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LEITURA EM PARTESParte 3 de 10

PARTE 3

La reunión comenzó a las ocho en punto. En la mesa estaban Camila, dos responsables de inversión, el director jurídico y yo. Antes de que alguien abriera la primera presentación, dejé clara una condición: Capital Vértice cumpliría cada obligación vigente con el Grupo Luján. No quería demandas, penalizaciones ni maniobras diseñadas para asfixiar a nadie; simplemente no renovaríamos aquello que dependiera de una nueva decisión nuestra.

El director jurídico dividió los proyectos en tres grupos. En algunos, Vértice ya había aportado todo lo pactado y únicamente debía esperar el vencimiento natural de ciertas posiciones. En otros, la empresa de Adrián esperaba nuevas rondas de financiamiento durante los siguientes seis meses, pero esas aportaciones todavía no estaban comprometidas. El tercer grupo requería negociar una salida ordenada porque nuestra participación estaba ligada a socios adicionales.

—Esto no va a ocurrir en una semana —me advirtió Camila cuando terminamos de revisar los números.

—No tiene que ocurrir en una semana —respondí—. Solo quiero que empiece.

Aquella mañana autoricé la cancelación de tres negociaciones que todavía se encontraban en etapa preliminar. También ordené que futuras propuestas del Grupo Luján fueran evaluadas exactamente bajo los mismos criterios que las de cualquier otra compañía. Hasta entonces había existido una puerta que siempre permanecía entreabierta para Adrián. Desde aquel día, esa puerta dejó de existir.

Al mediodía recibí una llamada de mi abogada. Había revisado el convenio de divorcio que yo había firmado la noche anterior y me explicó que aquel documento serviría como base para el procedimiento, pero aún debíamos formalizar diversos puntos. Le pedí algo muy sencillo: no quería el departamento ofrecido por Adrián ni una compensación construida como si yo hubiera dependido económicamente de él.

—No conviertas esto en una guerra —le dije—, pero tampoco permitas que alguien escriba mi historia como si yo estuviera saliendo de ese matrimonio con una limosna.

Esa misma tarde, en las oficinas del Grupo Luján, aparecieron los primeros efectos. Uno de los proyectos de almacenamiento energético tenía programada una ampliación para el siguiente trimestre y la dirección financiera esperaba que Vértice participara como lo había hecho en etapas anteriores. La respuesta que recibieron fue correcta, breve y profesional: la nueva inversión sería revisada sin compromiso previo.

Adrián llamó a Camila personalmente. Ella no me ocultó la conversación. Le dijo que Capital Vértice estaba reorganizando su cartera y que cualquier inversión futura tendría que pasar por un nuevo proceso de evaluación. No mencionó mi nombre porque yo tampoco le había pedido que lo hiciera.

Esa noche Adrián me llamó por primera vez desde que me fui de la casa.

—¿Tú sabes algo de Capital Vértice?

La pregunta me sorprendió menos que el momento en que decidió hacerla.

—Sí.

Hubo silencio.

—¿Qué tanto sabes?

Miré por la ventana de mi oficina. Ciudad de México comenzaba a encenderse bajo el cielo oscuro y, varios pisos abajo, los carros avanzaban lentamente.

—Lo suficiente.

Su respiración cambió.

—Valeria, Vértice está deteniendo operaciones que llevábamos meses preparando.

—Entonces tendrás que hablar con Vértice.

—Eso estoy intentando. Pero ayer firmaste el divorcio y hoy ocurre esto. Es demasiada coincidencia.

No negué la relación.

—Durante nuestro matrimonio tomé decisiones que favorecieron al Grupo Luján. Ahora que ese matrimonio termina, voy a tomar decisiones pensando exclusivamente en mis responsabilidades profesionales.

—¿Qué significa eso?

—Significa exactamente lo que acabo de decir.

Adrián guardó silencio durante varios segundos.

—¿Tú conseguiste esas inversiones?

La pregunta me hizo recordar todas las noches en las que había escuchado sus planes mientras él hablaba convencido de que las oportunidades llegaban porque el mercado finalmente reconocía su talento. Nunca había necesitado corregirlo.

—Ayudé en algunas.

—¿Algunas cuántas?

—No creo que esa conversación deba tenerse por teléfono.

Adrián intentó insistir, pero terminé la llamada. No porque quisiera mantenerlo confundido, sino porque todavía no estaba lista para mezclar el procedimiento de divorcio con una explicación completa de mis decisiones empresariales.

Tres días después tuvimos la primera reunión con los abogados. Adrián llegó antes que yo. Sobre la mesa estaba el mismo convenio de seis páginas, aunque ahora tenía varias anotaciones y modificaciones propuestas por mi representante.

Mi abogada informó que yo renunciaba al departamento y a los ocho millones de pesos ofrecidos como compensación. Adrián levantó la mirada hacia mí.

—¿Por qué?

—Porque no los necesito.

—No se trata de necesitarlos. Te corresponden.

—Entonces dejemos que los abogados determinen qué corresponde legalmente y qué forma parte de una oferta tuya. No quiero que después alguien diga que acepté dinero a cambio de salir en silencio.

Adrián se recostó en su asiento.

Por primera vez desde aquella noche en el despacho, la seguridad con la que había dirigido todo el proceso pareció debilitarse.

Al terminar la reunión me alcanzó en el pasillo.

—Valeria, necesito saber qué relación tienes con Vértice.

Me detuve.

—¿Necesitas saberlo por nuestro matrimonio o por tu empresa?

No respondió inmediatamente.

Eso fue suficiente.

—Cuando tengas clara la respuesta —añadí—, podremos hablar.

Me fui sin esperar nada más.

Durante la semana siguiente, el Grupo Luján tuvo que posponer una expansión que dependía de capital todavía no comprometido. No significaba quiebra ni desastre. Tenían activos, ingresos y proyectos propios. Pero por primera vez en tres años tenían que calcular su crecimiento sin asumir que alguien aparecería para cerrar cada hueco financiero.

Camila me mostró un correo del director de finanzas de Luján solicitando una reunión formal con Capital Vértice. Querían conocer nuestro nuevo enfoque y saber qué inversiones continuarían.

Acepté.

—¿Irás tú? —preguntó Camila.

Observé el calendario.

Durante tres años había trabajado para ellos desde la sombra.

Quizá había llegado el momento de dejar de hacerlo.

—Sí —respondí—. Esta vez voy yo.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

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