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LEITURA EM PARTESParte 7 de 10

PARTE 7

Pasaron dos meses antes de que hubiera otro avance importante. Durante ese tiempo entendí que defender algo no siempre consiste en enfrentarse a alguien cara a cara. La mayor parte de los días no ocurría nada espectacular: yo iba al trabajo, regresaba a casa, revisaba mensajes de Patricia y continuaba con mi vida.

Y eso, quizá, era lo que más le molestaba a Raúl.

No consiguió que su aparición se convirtiera otra vez en el centro de mi existencia.

Una tarde Patricia me informó que la posición de Raúl se había debilitado después de revisar el expediente completo del divorcio. No significaba que el asunto estuviera terminado, pero el convenio había sido incorporado formalmente al proceso de separación y su contenido era mucho más difícil de ignorar de lo que él había sugerido inicialmente.

—Todavía puede insistir —me explicó—. Solo que ahora tendrá que sostener por qué pretende desconocer algo que aceptó expresamente.

Aquella noche dormí mejor.

Al día siguiente, Raúl llamó.

No contesté.

Mandó un mensaje:

“Necesito hablar contigo. No del dinero.”

Lo pensé antes de responder.

Acepté verlo una vez más en el mismo café.

Llegó diez minutos antes que yo.

—Diego casi no me habla —dijo apenas me senté.

—Eso debes hablarlo con él.

—Tú podrías decirle que…

—No.

Raúl frunció el ceño.

—Ni siquiera sabes qué iba a pedirte.

—Si tiene que ver con tu relación con nuestro hijo, no me corresponde arreglarla.

Pareció ofendido.

—Lo pusiste en mi contra.

Durante años esa acusación me habría hecho sentir culpable.

Esta vez no.

—Cuando tenía catorce años me preguntó por qué su padre ya no lo quería. Yo le dije que los problemas entre adultos no eran culpa suya. Nunca tuve que inventar nada sobre ti, Raúl. Bastó con que no estuvieras.

Se quedó callado.

Yo también.

No sentía satisfacción al verlo sin respuesta.

Solo cansancio.

Finalmente dijo que había cometido errores.

—Entonces asúmelos.

—Estoy intentando hacerlo.

—No mientras uses el departamento para obligarnos a sentarnos contigo.

Esa frase cambió algo en su expresión.

Por primera vez pareció entender que ambas cosas estaban conectadas.

Quizá él había imaginado que podía reclamar dinero y, al mismo tiempo, ser recibido como un padre que simplemente regresaba después de una larga ausencia.

La vida no funcionaba de ese modo.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó.

—Yo no tengo que decirte cómo ser padre. Diego tiene veinticuatro años. Pregúntale a él qué necesita.

Me levanté.

No hubo gritos.

No hubo insultos.

Y precisamente por eso supe que había terminado de tenerle miedo.

En casa encontré a Valeria reparando una puerta de un mueble de la cocina.

—¿Ahora también eres carpintera?

—No. Pero esta bisagra llevaba semanas floja y alguien tenía que cansarse primero.

—Ese mueble es mío.

—Y seguirá siendo suyo cuando termine.

Me acerqué para ver.

Había puesto todas las piezas en una toalla para no perderlas.

—¿Tu mamá sabe que vienes a arreglar casas ajenas?

Valeria se rió.

—Mi mamá está encantada de que fastidie a otra persona.

La mención de su madre me recordó algo.

—Nunca la he conocido.

—No.

—Si ustedes siguen juntos…

Valeria dejó el desarmador sobre la mesa y me miró.

—¿Eso significa que ya acepta que seguimos juntos?

Me arrepentí de haber abierto la boca.

—No exageres.

Pero ella ya estaba sonriendo.

Ese domingo conocí a su madre.

No fue una ceremonia ni una comida elegante. Valeria la llevó a tomar café y yo preparé demasiados platillos porque, aunque fingiera lo contrario, seguía siendo incapaz de recibir visitas sin llenar la mesa.

Su madre era una mujer tranquila, jubilada después de muchos años trabajando en una oficina administrativa. Nos entendimos mejor de lo que cualquiera habría esperado.

En algún momento me contó que, después de la muerte del padre de Valeria, su hija había empezado a trabajar muy joven.

No añadió detalles dramáticos.

No hacían falta.

Entendí de dónde venía aquella costumbre de resolver lo que tenía delante sin esperar a que alguien apareciera a salvarla.

Aquella tarde observé a Diego levantar los platos mientras Valeria discutía con su madre sobre quién debía llevarse las sobras.

Mi idea original de una “buena nuera” me pareció de pronto ridículamente pequeña.

Yo había buscado apariencia, edad y modales.

Había olvidado preguntarme por carácter.

Días después, Diego me sorprendió diciendo que había hablado con Raúl.

Se encontraron sin que nadie más estuviera presente.

—No sé si quiero recuperar una relación con él —explicó—. Pero le dije que, si alguna vez la tenemos, no puede empezar fingiendo que estos diez años no existieron.

—¿Qué respondió?

—Que entiende.

Diego hizo una pausa.

—No sé si de verdad entiende.

—No tienes que decidirlo hoy.

Sonrió.

—Eso mismo dijo Valeria.

—Entonces por una vez tiene razón.

—¿Por una vez?

Desde la cocina llegó la voz de ella:

—¡Estoy escuchando!

Yo levanté la voz.

—¡Era la intención!

Las risas llenaron la casa.

El proceso continuaba.

Todavía faltaba una resolución definitiva, pero Patricia ya estaba preparando la etapa final con una posición mucho más clara que al principio.

Una tarde me mostró el conjunto de documentos y dijo:

—La parte difícil ya no es saber qué ocurrió. La parte difícil es que la autoridad valore todo y cierre el asunto.

Miré las carpetas.

Diez años de mi vida no cabían allí.

Pero lo necesario, sí.

Cuando salí de su oficina, no pensé en Raúl.

Pensé en llegar a casa.

Valeria había prometido cocinar.

Y esta vez, cuando imaginé verla sentada a mi mesa, no pensé en ella como “la novia tatuada de mi hijo”.

Pensé simplemente:

Valeria.

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