Stories · Emotions · Life

LEITURA EM PARTESParte 4 de 10

PARTE 4

Tres días después regresé al departamento acompañada únicamente por el tiempo necesario para recoger ropa, documentos personales y algunas cosas que necesitaba para trabajar. Había avisado a Adrián con anticipación porque no quería encontrarlo ahí. Cuando abrí la puerta, sin embargo, descubrí que estaba sentado en la sala.

No me sorprendió verlo.

Lo que me sorprendió fue su aspecto.

Adrián siempre había sido meticuloso con su ropa, con el cabello, incluso con la manera de dejar los zapatos junto a la entrada. Esa mañana parecía no haber dormido. Sobre la mesa estaba el sobre del divorcio, abierto, con varias páginas marcadas.

—Te pedí que no estuvieras aquí.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué estás?

—Porque si me voy otra vez sin hablar, voy a repetir exactamente lo que hice durante estos meses.

No respondí.

Fui a la recámara y saqué una maleta.

Adrián me siguió hasta la puerta, pero no entró.

—Quiero explicarte algo.

—Explicar no cambia lo que pasó.

—No. Pero quizá cambie lo que crees que pasó.

Dejé una blusa dentro de la maleta y lo miré.

—Tienes diez minutos.

Él respiró hondo.

Me dijo que los comentarios sobre mi etapa universitaria no habían comenzado la noche del club. Meses antes de nuestra boda, Sofía había mencionado que algunas personas hablaban de una supuesta relación entre yo y el director Treviño. Adrián aseguró que no le había dado importancia entonces porque confiaba en mí.

—¿Y después?

Guardó silencio.

Aquello era precisamente lo que yo temía.

—Después de casarnos volvió a mencionarlo —admitió—. Dijo que había fotografías.

—Las mismas fotografías que ayer no pudo describir.

—Sí.

—¿Las viste?

—Vi una imagen.

Me quedé quieta.

Adrián explicó que era una fotografía tomada durante mi etapa de prácticas. Yo aparecía saliendo de un restaurante junto al director Treviño y varias personas quedaban fuera del encuadre. La foto, aislada de su contexto, podía parecer más íntima de lo que realmente era.

—¿Y nunca me preguntaste?

—No.

—¿Por qué?

La respuesta tardó en llegar.

—Porque pensé que si preguntaba y era verdad, iba a destruir todo.

Solté una risa corta, sin humor.

—Así que preferiste destruirlo sin preguntar.

Adrián bajó la mirada.

Yo recordaba perfectamente aquella cena. Era una reunión con clientes y varios empleados de la empresa donde hacía mis prácticas. La esposa del director Treviño también había estado presente parte de la noche. No necesitaba correr a buscar pruebas para saber qué había ocurrido.

—Tenías una esposa enfrente de ti —dije—. Podías preguntarme.

—Lo sé.

—Podías preguntarme una sola vez.

—Lo sé.

—Podías preguntarme cuando te dije que estaba embarazada.

Adrián levantó la vista.

—Nunca pensé seriamente que el bebé no fuera mío.

—Pero lo pensaste lo suficiente para cambiar conmigo.

No pudo negarlo.

Esa fue la primera respuesta verdaderamente importante que me dio desde el club.

Su silencio durante meses no había sido indiferencia sin explicación. Había sido una sospecha que decidió alimentar sin confrontarla. Eso no hacía las cosas mejores. Las hacía más claras.

—Cuando te llevé el resultado del embarazo —continué—, ¿ya tenías esa foto en la cabeza?

Adrián asintió apenas.

Sentí que algo dentro de mí se acomodaba de una manera dolorosa.

Durante tres meses había culpado a la adaptación al matrimonio, al trabajo, al miedo de ser padre, a cualquier cosa menos a la posibilidad de que mi esposo estuviera juzgándome en silencio.

—Gracias por decirlo.

Pareció sorprendido.

—¿Eso significa que podemos…?

—No.

Cerré la maleta.

—Significa que por fin entiendo qué ocurrió.

Adrián frunció el ceño.

—Natalia, si me dejas demostrarte que…

—No se trata de demostrarme que ahora sí puedes confiar en mí.

Me acerqué hasta quedar frente a él.

—Se trata de que te casaste conmigo teniendo una duda y, en vez de hablar, me castigaste durante meses por algo que nunca comprobaste.

Él negó con la cabeza.

—No quería castigarte.

—La intención no cambia el efecto.

Adrián se quedó en silencio.

Esta vez no intenté llenar ese silencio por él.

Le pregunté si seguía hablando con Sofía.

—No desde aquella noche.

—Eso es asunto tuyo.

—Natalia…

—No te estoy pidiendo que dejes de verla para recuperarme. Ya no estoy negociando nuestra relación.

Tomé la maleta.

Antes de salir, Adrián me dijo que Sofía quería disculparse conmigo.

—No quiero una disculpa privada por una humillación que hizo delante de otras personas.

—Puedo pedirle que aclare lo que dijo.

—No tienes que pedírselo por mí.

Me detuve junto a la puerta.

—Si tiene algo que corregir, que lo haga porque comprende que mintió o repitió algo sin verificar. No porque tú quieras salvar nuestro matrimonio.

Adrián no respondió.

Esa tarde mi abogada presentó la solicitud para continuar con el divorcio. Me explicó que, si Adrián se negaba a firmar un convenio, el procedimiento no tenía por qué quedar detenido indefinidamente. Había aspectos que podían resolverse por la vía correspondiente sin convertir mi decisión en una negociación emocional.

Por primera vez desde que había dejado el club, sentí que el divorcio dejaba de ser solamente una frase escrita en un sobre.

Ya era una acción.

Y eso cambiaba todo.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

 

DESCUBRA MAIS

Histórias mais recentes

Comece sempre pela Parte 1