
PARTE 5
Los primeros meses fuera del país no fueron una transformación instantánea. Cambiar de ciudad, de rutina y de entorno no borró siete años de relación ni convirtió el vínculo con Daniela en algo irrelevante. Había noches en las que despertaba recordando el sonido de su voz preguntando si era yo quien estaba al teléfono y la respuesta de Alejandro: “Es alguien de la unidad”. Sin embargo, cada mañana tenía obligaciones que no dependían de ninguno de los dos.
Poco a poco dejé de medir el tiempo según lo que había perdido. Mi trabajo empezó a ocupar un lugar propio, no como refugio sino como una vida que también me pertenecía. Conocí nuevas ciudades, participé en distintos ejercicios y aprendí a tomar decisiones sin calcular primero cómo afectarían una boda, una relación o los planes de Alejandro. Esa independencia se construyó lentamente.
Al principio Daniela escribía con frecuencia. Nunca respondí a los mensajes largos en los que intentaba explicarse. Meses después, cuando dejó de insistir y empezó a limitarse a preguntar ocasionalmente si estaba bien, contesté alguna vez con frases breves. No había reconciliación, pero tampoco quería que mi vida quedara definida eternamente por el enojo.
De Alejandro recibí muy poco. Al principio intentó llamarme varias veces; luego respetó el límite que le había impuesto. En algún momento dejó de hacerlo por completo. Nunca pregunté a conocidos comunes si seguía con Daniela porque temía volver a colocarme en aquella competencia de la que tanto me había costado salir.
Así pasaron los años.
Siete, para ser exactos.
Cuando recibí la orden de participar en unas maniobras conjuntas que me llevarían nuevamente a la región donde había vivido antes de marcharme, mi primera reacción fue quedarme mirando el documento más tiempo del necesario. No quería admitirlo, pero el nombre del lugar despertó una incomodidad antigua. Aun así, no existía una razón profesional para negarme.
Regresé convencida de que Alejandro y Daniela ya habrían construido la vida que tanto habían arriesgado por conseguir. Esa posibilidad no me causaba el dolor que habría sentido años antes. Incluso me parecía lógica. Después de todo, yo llevaba mucho tiempo viviendo lejos de ellos.
Entonces llegó aquella reunión posterior al ejercicio y vi a Alejandro entrando con uniforme.
Escuché a sus compañeros bromear sobre los años que llevaba soltero.
Y entendí que, pese a haber dejado atrás aquella historia, existía una parte que nunca había sabido cómo había terminado.
Durante varios minutos Alejandro no me vio. Yo podría haberme marchado antes de que lo hiciera. Incluso tomé mi vaso y pensé en dirigirme hacia la salida, pero me detuve. Irme únicamente para evitarlo habría significado que siete años después todavía estaba reorganizando mis pasos alrededor de él.
Así que me quedé.
Fue Daniela quien alguna vez me enseñó, de la peor manera posible, que ignorar una realidad no impedía que existiera. Aquella noche decidí aplicar esa lección de otra forma: podía ver a Alejandro, reconocer lo que había ocurrido y continuar siendo la persona que era ahora. No necesitaba esconderme.
Un compañero se acercó a saludarme y dijo mi nombre en voz alta.
Alejandro giró.
Su expresión se quedó inmóvil.
Durante unos segundos nos miramos desde lados opuestos del salón. Ya no era el hombre que fumaba sentado en nuestra recámara pidiéndome un mes para Daniela, aunque seguía teniendo los mismos ojos. Y yo tampoco era la mujer que esperaba una respuesta frente a una caja con un anillo.
Alejandro dio un paso hacia mí, pero se detuvo cuando alguien le habló. Respondió casi por reflejo, sin apartar completamente la mirada. Pude ver la duda en su postura. Tal vez no sabía si tenía derecho a acercarse.
Fui yo quien resolvió aquella primera incomodidad. Cuando finalmente quedó libre y se aproximó, extendí la mano con la cortesía que habría utilizado con cualquier antiguo compañero. —Cuánto tiempo, general Castillo. Sus ojos bajaron hacia mi mano antes de estrecharla.
—Siete años —respondió.
—Sí.
No hubo abrazo.
Tampoco preguntas personales inmediatas.
Durante el resto de la reunión hablamos apenas unos minutos sobre el ejercicio y asuntos profesionales. Sin embargo, antes de que me marchara, Alejandro preguntó si podía conversar conmigo en otro momento. No habló de reconciliación ni intentó detenerme físicamente.
Lo observé durante un instante.
Siete años atrás habría querido escuchar todas sus explicaciones.
Ahora no estaba segura de necesitarlas.
Aun así, comprendí que regresar también significaba decidir qué hacer con lo que había dejado inconcluso.
—Podemos hablar —dije—. Pero solo una vez.
Alejandro asintió.
Y aquella respuesta cambió la naturaleza de nuestro reencuentro: ya no se trataba de un hombre esperando recuperar a su antigua prometida, sino de dos personas que tendrían que mirar de frente las consecuencias de lo que había ocurrido.
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