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LEITURA EM PARTESParte 7 de 10

PARTE 7

El divorcio quedó formalmente resuelto cinco meses después de aquella fiesta de cumpleaños. No hubo periodistas frente al juzgado, escenas familiares ni una última discusión. Adrián y yo entramos por separado, atendimos lo necesario y salimos con una relación jurídica distinta a la que habíamos tenido cuando llegamos.

En la banqueta, mi abogada me preguntó si quería que el carro se acercara. Le dije que prefería caminar unos minutos. El aire estaba fresco y, por primera vez desde que todo había comenzado, sentí que no tenía ningún trámite personal pendiente con Adrián.

Él salió unos minutos después.

Me alcanzó antes de que llegara a la esquina.

—Valeria.

Me volví.

Tenía el mismo rostro que había observado durante tres años, pero ya no me provocaba la sensación de hogar que alguna vez había confundido con permanencia.

—Ya terminó —dijo.

—Sí.

—Pensé que sentiría alivio.

—Eso fue lo que sentiste cuando firmé la primera vez.

Adrián aceptó el golpe sin defenderse.

—Tienes razón.

Nos despedimos allí.

No hubo abrazo.

Tampoco necesitábamos convertir una separación en una escena solemne para demostrar que había sido importante.

En Capital Vértice todavía quedaban dos vínculos relevantes con el Grupo Luján. Uno desaparecería al terminar el ejercicio fiscal y el otro exigía una negociación más compleja porque ambas empresas compartían participación en una compañía de biotecnología.

Decidí participar personalmente en esa negociación.

No quería regalarle nada a Adrián, pero tampoco perjudicar una empresa que tenía empleados, investigadores y otros accionistas ajenos a nuestra historia.

Durante las siguientes semanas analizamos opciones. Finalmente propusimos que el Grupo Luján comprara una parte de nuestra participación mediante pagos escalonados y que un tercer inversionista adquiriera el resto. Eso permitiría a Vértice salir sin exigir una cantidad imposible de pagar de inmediato.

Adrián estudió la propuesta con su equipo.

La aceptó con algunas modificaciones razonables.

Fue la primera negociación importante entre nosotros en la que ninguno intentó actuar como esposo, esposa, amante decepcionado o mujer herida.

Éramos simplemente dos personas representando intereses diferentes.

Mientras tanto, Renata tomó su propia decisión.

Adrián me lo contó meses después, no durante una confesión emocional, sino porque coincidimos antes de una reunión.

—Renata se fue.

No pregunté adónde.

—¿Estás bien?

Él soltó una risa breve y amarga.

—Supongo que eso ya no es problema tuyo.

—No lo es. Pero puedo preguntarlo sin convertirlo en mi responsabilidad.

Adrián asintió.

Renata había esperado tres años para que él dejara de esconderla. Después del divorcio esperaba que él fijara una fecha para casarse y demostrara que todo aquel tiempo había tenido un propósito.

Pero Adrián siguió postergando.

Primero por la empresa.

Luego por el divorcio.

Después por la reestructuración financiera.

Renata finalmente le dijo que no había esperado tres años para cambiar una sombra por otra clase de espera.

No la culpé.

De hecho, comprendí mejor que nunca aquella decisión.

—¿La amabas? —pregunté.

Adrián tardó en responder.

—Creía que sí.

—Eso no responde.

—Entonces no sé.

Lo observé durante unos segundos.

—Espero que algún día lo averigües por ti mismo.

Entramos a la reunión.

En el Grupo Luján, la reorganización también empezaba a mostrar resultados. Habían reducido deuda, vendido dos activos secundarios y abandonado una expansión excesivamente ambiciosa. Los ingresos crecían más lentamente, pero el flujo de efectivo era más estable.

El consejo redujo parte de la autoridad absoluta que Adrián había tenido antes. Varias inversiones grandes ahora requerían aprobación adicional.

Él no estaba contento con esa pérdida de libertad.

Pero la aceptó.

Era una consecuencia directa de haber dirigido durante años una empresa cuya verdadera exposición financiera no había comprendido por completo.

Yo, por mi parte, aprendí una lección distinta.

En Vértice, Camila empezó a cuestionarme más abiertamente cuando una decisión mía parecía demasiado emocional. Yo se lo pedí.

—Si alguna vez vuelvo a mezclar mi vida personal con miles de millones de pesos en inversiones, necesito que alguien tenga suficiente confianza para detenerme.

Camila arqueó una ceja.

—Eso debiste decírmelo hace tres años.

Me reí.

—Hace tres años probablemente no te habría escuchado.

A finales del año, cerramos la primera etapa de la compraventa de nuestra participación en la empresa biotecnológica.

Adrián firmó frente a su equipo.

Yo firmé frente al mío.

Cuando intercambiamos las carpetas, nuestras manos ni siquiera se tocaron.

Sin embargo, aquel momento significó más que muchas de nuestras conversaciones.

Él estaba aprendiendo a sostener sus decisiones sin mí.

Yo estaba aprendiendo a no sostener decisiones que no me pertenecían.

Todavía quedaba un último vínculo empresarial.

Pero el matrimonio ya era pasado.

Y, por primera vez, también comenzaba a sentirse así.

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