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LEITURA EM PARTESParte 3 de 10

PARTE 3

Aquella noche, Natalia volvió a entrar en la casa de su infancia después de tres años. Su habitación seguía en el segundo piso y, aunque algunas cosas habían cambiado, reconoció de inmediato el olor de los muebles, el sonido de la escalera y la forma en que la luz del pasillo se filtraba bajo las puertas. Lo extraño fue descubrir que la casa podía seguir pareciéndose tanto a sus recuerdos mientras ella ya no se parecía demasiado a la mujer que había salido de ahí con una maleta y un boleto de ida.

Su madre apenas probó unas cucharadas de sopa antes de retirarse a descansar. Natalia no insistió. Había aprendido durante los últimos días que el dolor no podía obligarse a seguir horarios razonables. Recogió los platos y entró a la cocina, donde encontró a Adrián guardando algunos medicamentos que la señora Salazar debía tomar.

Natalia se detuvo.

—¿Sigues viniendo aquí con frecuencia?

Adrián cerró el cajón antes de mirarla.

—Tu mamá me llama cuando necesita algo.

La respuesta no tenía nada de sorprendente. Adrián había prometido cuidar de la familia después de la desaparición de Nicolás y, a su manera, había cumplido aquella parte de la promesa.

Sin embargo, Natalia sintió una incomodidad que tardó en identificar.

No era exactamente celos.

Era la sensación de haber regresado a su propia casa y descubrir que Adrián conocía mejor que ella los medicamentos de su madre, las citas médicas pendientes y hasta qué foco del pasillo necesitaba cambiarse.

—Gracias por ayudarla —dijo finalmente—. Pero mientras yo esté aquí, quiero ocuparme de esas cosas.

Adrián la miró durante un momento.

—No necesitas demostrarme nada.

Natalia soltó una risa breve, sin humor.

—Ese es precisamente el problema. Siempre piensas que todo lo que hago tiene que ver contigo.

Tomó el frasco que él acababa de guardar y revisó las instrucciones.

—No necesito demostrar que puedo cuidar a mi mamá. Es mi madre. Quiero hacerlo.

Adrián guardó silencio.

Al día siguiente comenzaron los preparativos finales para despedir a Nicolás. No era un funeral como el de tres años atrás, cuando todos habían llorado frente a una fotografía sin tener un cuerpo que enterrar. Esta vez había una certeza física que volvía imposible seguir sosteniendo aquella parte irracional de la esperanza.

Natalia acompañó a su madre a escoger cada detalle.

Adrián permaneció disponible, pero después de la conversación de la noche anterior dejó de intervenir a menos que se lo pidieran. Elena apareció en la funeraria poco antes del mediodía. Llevaba ropa oscura y permaneció durante largo rato frente a la fotografía de Nicolás sin acercarse a Natalia.

Natalia la observó desde lejos.

En otra época habría sabido interpretar cada gesto de Elena sin necesidad de preguntarle nada. Habría reconocido si estaba a punto de llorar, si tenía miedo o si simplemente quería estar sola.

Ahora ya no estaba segura.

Esa pérdida también formaba parte de lo que había ocurrido tres años atrás.

Durante la ceremonia, Natalia escuchó a varias personas hablar de Nicolás. Algunos recordaban su sentido del humor; otros, su manera de ayudar sin llamar la atención. La madre de Natalia lloró en silencio mientras sujetaba la mano de su hija.

Adrián estaba al otro lado.

Por un instante, los tres quedaron unidos alrededor de la ausencia del mismo hombre.

Pero Natalia ya no confundió esa conexión con la obligación de regresar a una relación anterior.

Al terminar, Adrián se acercó.

—¿Quieres que lleve a tu mamá a casa?

—Yo la llevo.

—Natalia, llevas casi dos días sin descansar.

—Y puedo decir que necesito ayuda cuando la necesite.

No hubo agresividad en su voz.

Precisamente por eso Adrián no encontró nada que discutir.

