
PARTE 7
La conversación con Alejandro habría sido suficiente para cerrar una parte del pasado, pero todavía quedaba Daniela. Durante siete años nuestra relación se había reducido a mensajes ocasionales, felicitaciones breves y respuestas educadas. Ninguna de las dos había intentado fingir que seguíamos siendo las hermanas inseparables de antes. Existía cariño, pero también una distancia que ambas conocíamos perfectamente.
Daniela supo que yo había regresado porque se lo contaron familiares en común. No me llamó inmediatamente. Tres días después me envió un mensaje sencillo preguntando si estaría dispuesta a verla. A diferencia de años atrás, no añadió explicaciones, ruegos ni frases sobre lo mal que se sentía.
Acepté.
Cuando la vi entrar comprendí cuánto tiempo había pasado. Ya no era la joven que llegaba del extranjero con un anillo en el dedo y podía mirarme fingiendo normalidad. Tampoco parecía esperar que yo la recibiera como antes. Se sentó frente a mí con las manos vacías sobre la mesa.
—Alejandro me dijo que hablaron —comentó. Supe entonces que todavía mantenían algún tipo de contacto ocasional. Daniela aclaró enseguida que no eran pareja y que no lo habían sido desde hacía años. No sentí celos; lo único que me interesaba era que aquella conversación no volviera a girar alrededor de él.
—Quiero hablar de nosotros dos solamente en lo que tenga que ver con lo que pasó entre tú y yo —le dije. Daniela asintió. Esa fue la primera frontera nueva que establecí con ella.
Durante unos segundos no supo por dónde empezar. Después dijo algo que nunca me había dicho antes: —Yo sabía exactamente lo que estaba haciendo. No culpó a Alejandro de haberla confundido ni habló de un amor imposible que había sido más fuerte que ella. Dijo que se había enamorado de él sabiendo que era mi prometido y que, al principio, se convenció de que mientras él la rechazara sus sentimientos no dañarían a nadie.
Después comenzaron los viajes.
Cada vez que Alejandro aceptaba pasar más tiempo con ella, Daniela interpretaba aquello como una posibilidad. Cuando finalmente cruzaron el límite que ambos sabían que existía, ella dejó de poder fingir que solo estaba intentando conquistar a un hombre inaccesible. Para entonces ya me estaba ocultando deliberadamente una relación.
—¿Por qué me mandaste la foto de su cumpleaños? —pregunté. Era una pregunta que llevaba siete años guardada. Daniela bajó los ojos y tardó tanto en responder que estuve a punto de pensar que evitaría hacerlo.
—Porque quería dejar de esconderme —dijo—. Y porque una parte de mí quería que lo descubrieras.
La respuesta dolió por su simplicidad. No había una conspiración ni una explicación complicada. Había sido una mezcla de culpa y egoísmo. Daniela quería que la verdad saliera a la luz, pero no había tenido el valor de decirla directamente.
También le pregunté por la publicación de los anillos. Admitió que en aquel momento sintió una especie de victoria. Después de tantos meses persiguiendo una posibilidad, que Alejandro aceptara simular una propuesta le pareció suficiente para convertirla públicamente en algo real. Cuando yo marqué “Me gusta”, comprendió que había ido demasiado lejos, pero ya no supo cómo retroceder.
—Eso fue lo que más me costó entender —le dije—. No solo estabas con él. Querías que yo lo viera. Daniela lloró, pero no intentó negar la acusación. —Sí.
Aquella palabra fue más difícil de escuchar que muchas disculpas.
Sin embargo, también fue necesaria.
Por primera vez podíamos hablar sin disfrazar lo que había ocurrido de accidente. Daniela había tomado decisiones. Alejandro había tomado decisiones. Y yo había tenido que tomar las mías.
—No sé si puedo volver a ser la hermana que era antes —le dije. Daniela respiró profundamente. —No te lo voy a pedir. Esa respuesta creó el segundo cambio importante entre nosotras: dejó de tratar el perdón como un camino obligatorio hacia la relación que habíamos perdido.
Me explicó que la relación con Alejandro había terminado meses después de mi partida. Ella había querido creer que, una vez fuera yo, él podría elegirla sin dudas. Pero cuanto más intentaban construir algo juntos, más evidente resultaba que el origen de su relación estaba presente en cada discusión.
Daniela terminó alejándose porque no soportaba preguntarse si Alejandro seguía con ella solo porque yo había desaparecido. Con el tiempo comprendió que haberlo conseguido no le había dado la seguridad que esperaba. No me alegró escucharla, pero tampoco sentí la necesidad de consolarla.
—Eso fue consecuencia de lo que eligieron —dije.
—Lo sé.
Antes de despedirnos, Daniela me preguntó algo que me sorprendió. —¿Hay alguna manera en que podamos tener una relación distinta? No como antes. No fingiendo que nada pasó. Solo… alguna relación.
Le dije que no podía prometerle cercanía.
Pero tampoco necesitaba seguir castigándola activamente después de siete años.
Podíamos empezar por algo mucho más pequeño: honestidad, límites y ausencia de exigencias.
Daniela aceptó.
Nos levantamos sin abrazarnos.
Aun así, cuando se alejó, comprendí que nuestra relación acababa de cambiar por primera vez desde mi partida. No estaba reparada. Tampoco estaba destruida de la misma manera.
Ahora existía una posibilidad modesta y mucho más realista: construir algo nuevo sin borrar lo que había sucedido.
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