiones importantes siguieran siendo mías.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

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