
PARTE 4
Los días posteriores al funeral transcurrieron con una lentitud extraña. Natalia ayudó a su madre a organizar documentos, respondió llamadas de familiares que querían acompañarlas y comenzó a ordenar pequeñas tareas domésticas que habían quedado suspendidas durante la identificación de Nicolás. Nada de aquello tenía la intensidad dramática de una discusión, pero para Natalia era más importante que cualquier confrontación.
Había regresado pensando que su estancia tendría una duración corta.
Ahora comprendía que no podía subir a un avión inmediatamente después del entierro y dejar a su madre enfrentando sola la parte más silenciosa del duelo.
Decidió quedarse unas semanas.
No se lo consultó a Adrián.
Solo se lo informó a su madre.
—No tienes que quedarte por mí —dijo la señora Salazar.
Natalia sonrió.
—No me quedo porque crea que no puedes estar sola. Me quedo porque quiero estar contigo.
La diferencia entre esas dos razones era algo que ahora Natalia comprendía mejor que nunca.
Adrián comenzó a aparecer menos en la casa.
Seguía llamando a la madre de Natalia y atendía algunos asuntos que ya tenía pendientes desde antes del regreso de ella, pero dejó de presentarse sin avisar. Cuando necesitaba pasar, primero enviaba un mensaje a la señora Salazar.
Natalia notó el cambio.
No dijo nada.
Una tarde, mientras revisaba unas cajas del estudio de su padre, escuchó que su madre conversaba con Adrián en la sala.
—Has venido menos —comentó la señora Salazar.
—Natalia está aquí.
—Esta también es tu casa.
Hubo un silencio.
—Ya no de la misma manera.
Natalia permaneció quieta unos segundos.
Después continuó acomodando papeles.
No sentía satisfacción al escucharlo.
Solo la certeza de que Adrián finalmente comenzaba a comprender que algunas relaciones podían cambiar incluso después de décadas de cercanía.
Dos días más tarde, él pidió hablar con ella.
No apareció de improviso. Le envió un mensaje corto preguntando si podía pasar durante la tarde.
Natalia aceptó.
Se encontraron en el jardín trasero de la casa, un espacio donde alguna vez habían pasado tardes enteras con Nicolás.
Adrián no intentó sentarse demasiado cerca.
—No voy a pedirte que cambies de opinión sobre nada —comenzó.
Natalia esperó.
—Pero me dijiste algo el día del funeral que no he podido dejar de pensar.
—¿Qué cosa?
—Que yo confundí tu capacidad para cuidarte con la idea de que no necesitabas a nadie.
Natalia lo observó.
—Eso fue exactamente lo que hiciste.
Adrián asintió.
—Sí.
Era la primera vez que lo admitía sin agregar una explicación inmediatamente después.
—Cuando murió Nicolás —continuó—, todos estábamos destruidos. Tu mamá apenas podía levantarse. Elena había sobrevivido al accidente y no podía quedarse sola. Tú…
Se detuvo.
—Yo parecía estar bien —completó Natalia.
—Parecías estar sosteniendo todo.
—Porque alguien tenía que hacerlo.
Adrián cerró los ojos un instante.
—Lo sé ahora.
Natalia cruzó los brazos.
—No conviertas esto en una historia donde hiciste algo terrible porque tenías buenas intenciones. Eso tampoco sería justo.
—No estoy diciendo eso.
—Entonces dime qué estás diciendo.
Adrián demoró unos segundos.
—Que tomé decisiones por todos. Decidí quién necesitaba ayuda, cómo debía ayudarlo y qué podía soportar cada persona. Y nunca pregunté.
Natalia sintió que algo se tensaba dentro de ella.
Aquellas palabras se acercaban más a lo que había esperado escuchar tres años atrás que cualquier explicación que hubiera imaginado.
Pero llegar tarde también tenía consecuencias.
—¿Y Elena? —preguntó.
Adrián bajó la vista hacia su anillo.
—Con Elena ocurrió lo mismo al principio. Creí que lo correcto era estar ahí.
—Pero terminaste casándote con ella.
—Sí.
—Eso ya no fue simplemente estar ahí, Adrián.
