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LEITURA EM PARTESParte 7 de 10

PARTE 7

El día que fui por mis últimas cosas, Adrián había dejado varias cajas vacías en la sala.

No fue un gesto espectacular.

Precisamente por eso lo agradecí.

No había flores, cartas ni fotografías colocadas deliberadamente para hacerme recordar nuestra vida juntos.

Solo cajas, cinta adhesiva y espacio para trabajar.

Empecé por el estudio.

Guardé libros, documentos y algunos objetos personales mientras Adrián permanecía en la cocina. Durante casi una hora no intercambiamos más que frases prácticas.

—Eso es tuyo.

—Ese archivo es mío.

—La cafetera se queda.

—Está bien.

Era extraño descubrir que una relación podía terminar de una manera tan poco cinematográfica.

No había música.

No había gritos.

Había dos personas separando cosas que meses antes habían colocado juntas.

Cuando terminé con el estudio, sonó el timbre.

Adrián fue a abrir.

Sus padres estaban afuera.

Me quedé inmóvil.

No los había visto desde antes de aquella noche en el club.

Su madre me observó primero a mí, luego las cajas.

—Entonces es verdad.

Adrián cerró los ojos con evidente molestia.

—Les pedí que no vinieran.

Su padre ignoró el comentario.

—Natalia, sabemos que tuvieron un problema, pero un matrimonio no debería terminar por una discusión.

Sentí cómo mi paciencia se tensaba.

—No termina por una discusión.

—Adrián nos contó lo de Sofía.

—Entonces también debió contarles lo de los meses anteriores.

Su madre dio un paso hacia mí.

—Él cometió un error. Todos los matrimonios tienen errores.

—Estoy de acuerdo.

La respuesta pareció tranquilizarla.

Hasta que continué:

—Y cada matrimonio decide qué errores puede reparar y cuáles cambian completamente la relación.

La mujer apretó los labios.

—Él te defendió frente a nosotros cuando quiso casarse contigo.

—Lo sé.

—Entonces podrías recordar todo lo bueno que hizo antes.

Adrián intervino.

—Mamá, basta.

Ella se volvió hacia él.

—Solo estoy intentando ayudarte.

—No la estás ayudando a ella.

Fue la primera vez que lo escuché defender un límite mío frente a su familia.

Meses atrás esa escena habría significado muchísimo para mí.

Ahora solamente confirmó algo triste: Adrián sabía hacerlo.

Simplemente no lo había hecho cuando más lo necesitaba.

Su padre intentó cambiar de tono.

—Natalia, ¿de verdad no existe ninguna posibilidad?

Miré a ambos.

—No quiero que piensen que odio a su hijo. Tampoco quiero que crean que estoy intentando castigarlo. Pero no voy a continuar un matrimonio porque otras personas consideren que mi motivo no es suficiente.

Su madre quiso responder.

Adrián volvió a detenerla.

—Ella ya decidió.

Aquellas tres palabras produjeron un silencio definitivo.

Sus padres se marcharon poco después.

Cuando la puerta se cerró, Adrián se apoyó contra ella.

—Lo siento.

—No los llamaste tú.

—No.

—Entonces no tienes que disculparte por eso.

Volví a mis cajas.

Unos minutos después él habló desde la cocina.

—Antes pensaba que defenderte significaba discutir con quien no quería que me casara contigo.

No contesté.

—Ahora entiendo que lo difícil era hacerlo cuando la persona que estaba equivocada era alguien cercano a mí.

Me giré.

Adrián miraba el piso.

—Con Sofía elegí la comodidad.

Era una descripción sencilla y bastante exacta.

No necesitaba añadir nada.

Terminamos de empacar cerca del anochecer.

Antes de irme, saqué del bolso la llave del departamento.

La dejé sobre la mesa.

Adrián la observó.

—Podías conservarla hasta que termine el proceso.

—Ya no la necesito.

Por primera vez, devolver aquella llave me produjo una sensación física de cierre.

No era un documento legal.

No cambiaba nuestro estado civil.

Pero sí cambiaba mi relación cotidiana con aquel lugar.

Ya no podía entrar como si siguiera siendo mi casa.

Y eso estaba bien.

Cuando levanté la última caja, Adrián se acercó.

—Natalia, tengo una pregunta.

Esperé.

—Si aquella noche en el club hubiera salido a defenderte inmediatamente… ¿seguiríamos juntos?

Pensé antes de contestar.

—No lo sé.

Él pareció sorprendido.

—¿Por qué?

—Porque aquella noche no creó todo lo demás. Solo lo dejó al descubierto.

Adrián respiró lentamente.

—Entiendo.

—Si quieres aprender algo de esto, no te concentres en encontrar el segundo exacto en que pudiste salvar el matrimonio. Pregúntate por qué pasaste meses sin hablar con la persona con la que te habías casado.

No contestó.

Me ayudó a llevar las cajas hasta el auto.

Cuando cerré la cajuela, nos quedamos unos segundos frente a frente.

No hubo abrazo.

No habría tenido sentido.

—Cuídate —dijo.

—Tú también.

Conduje hasta mi nuevo departamento.

Era más pequeño que el anterior y todavía tenía cajas sin abrir, pero al entrar no sentí que estuviera ocupando un espacio provisional.

Por primera vez desde que salí del club, tenía un lugar que no pertenecía a una vida en pausa.

Esa noche guardé mis cosas hasta muy tarde.

Al terminar, puse las llaves nuevas sobre la mesa.

Ya no llevaba ninguna que me obligara a regresar.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

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