
PARTE 10
Seis meses después, Natalia volvió a México.
Esta vez no regresó por una muerte.
Tampoco porque alguien hubiera desaparecido ni porque existiera una crisis que resolver.
Regresó porque había prometido a su madre que también volvería cuando pasaran cosas buenas.
La señora Salazar cumplía años esa semana.
Natalia compró el boleto con varias semanas de anticipación y avisó desde el primer momento la fecha exacta de su llegada.
Su madre insistió en recogerla en el aeropuerto.
Natalia aceptó.
Cuando atravesó la puerta de llegadas, buscó entre la gente y encontró inmediatamente a la señora Salazar agitando una mano.
No había asistentes.
No había un hombre vestido de negro esperando frente a la salida.
Y, sobre todo, no había una sensación de deuda pendiente.
Natalia dejó la maleta a un lado para abrazar a su madre.
—Estás más delgada —dijo la señora Salazar.
—Tú dices eso cada vez que me ves.
—Porque cada vez comes peor.
—Llevamos treinta segundos juntas.
—Tiempo suficiente para darme cuenta.
Natalia soltó una carcajada.
Mientras caminaban hacia el estacionamiento, pensó en la primera vez que había regresado.
Parecía una vida diferente.
Durante los meses anteriores habían ocurrido cambios sin grandes explosiones.
La separación de Adrián y Elena avanzaba mediante el proceso que ambos habían acordado.
Ninguno había intentado convertir a Natalia en intermediaria.
Cuando la señora Salazar mencionaba a uno de ellos, Natalia escuchaba sin buscar significados ocultos.
Elena había retomado algunos aspectos de su propia vida y había dejado la casa que compartía con Adrián.
Adrián seguía trabajando y manteniendo contacto con la familia Salazar.
Pero ya no actuaba como si la ausencia de Nicolás lo obligara a ocupar todos los espacios disponibles.
Natalia, por su parte, había enviado una nueva solicitud para continuar sus estudios.
No intentó recuperar el programa que había abandonado tres años atrás.
Eligió otro que encajaba mejor con la persona que era ahora.
Semanas antes del viaje había recibido la aceptación.
No se lo dijo inmediatamente a nadie.
Quería contarle a su madre en persona.
Durante la cena de cumpleaños, esperó hasta que terminaron el pastel.
Después sacó de su bolso una copia de la carta.
—Tengo algo para ti.
Su madre leyó las primeras líneas y comenzó a llorar.
—¿Te aceptaron?
Natalia sonrió.
—Sí.
La señora Salazar se levantó para abrazarla.
—Nicolás estaría tan orgulloso.
Natalia cerró los ojos.
Durante unos segundos permitió que el nombre de su hermano formara parte de aquel momento sin convertirlo en tristeza.
—Espero que sí.
Adrián llegó más tarde con un regalo para la señora Salazar.
Había sido invitado.
Natalia lo sabía.
Cuando entró, sus miradas se encontraron desde extremos distintos de la sala.
Adrián fue el primero en sonreír.
No se acercó inmediatamente.
Saludó a la señora Salazar, conversó con algunos familiares y solo después caminó hacia Natalia.
—Hola.
—Hola.
—Tu mamá me dijo que regresabas esta semana.
—Vine por su cumpleaños.
—Me alegra verte.
Natalia sonrió.
—A mí también.
La frase pareció sorprenderlo.
Pero no intentó convertirla en algo más.
—Te ves bien —dijo.
—Tú también.
No era completamente cierto.
Adrián parecía más cansado que años atrás, pero también más tranquilo.
Había una diferencia entre ambas cosas.
—Me enteré de que terminaste oficialmente la separación —dijo Natalia.
—Hace unas semanas.
—Espero que estén bien.
—Estamos aprendiendo a estarlo.
Natalia asintió.
Adrián miró la carta que ella todavía sostenía.
—¿Qué es eso?
—Me aceptaron en un programa de posgrado.
Por primera vez en toda la noche, la expresión de Adrián cambió de manera evidente.
—¿En serio?
—Sí.
—Natalia, felicidades.
Ella percibió una alegría sincera en su voz.
—Gracias.
Adrián miró la hoja durante un segundo.
—Recuerdo el programa al que querías entrar antes de irte.
Natalia también lo recordaba.
—Este es diferente.
—¿Mejor?
Natalia pensó.
—Más mío.
Adrián entendió.
—Entonces sí. Mejor.
Un familiar llamó a Natalia desde la mesa.
Ella comenzó a alejarse, pero Adrián dijo su nombre.
—Natalia.
Se volvió.
Él tardó un instante.
—¿Podemos hablar después? Solo unos minutos.
Natalia lo observó.
—Sí.
No sintió miedo al aceptar.
Tampoco esperanza.
Solo curiosidad.
Más tarde salieron al mismo jardín donde meses atrás habían tenido algunas de las conversaciones más difíciles de sus vidas.
Adrián llevaba las manos en los bolsillos.
—Prometo no hacer un discurso largo.
—Eso sería una novedad.
Él se rio.
—Me lo merecía.