—De acuerdo.

Antes de que Natalia se alejara, él agregó:

—Entonces solo dime si necesitas algo.

Ella se volvió.

—Eso sí puedo aceptarlo.

Era una diferencia pequeña, pero importante. Antes, Adrián decidía lo que ella necesitaba y actuaba en consecuencia. Ahora Natalia había dejado claro que cualquier ayuda tendría que comenzar por una pregunta y no por una decisión tomada en su nombre.

Esa misma tarde, mientras su madre dormía, Natalia entró en la habitación de Nicolás.

Nadie había transformado el espacio por completo. Había libros en una repisa, algunas fotografías familiares y una chamarra que llevaba demasiado tiempo colgada detrás de la puerta. Natalia pasó los dedos por el respaldo de una silla y respiró lentamente.

No buscaba pistas.

No necesitaba descubrir un secreto escondido para justificar su dolor.

Solo quería conocer la última versión de su hermano que había existido en aquella casa antes de desaparecer.

Encontró una fotografía donde aparecían los tres cuando eran más jóvenes: Nicolás en el centro, Natalia a un lado y Adrián al otro. Estaban riéndose por algo que la imagen no podía recordar.

Natalia sostuvo la foto unos segundos.

Después la dejó exactamente donde estaba.

Adrián apareció en la puerta sin entrar.

—Tu mamá preguntó por ti.

Natalia volteó.

—Ya voy.

Adrián miró alrededor de la habitación.

—Hace tres años no pude entrar aquí durante meses.

Natalia no respondió.

—Después empecé a hacerlo porque tu mamá no podía —continuó él—. No quería que todo se llenara de polvo.

—No necesitas explicarme eso.

—No intento justificarme.

Aquella frase hizo que Natalia levantara la mirada.

Adrián permanecía en el umbral, como si entendiera que cruzarlo sin permiso sería otro error.

—Solo quiero que sepas que nunca olvidé a Nicolás.

Natalia sostuvo su mirada.

—Yo nunca pensé que lo olvidaras.

—Entonces, ¿qué pensaste?

La pregunta salió más cansada que desafiante.

Natalia tardó unos segundos en responder.

—Pensé que pudiste mirar a la mujer que había amado mi hermano durante años y decidir que noventa y nueve días eran suficientes para tomarla de la mano frente a nuestra familia.

Adrián palideció ligeramente.

—Natalia…

—Eso fue lo que vi. Y eso fue lo que me explicaste.

Ella se acercó a la puerta.

—Me dijiste que Elena necesitaba que alguien la cuidara y que yo no, porque podía cuidarme sola.

Adrián bajó la mirada.

—Sé lo que dije.

—Entonces también sabes por qué me fui.

—Sí.

Natalia negó lentamente.

—No. Durante tres años seguiste escribiéndome que estaba enojada, que estaba haciendo un berrinche, que tenía que regresar para escucharte. Todavía pensabas que me fui porque no conseguí lo que quería de ti.

Adrián no respondió.

—Yo me fui porque entendí que mi lugar en tu vida siempre dependería de lo poco que necesitaras preocuparte por mí.

La expresión de Adrián cambió.

Natalia continuó antes de que pudiera interrumpirla.

—No eras responsable de corresponder mis sentimientos. Nunca lo fuiste. Pero sí eras responsable de tratar con honestidad a una persona que creció confiando en ti.

Pasó a su lado y salió de la habitación.

Esta vez Adrián no la siguió.

Esa noche, mientras preparaba un vaso de agua para su madre, Natalia comprendió que había ocurrido algo que durante tres años no había podido hacer.

Por primera vez le había explicado a Adrián por qué realmente se había marchado sin intentar convencerlo de que la eligiera.

Ya no estaba pidiendo amor.

Estaba nombrando el daño.

Y para ella, aquella diferencia significaba que el pasado empezaba a ocupar por fin el lugar que le correspondía.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

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