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LEITURA EM PARTESParte 8 de 10

PARTE 8

Casi un año después de la fiesta de Arturo, Capital Vértice y el Grupo Luján solo compartían una inversión importante. Era el último vestigio financiero de aquellos tres años en los que yo había unido mi vida personal con la empresa de Adrián mucho más de lo que cualquiera de nosotros comprendía.

La compañía de Adrián ya no ocupaba las mismas portadas empresariales que antes. Habían dejado atrás la obsesión por crecer a cualquier costo y ahora se concentraban en rentabilidad, deuda y operaciones que realmente podían sostener. Algunos analistas interpretaron aquello como una pérdida de impulso. Otros lo consideraron una corrección necesaria.

A mí ya no me correspondía decidir cuál interpretación era correcta.

Arturo pidió verme nuevamente.

Esta vez fue él quien acudió a mi oficina.

—Vine a darte las gracias —dijo.

Le pregunté por qué.

—Pudiste sacar todo de golpe donde los contratos te permitían hacerlo. Pudiste convertir esto en algo personal.

Negué con la cabeza.

—Habría perjudicado a demasiadas personas que no tuvieron nada que ver con nuestro matrimonio.

Arturo permaneció en silencio.

—También vine a pedirte disculpas.

No respondí inmediatamente.

—Durante años —continuó— hablamos del talento de Adrián, de sus contactos, de su visión. Tú estabas sentada en la misma mesa y ninguno preguntó qué hacías realmente.

—Yo tampoco lo decía.

—Eso no nos quita responsabilidad.

Acepté sus palabras sin intentar hacerlas más grandes de lo que eran.

No necesitaba que la familia Luján reescribiera el pasado para convertirme en heroína. Yo también había participado en aquel silencio. Había disfrutado, incluso, de saber que podía resolver problemas sin que nadie descubriera de dónde venía la solución.

Pero ahora entendía el precio.

Cuando Arturo se marchó, Camila entró con una propuesta para nuestra última participación conjunta. Un fondo institucional mexicano estaba dispuesto a comprar parte de la posición de Vértice, mientras el Grupo Luján adquiriría el resto durante los siguientes doce meses.

Era una salida limpia.

También obligaría a Adrián a comprometer una parte importante de su flujo de efectivo.

Revisé los términos durante dos días.

No los suavicé por nuestra historia.

Tampoco los endurecí.

Los aprobé porque eran razonables.

Adrián solicitó una reunión antes de firmar.

Nos encontramos en una sala pequeña de Vértice, sin abogados durante los primeros minutos.

—Gracias por aceptar los pagos escalonados —dijo.

—Es la estructura que recomendaría para cualquier comprador con tus cifras actuales.

Adrián sonrió apenas.

—Todavía eres incapaz de regalarme una frase amable.

—Acabo de ofrecerte doce meses.

La sonrisa se volvió real durante un instante.

Después desapareció.

—Renata no volverá.

No entendí por qué me lo decía.

—Adrián…

—No intento darte una noticia que cambie algo entre nosotros.

Se quedó mirando la mesa.

—Solo quería decirlo en voz alta frente a alguien que conoce toda la historia.

Esperé.

—Cuando te pedí el divorcio, estaba convencido de que mi gran error había sido no elegir antes. Pensaba que si finalmente elegía a Renata, todo tendría sentido.

Respiró lentamente.

—Después comprendí que el problema no era a quién elegía. Era cómo trataba a las personas mientras evitaba asumir el costo de mis propias decisiones.

Aquella fue probablemente la primera vez que lo escuché hablar de sí mismo sin buscar una defensa.

—Eso tendrás que vivirlo —respondí.

—Lo sé.

Firmamos la carta de intención aquella tarde.

Mientras el equipo jurídico preparaba la documentación definitiva, mi vida siguió avanzando en otras direcciones. Capital Vértice abrió una nueva oficina regional y yo acepté encabezar personalmente el comité que coordinaría inversiones entre México y varios mercados asiáticos.

La decisión implicaba viajes frecuentes.

Años atrás habría rechazado algo así para permanecer cerca de Adrián.

Esta vez acepté antes de terminar la reunión.

No sentí que estuviera huyendo.

Al contrario.

Por primera vez, mi calendario empezaba a parecerse a una vida diseñada por mí misma.

La madre de Adrián me llamó antes de mi primer viaje.

No habló de reconciliación.

Solo me deseó suerte.

—Me alegra que estés haciendo cosas para ti —dijo.

Agradecí aquellas palabras.

Durante el vuelo pensé en la joven que, tres años antes, había sostenido la mano de una mujer enferma y prometido cuidar de su hijo.

No me arrepentía de haber querido ayudar.

Me arrepentía de haber interpretado aquella promesa como una obligación de desaparecer.

Cuando regresé a México varias semanas después, el Grupo Luján había realizado puntualmente el primer pago de nuestra última operación.

Camila me mostró el comprobante y preguntó si quería revisarlo personalmente.

—No hace falta.

—Antes lo habrías revisado tres veces.

—Antes estaba pendiente de cada movimiento de esa empresa.

Cerré la carpeta.

—Ahora tienen gente para hacerlo.

Ese pequeño gesto confirmó algo que ningún documento de divorcio había conseguido por sí solo.

Adrián ya no era una responsabilidad escondida dentro de mis decisiones.

Y yo ya no era el respaldo invisible de su vida.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

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