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LEITURA EM PARTESParte 6 de 10

PARTE 6

Buscar aquellos documentos nos tomó casi toda la mañana. Hubo filas, formularios, una ventanilla donde nos mandaron a otra y un empleado que explicó que una copia tendría que solicitarse por separado. Nada se resolvió con facilidad y, extrañamente, eso me tranquilizó.

La vida real se parecía mucho más a aquello que a las amenazas de Raúl.

Valeria estuvo conmigo sin impacientarse. Mientras esperábamos, revisaba mensajes de su estudio y reorganizaba citas. En ningún momento intentó hacerse cargo del trámite.

Cuando yo preguntaba, ella esperaba.

Cuando no entendía algo, me decía:

—Pregunte otra vez. Para eso estamos aquí.

Al mediodía nos sentamos a comer cerca de las oficinas.

—¿Por qué eres tan buena con Diego? —le pregunté de repente.

Valeria dejó los cubiertos.

—¿Eso fue un interrogatorio o curiosidad?

—Curiosidad.

Pensó unos segundos.

—Porque es buena persona. A veces demasiado cómodo, pero buena persona.

Me reí.

—En eso estamos de acuerdo.

Entonces me atreví a preguntar algo que había evitado desde el primer día.

—¿No te molesta que sea menor que tú?

—No.

—A mí sí me molestaba.

—Ya me había dado cuenta.

Casi escupo el agua.

Valeria sonrió y después se puso seria.

—Marta, entiendo que no era la novia que usted imaginaba. No necesito que finja que lo fue desde el principio.

La sinceridad me desarmó.

—Te juzgué por el cabello y los tatuajes.

—También me di cuenta.

—¿Y no te enojaste?

—Un poco.

—No parecía.

—Porque quería conocerla antes de decidir si usted me caía mal.

Me quedé callada.

Yo había decidido que ella no me gustaba antes de terminar de abrirle la puerta.

Valeria me había dado más tiempo del que yo le había dado a ella.

Aquella conversación no nos convirtió de repente en madre e hija. Seguíamos discutiendo por tonterías. A mí me molestaba que abriera mi refrigerador sin pedir permiso y a ella le desesperaba que yo me negara a tirar recipientes sin tapa “porque algún día podían servir”.

Pero algo se había movido.

Ya no la observaba para descubrir defectos.

Empezaba a verla como era.

El procedimiento por el departamento también avanzó.

Patricia explicó que Raúl estaba cuestionando el alcance del convenio, no negando su firma. Esa diferencia era importante. Él sostenía que aquel acuerdo no debía impedirle reclamar una participación basada en la adquisición original del inmueble.

Nosotros sosteníamos lo contrario.

No había una fórmula mágica.

Había documentos, antecedentes, argumentos y tiempo.

Durante una reunión, Patricia me preguntó si existía alguna posibilidad de que yo hubiera recibido pagos de Raúl para el crédito después de la separación.

—Ninguno.

—Necesito que esté segura.

—Estoy segura.

Ella revisó los comprobantes que habíamos logrado recuperar.

No cubrían cada mensualidad de cada año, pero mostraban una continuidad suficientemente amplia como para respaldar parte de mi historia. También estaba el convenio y la documentación del divorcio.

—Bien —dijo—. Entonces seguimos con esto.

Aquel mismo día, Raúl volvió a llamar a Diego.

Mi hijo dejó sonar el teléfono.

—¿No vas a contestar?

—No tengo nada que decirle.

Valeria levantó la vista desde el sofá.

—Eso también es una decisión, pero asegúrate de que sea tuya y no una forma de castigarlo.

Diego la miró molesto.

—¿Ahora lo defiendes?

—No. Te estoy defendiendo a ti de hacer cosas solo por enojo.

La discusión duró diez minutos.

Yo permanecí callada.

Al final, Diego salió al balcón y devolvió la llamada.

No escuchamos toda la conversación.

Cuando regresó estaba serio, pero tranquilo.

—Le dije que, si algún día quiere hablar conmigo como mi padre, podemos hacerlo. Si llama para hablar del departamento, no.

Valeria asintió.

—Eso suena mejor.

Mi hijo la miró.

—Eres insoportable.

—Y aun así me quieres.

—Ese es mi problema.

Sonreí sin querer.

La semana siguiente, Raúl pidió otra vez hablar conmigo directamente.

Esta vez acepté únicamente porque Patricia consideró que no había inconveniente si la conversación se limitaba a una propuesta y ocurría en un lugar público.

Nos encontramos en una cafetería.

Raúl llegó solo.

Parecía cansado.

—Marta, no quiero seguir gastando en esto.

—Entonces deja de reclamar lo que aceptaste dejar hace diez años.

—No es tan simple.

—Para mí tampoco lo fue criar a Diego sola.

Bajó la mirada.

Durante unos segundos pensé que se disculparía.

No lo hizo.

—En ese momento las cosas eran diferentes.

—Sí.

—El departamento no valía lo que vale ahora.

Ahí estaba.

No hizo falta ninguna revelación.

No había un secreto enorme detrás de su regreso.

El departamento simplemente valía más.

Y él había decidido que una decisión que le parecía conveniente diez años atrás ya no le gustaba.

—Precisamente por eso estamos aquí —dije—. Porque quieres cambiar una decisión después de ver cuánto vale.

Raúl no lo negó.

Se limitó a repetir que podríamos llegar a un punto medio.

Yo también repetí mi respuesta.

No.

Cuando regresé a casa, Valeria estaba enseñándole a Diego a preparar la carne que había cocinado para mí el segundo día.

—Llegó la jefa —dijo ella.

Dejé mi bolsa sobre una silla.

—Y la jefa tiene hambre.

Diego señaló la cocina.

—Entonces rece para que esto salga bien.

Probé el primer bocado quince minutos después.

Estaba demasiado salado.

Miré a mi hijo.

Luego a Valeria.

—¿Quién hizo esto?

Ambos señalaron al otro.

Solté una carcajada tan fuerte que me dolió el estómago.

En algún punto entre expedientes, abogados y comidas mal sazonadas, mi casa había dejado de sentirse como el lugar donde Raúl podía regresar a imponer su presencia.

Volvía a ser mía.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

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