Él asintió.
—No.
Natalia esperó una explicación más amplia, pero él no la ofreció.
Eso, sorprendentemente, hizo que la conversación resultara más soportable.
No intentó reducir un matrimonio de dos años y medio a una frase conveniente. Tampoco intentó decir que había sido víctima de las circunstancias.
—¿Eres feliz con ella? —preguntó Natalia.
Adrián levantó los ojos.
Pareció sorprendido.
—No tienes que responderme si no quieres.
—No sé cómo responder eso sin hacer parecer que estoy intentando justificar otra cosa.
Natalia comprendió.
—Entonces no respondas.
Se puso de pie.
Adrián también lo hizo.
—Natalia.
Ella se detuvo.
—Nunca quise que te fueras.
Natalia lo miró durante varios segundos.
—Pero hiciste una elección que sabías que podía alejarme.
—Sí.
—Eso también es elegir.
Adrián no tuvo respuesta.
Aquella noche, Elena llamó a Natalia.
Su nombre apareció en la pantalla por primera vez en tres años.
Natalia estuvo a punto de dejar que la llamada terminara, pero finalmente contestó.
—¿Bueno?
Al otro lado hubo un breve silencio.
—Gracias por contestar.
Natalia se sentó en el borde de la cama.
—¿Qué necesitas?
—Hablar contigo.
—¿Sobre Adrián?
—Sobre nosotros.
Natalia cerró los ojos.
Durante años había imaginado aquella conversación. En algunas versiones gritaba. En otras exigía explicaciones. En las peores, Elena lloraba y Natalia terminaba consolándola por costumbre.
Ahora no quería ninguna de esas escenas.
—No puedo volver a ser tu amiga solo porque finalmente hablemos —advirtió.
—Lo sé.
—Y tampoco quiero que intentes convencerme de que todo estuvo bien.
—No voy a hacerlo.
Natalia miró la ventana.
—Entonces podemos hablar mañana.
Al día siguiente se encontraron en una cafetería tranquila.
Elena llegó primero.
Cuando Natalia se sentó frente a ella, ambas tardaron varios segundos en decir algo.
—Siento lo de Nicolás —dijo Elena al final.
Natalia frunció ligeramente el ceño.
—Tú también lo perdiste.
—Sí.
Elena bajó la mirada.
—Pero tú perdiste a tu hermano y, poco después, también perdiste a dos personas en quienes confiabas.
Natalia guardó silencio.
Era la primera vez que Elena no intentaba colocar el dolor de todas al mismo nivel.
—No sé si hubo una manera correcta de sobrevivir a lo que pasó —continuó Elena—. Pero sé que la forma en que Adrián y yo tomamos nuestras decisiones terminó lastimándote.
—¿Por qué no me hablaste antes del compromiso?
Elena apretó las manos alrededor de su taza.
—Porque sabía que te iba a doler.
—Eso no responde la pregunta.
Elena respiró profundamente.
—Porque fui cobarde.
Natalia no esperaba aquella respuesta.
—Pensé que, si Adrián hablaba contigo, después sería más fácil. Luego te fuiste. Cuando intenté buscarte, ya no pude comunicarme contigo.
—Y después te casaste con él.
—Sí.
Natalia sintió el golpe de aquella palabra, pero no apartó la mirada.
—No voy a preguntarte si amabas todavía a Nicolás cuando aceptaste casarte con Adrián. Esa respuesta te pertenece.
Elena parecía contener las lágrimas.
—Gracias.
—No te estoy haciendo un favor. Solo entendí que no necesito conocer cada detalle para decidir qué relación quiero tener contigo ahora.
Elena asintió lentamente.
Natalia se levantó unos minutos después.
No hubo abrazos.
No hubo reconciliación.
Tampoco hubo insultos.
Cuando salió de la cafetería, sintió por primera vez que no necesitaba demostrar que Elena era una mala persona para reconocer que había dejado de ser una persona segura para ella.
Aquella conclusión no arreglaba el pasado.
Pero le permitía avanzar sin seguir viviendo dentro de él.
La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇














