
PARTE 2
Camila respondió menos de un minuto después. No hizo preguntas personales; me conocía lo suficiente para entender que aquellas cuatro palabras no habían sido escritas por impulso. Me explicó que revisarían proyecto por proyecto, respetando obligaciones ya firmadas y deteniendo únicamente nuevas aportaciones, renovaciones y compromisos que todavía pudieran cancelarse conforme a contrato. Le respondí que procediera exactamente así.
Guardé el celular y caminé hacia el jardín. La música comenzaba a sonar y los primeros invitados ya estaban ocupando sus lugares. Nadie podía imaginar que, apenas unos metros atrás, mi matrimonio acababa de terminar. Mucho menos que una de las fuentes de financiamiento más importantes del Grupo Luján acababa de iniciar su salida.
Adrián apareció poco después. Su expresión era impecable, como siempre que tenía que mostrarse frente a socios y familiares. Se acercó a mí y murmuró que agradecía que no hubiera convertido aquella noche en un conflicto. Yo solo le dije que el cumpleaños de su padre no tenía nada que ver con nuestro divorcio.
Arturo Luján levantó su copa durante la cena y habló durante varios minutos sobre la empresa, la familia y los años de esfuerzo necesarios para construir lo que tenían. Adrián estaba sentado a su derecha. Yo permanecí en mi lugar, escuchando sin intervenir. Por primera vez comprendí que ya no necesitaba proteger la versión de aquella historia en la que yo apenas aparecía.
Durante la cena, Adrián trató de comportarse conmigo como siempre. Me acercó un plato, preguntó si necesitaba algo y hasta me recordó que uno de los invitados quería saludarme. No respondí con hostilidad, pero tampoco participé en aquella representación. Habíamos firmado un acuerdo horas antes; fingir intimidad me parecía innecesario.
Cuando la celebración terminó, regresamos a la casa casi al mismo tiempo. Adrián pensó que subiría a nuestra recámara, pero me dirigí al vestidor y saqué una maleta. No empacé todo, únicamente documentos personales, ropa para algunos días y objetos que realmente me pertenecían. Él se quedó de pie en la puerta observándome.
—No tienes que irte esta noche —dijo. Le contesté que tampoco tenía que quedarme. Adrián intentó explicarme que el divorcio todavía requeriría trámites y que podíamos organizar las cosas con calma. Le recordé que había tenido tiempo suficiente para preparar seis páginas de condiciones, así que yo también podía empezar a organizar mi vida.
No discutió. Quizá seguía interpretando mi serenidad como una forma de facilitarle las cosas. Antes de cerrar la maleta me preguntó dónde pensaba dormir. Le respondí que tenía dónde quedarme y que, a partir de ese momento, los asuntos del divorcio podían tratarse con los abogados.
Ya en el carro, Camila volvió a escribirme. Había identificado cinco operaciones en las que Vértice podía detener nuevas aportaciones sin incumplir acuerdos existentes y otras tres que requerían una salida gradual. También había dos proyectos donde debíamos mantener compromisos ya firmados durante algunos meses. Le pedí que no utilizara ninguna excepción ni presión extraordinaria contra el Grupo Luján.
—Nada de castigos —le escribí—. Solo dejamos de sostener lo que ya no quiero seguir sosteniendo. Camila respondió con un “entendido”. Esa diferencia era importante para mí. No quería destruir a Adrián; quería dejar de financiar una vida de la que él mismo me había pedido salir.
Dormí esa noche en un departamento que Capital Vértice utilizaba para ejecutivos cuando estaban en Ciudad de México. A la mañana siguiente tenía una reunión con Camila y el equipo jurídico. Por primera vez en tres años, mi agenda no estaba organizada alrededor de las necesidades de Adrián ni de su familia. Esa simple idea me produjo una sensación extraña, casi desconocida.
A las seis y media de la mañana recibí un mensaje de Adrián preguntando cuándo volvería por mis cosas. Contesté que coordinaría la mudanza después. Unos minutos más tarde preguntó si quería modificar la compensación económica. Le respondí que mi abogada revisaría el convenio y hablaría con la suya.
Antes de entrar a la reunión de Vértice, Camila dejó frente a mí una carpeta con todos los proyectos vinculados al Grupo Luján. En la primera página aparecía la cifra total comprometida, las fechas de renovación y las obligaciones pendientes. La observé durante unos segundos. Tres años de apoyo silencioso cabían ahora dentro de una carpeta.
Tomé la pluma y marqué el primer proyecto que no sería renovado. No sentí satisfacción ni deseos de venganza. Sentí algo más sencillo: por primera vez estaba tomando una decisión financiera sin preguntarme cómo afectaría al hombre con quien me había casado. Y supe que esa diferencia ya no tenía marcha atrás.
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