Durante unos segundos observaron las luces de la casa.
—Quería decirte que te debo una disculpa que no dependa de que me perdones.
Natalia guardó silencio.
—Durante años traté de definir nuestra relación por los dos. Cuando eras más joven, creí que eso era protegerte. Después se volvió costumbre. Cuando murió Nicolás, hice lo mismo con todos.
Respiró profundamente.
—Pensé que cuidar significaba decidir.
Natalia lo escuchó.
—Me equivoqué.
No había justificaciones después de aquella frase.
—También fui injusto contigo cuando te fuiste. Llamé enojo a algo que era una decisión. Insistí en que regresaras porque no soportaba aceptar que mis actos podían hacerte salir de mi vida.
Natalia sintió que algo dentro de ella se relajaba.
No porque nunca hubiera sabido aquello.
Sino porque ya no necesitaba obligarlo a entenderlo.
—Gracias por decirlo.
Adrián asintió.
—No espero que volvamos a ser lo que éramos.
—No podemos.
—Lo sé.
Él sonrió con tristeza.
—Y tampoco voy a preguntarte si alguna vez podría existir otra cosa.
Natalia levantó ligeramente las cejas.
—Eso sí demuestra que has aprendido.
Adrián soltó una risa.
Después volvió a ponerse serio.
—Si algún día quieres que seamos amigos, estaré aquí. Si no, también lo aceptaré.
Natalia pensó unos segundos.
—No sé qué vamos a ser.
Adrián asintió.
—Está bien.
—Pero ya no necesito odiarte para mantener distancia.
Los ojos de Adrián se humedecieron ligeramente.
—Eso es más de lo que merecía esperar.
Natalia negó.
—No conviertas todo en merecimientos. A veces las personas simplemente cambian y las relaciones cambian con ellas.
Adrián sonrió.
—Todavía me corriges.
—Eso probablemente no va a cambiar nunca.
Volvieron a entrar juntos, pero no caminaron pegados.
Natalia se sentó junto a su madre.
Adrián ocupó otro lugar.
Y aquella distancia ya no parecía una herida abierta.
Parecía simplemente espacio.
Dos días después, Natalia visitó la tumba de Nicolás sola.
Llevó flores y se sentó frente a la lápida.
—Me aceptaron —dijo.
Sonrió.
—Mamá lloró, obviamente.
El viento movió ligeramente las hojas de los árboles.
Natalia sacó del bolso el viejo llavero que había conservado.
Lo sostuvo entre los dedos.
—Durante mucho tiempo pensé que, si tú hubieras regresado, todo habría sido diferente.
Hizo una pausa.
—Tal vez sí.
Bajó la mirada.
—Pero no regresaste. Y nosotros tuvimos que aprender a vivir con eso.
No dejó el llavero en la tumba.
Lo guardó nuevamente.
Ya no lo veía como una cadena hacia el pasado.
Era un recuerdo.
Al día siguiente, antes de regresar a Seattle, su madre la acompañó al aeropuerto otra vez.
Esta vez ninguna de las dos lloró durante todo el trayecto.
—¿Cuándo empiezas el programa? —preguntó la señora Salazar.
Natalia le dijo la fecha.
—Entonces iré a visitarte antes.
—Ven.
—¿Lo dices en serio?
—Sí.
Su madre sonrió.
—Entonces empezaré a buscar boletos.
En la entrada de seguridad se abrazaron.
Natalia tomó su maleta.
—Llámame cuando llegues.
—Lo haré.
—Y come bien.
—También.
—Eso último no te lo creo.
Natalia rio.
Se despidió y avanzó hacia su puerta de embarque.
Mientras esperaba, recibió un mensaje de Adrián.
“Felicidades otra vez por el posgrado. Buen viaje.”
Natalia respondió:
“Gracias, Adrián. Cuídate.”
No hubo más.
Guardó el celular.
Cuando anunciaron el abordaje, se puso de pie y tomó su equipaje.
Tres años y medio atrás había viajado a Seattle intentando enterrar un amor que sentía que le había costado demasiado.
Meses atrás había regresado a esa misma ciudad después de despedir finalmente a su hermano.
Ahora iba hacia allá para comenzar algo.
No sabía si algún día Adrián ocuparía un lugar cercano en su vida.
No sabía si Elena y ella volverían a hablar.
No sabía cuánto tiempo necesitaría su madre para vivir sin sentir cada ausencia como una amenaza.
Y por primera vez, no necesitaba saberlo todo.
Había aprendido que crecer no significaba controlar el final de cada relación.
Significaba poder elegir el siguiente paso incluso cuando algunas preguntas permanecían abiertas.
Natalia entregó su pase de abordar y caminó hacia el avión.
Esta vez Seattle no era un escondite.
Tampoco una forma de escapar de Adrián, de Elena ni del recuerdo de Nicolás.
Era el lugar donde había elegido continuar.
Y mientras avanzaba hacia su asiento, Natalia comprendió que, por primera vez en muchos años, el rumbo de su vida no dependía de quién decidiera quedarse con ella.
Dependía de la dirección que ella misma eligiera tomar.
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