
PARTE 2
Durante el trayecto hacia la funeraria, Natalia permaneció junto a la ventana y casi no habló. Adrián tampoco intentó llenar el silencio con explicaciones que ella no había pedido. Solo manejó mientras la ciudad aparecía detrás del vidrio con la familiaridad incómoda de un lugar que alguna vez había sido suyo. Tres años eran suficientes para que algunas calles cambiaran, pero no para borrar los recuerdos ligados a ellas.
Cuando llegaron, la madre de Natalia estaba sentada en una sala privada con los ojos hinchados y las manos entrelazadas sobre las piernas. Al verla, se puso de pie con dificultad y Natalia dejó la maleta a un lado para abrazarla. Ninguna de las dos dijo nada durante varios segundos. Por primera vez desde que había bajado del avión, Natalia permitió que el dolor desplazara todo lo demás.
Un empleado de la funeraria les explicó con cuidado que las autoridades habían entregado algunos objetos recuperados junto con los restos y que necesitaban una identificación familiar. Natalia se sentó al lado de su madre mientras colocaban frente a ellas las pertenencias que podían reconocerse. No había respuestas extraordinarias ni secretos escondidos ahí, solamente fragmentos deteriorados de una vida que se había detenido tres años atrás. Eso resultó mucho más doloroso de lo que Natalia esperaba.
Su madre reconoció primero un reloj que Nicolás usaba con frecuencia. Natalia identificó después un llavero viejo que ella misma le había regalado cuando todavía estaba en la universidad. Al tocarlo, sintió que el aire le faltaba durante un instante, pero no retiró la mano. Había regresado precisamente para enfrentar aquello que durante tres años solo había podido imaginar.
Adrián permaneció a varios pasos de distancia. No se acercó cuando Natalia comenzó a llorar y tampoco intentó tocarla. Aquella prudencia no borraba lo ocurrido, pero al menos demostraba que había entendido la advertencia del aeropuerto. Natalia secó sus lágrimas por su cuenta y continuó con el reconocimiento.
Cuando terminaron, la madre de Natalia pidió unos minutos a solas. Natalia salió al pasillo y Adrián la siguió, manteniendo una distancia evidente. Ella observó de nuevo el anillo en su mano y, esta vez, decidió no construir conclusiones silenciosas. —¿Cuánto tiempo llevan casados? —preguntó.
Adrián bajó la mirada hacia su propio anillo. —Dos años y medio. Natalia recibió la respuesta sin cambiar de expresión. La confirmación dolía menos que tres años atrás, quizá porque ya no quedaba nada que pudiera sorprenderla de la misma manera.
—Entonces sí se casaron —dijo. Adrián asintió y comenzó a decir su nombre, pero Natalia lo detuvo antes de que continuara. —No necesito saber hoy cómo fue la boda, cuándo decidieron hacerlo ni qué explicación preparaste durante estos tres años. Estoy aquí por Nicolás y por mi mamá.
Adrián apretó los labios antes de responder. —Lo entiendo. —No, todavía no —replicó Natalia—. Entenderlo significa dejar de decidir cuándo tengo que escucharte, cuándo tengo que perdonarte y cuándo tengo derecho a estar molesta. Hoy no quiero hablar de nosotros.
Por primera vez desde que se encontraron en el aeropuerto, Adrián no discutió. Se limitó a asentir y retrocedió medio paso. Aquella pequeña acción fue suficiente para cambiar algo entre ambos: Natalia había establecido un límite y él, al menos esa vez, lo había respetado. Ya no era la muchacha que esperaba que Adrián definiera qué lugar podía ocupar.
Poco después salió su madre. Estaba pálida, pero insistió en que quería quedarse hasta terminar todos los trámites necesarios de ese día. Natalia se colocó a su lado y tomó su brazo. Adrián preguntó si necesitaban que él se encargara de algo práctico, y Natalia aceptó únicamente aquello que su madre dijo que realmente necesitaba.
Al salir de una de las oficinas, Natalia vio a Elena al otro extremo del pasillo. Se detuvo de inmediato. Elena también la vio y quedó inmóvil durante unos segundos, con una expresión que Natalia no supo interpretar y que tampoco quiso interpretar demasiado pronto.
Habían sido mejores amigas. Habían compartido secretos, cumpleaños, exámenes, viajes cortos y largas conversaciones sobre Nicolás. Ahora había entre ellas tres años de silencio, una muerte y un matrimonio que Natalia todavía no sabía cómo nombrar sin sentir que algo se cerraba dentro de su pecho. Elena dio un paso hacia ella, pero Natalia levantó ligeramente una mano.
—Hoy no.
Elena se detuvo. No intentó insistir ni buscar refugio en Adrián, que observaba la escena desde unos metros atrás. —Está bien —respondió en voz baja—. Cuando tú puedas.
Natalia no prometió que ese momento llegaría. Regresó junto a su madre y decidió que, hasta que Nicolás fuera despedido como correspondía, toda su energía estaría concentrada en ella y en cerrar aquel duelo pendiente. Adrián y Elena podían esperar.
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