
PARTE 6
Durante las semanas siguientes, mi vida comenzó a dividirse en asuntos concretos.
Había trabajo.
Había citas con la abogada.
Había objetos que todavía seguían en el departamento y cuentas compartidas que debíamos separar de manera ordenada.
Y había días en los que, sin previo aviso, aparecía una tristeza difícil de explicar.
No extrañaba la versión reciente de Adrián.
Extrañaba al hombre con quien había salido antes de casarnos.
El que me esperaba después del trabajo, el que podía hablar conmigo durante horas y el que alguna vez discutió con su propia familia porque estaba convencido de que quería construir una vida a mi lado.
Aceptar que aquel hombre y el que permaneció sentado mientras Sofía cuestionaba a mi hijo eran la misma persona fue una de las partes más difíciles.
Una tarde mi jefa me pidió que revisara unos documentos relacionados con un cliente antiguo. Entre los expedientes apareció el nombre de su esposo, el director Treviño.
Me quedé mirando la carpeta unos segundos.
Laura lo notó.
—¿Pasa algo?
Podría haber evitado la conversación.
En cambio, decidí explicarle brevemente lo sucedido.
No le mostré la grabación ni convertí aquello en un relato interminable. Solo le dije que se había difundido un rumor antiguo según el cual yo había tenido una relación con su esposo durante mis prácticas y que alguien había utilizado una fotografía de aquellos años para darle apariencia de verdad.
Laura me miró con incredulidad.
—¿La cena del proyecto de expansión?
La pregunta me sorprendió.
—Probablemente.
—Había como quince personas esa noche.
—Lo sé.
Laura negó con la cabeza.
—Yo llegué tarde porque tenía otra reunión. Incluso aparezco en varias fotos.
Sentí una mezcla extraña de alivio y cansancio.
Podía haberle pedido esas fotografías inmediatamente.
No lo hice.
—Si necesitas algo para aclararlo, dímelo —ofreció.
—Gracias. Por ahora no.
Aquella respuesta marcó un cambio que yo misma no esperaba.
Unas semanas atrás habría querido reunir cada imagen, cada correo y cada testimonio para ponerlos frente a Adrián y obligarlo a reconocer que se había equivocado.
Ahora entendía que el fracaso de nuestro matrimonio no dependía de probar dónde había estado yo aquella noche de universidad.
Dependía de lo que él había hecho con una duda.
Aun así, pedí a Laura conservar cualquier material relacionado con aquella cena por si Sofía volvía a difundir acusaciones públicamente. No quería vivir pendiente de defenderme, pero tampoco pensaba permitir que alguien dañara mi reputación laboral.
Era una diferencia importante.
Protegerme no era lo mismo que suplicar que me creyeran.
Ese mismo viernes tuve una reunión con Adrián y nuestros abogados para revisar varios puntos del divorcio. No había grandes fortunas ni una batalla espectacular por propiedades. Habíamos construido una vida juntos durante relativamente poco tiempo, y la mayoría de los asuntos podían resolverse si ambos dejábamos de usar el proceso como extensión de nuestras emociones.
Adrián llegó puntual.
Durante la reunión habló poco.
Cuando surgió una diferencia sobre ciertos gastos conjuntos, propuso revisar los movimientos bancarios y dividir lo correspondiente de acuerdo con lo que cada uno pudiera documentar.
Me sorprendió su tono.
No porque fuera especialmente generoso, sino porque por primera vez no estaba intentando convertir cada punto en una excusa para hablar de nuestra relación.
Al terminar, salimos al mismo tiempo.
—Natalia.
Me detuve.
—Gracias por venir.
—También es mi divorcio.
Asintió.
—Sé que no debería decirte esto aquí, pero estoy viendo a un terapeuta.
No supe qué responder.
—Bien.
—No te lo digo para que regreses.
—Entonces hazlo por ti.
—Eso intento.
Por primera vez, aquella frase no vino seguida de una petición.
Nos despedimos.
Mientras conducía de regreso, comprendí que Adrián empezaba a aceptar algo que yo ya había entendido: las consecuencias no desaparecen solo porque una persona reconozca que actuó mal.
Podía arrepentirse sinceramente.
Podía cambiar.
Incluso podía convertirse con el tiempo en un hombre mejor.
Nada de eso obligaba a que yo reconstruyera con él una vida que había dejado de sentir segura.
En casa revisé el avance del proceso con mi abogada.
La separación de nuestras obligaciones financieras estaba casi lista.
También comenzamos a fijar una fecha para que yo recogiera definitivamente lo que quedaba en el departamento.
Era un detalle práctico.
Pero para mí significaba algo mayor.
Hasta entonces todavía existía una llave suya en mi bolso.
Y mientras esa llave siguiera ahí, una parte de mi antigua rutina parecía continuar esperando a que regresara.
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