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LEITURA EM PARTESParte 6 de 10

PARTE 6

Nos encontramos dos días después en un lugar tranquilo, lejos de la unidad y de los compañeros que todavía parecían fascinados con la idea del “general que seguía esperando a su antiguo amor”. Antes de sentarme le dejé claro a Alejandro que no había aceptado la conversación para reanudar nuestra relación. Él asintió sin discutir. Esa simple reacción ya era distinta del hombre que siete años atrás había pedido un mes suponiendo que yo seguiría allí cuando terminara.

Durante unos minutos hablamos de cosas neutrales. Después Alejandro dejó de rodear el asunto. —Daniela y yo nunca nos casamos —dijo. Ya lo había deducido por los comentarios de sus compañeros, pero escucharlo directamente eliminó cualquier ambigüedad.

No pregunté de inmediato por qué. Alejandro explicó que, después de mi partida, intentaron continuar viéndose durante algunos meses. Sin embargo, lo que había parecido posible mientras yo seguía presente se volvió mucho más difícil cuando ya no existía nadie a quien ocultarle nada. Daniela quería saber si él realmente la había elegido o si simplemente había cedido a una relación que comenzó durante su estancia en el extranjero.

—Y no pude darle la respuesta que quería —admitió. No dijo que hubiera descubierto repentinamente que siempre me había amado ni intentó convertir sus actos en un sacrificio romántico. Reconoció algo mucho más incómodo: había querido mantenerme como futuro seguro mientras permitía que la relación con Daniela creciera. Cuando yo desaparecí de esa ecuación, tuvo que enfrentarse a lo que había hecho sin poder llamarlo confusión.

Daniela fue quien terminó aquella relación unos meses después. Según Alejandro, le dijo que no podía seguir siendo la persona que él había escogido únicamente después de perderme. Escuché sin interrumpir. No sentí satisfacción al saberlo.

—¿Y por eso llevas siete años soltero? —pregunté. Alejandro tardó en responder. Dijo que había tenido oportunidades de conocer a otras personas, pero nunca había querido convertir su culpa en una historia romántica con alguien nuevo. También admitió que durante mucho tiempo confundió arrepentirse con esperar que yo regresara.

Le señalé entonces lo que había escuchado en la reunión: sus compañeros hablaban como si su soltería fuera una prueba de fidelidad hacia mí. Alejandro bajó la mirada. —Nunca les conté toda la historia. —Entonces permiten que te describan como el hombre que esperó a su exnovia durante siete años. Él no intentó defenderse.

Ese fue el primer momento de la conversación en que volví a sentir enojo. No porque estuviera soltero, sino porque el silencio había dejado que otros construyeran una versión cómoda para él. Le dije que no necesitaba contar asuntos privados a todo el mundo, pero tampoco debía aceptar elogios basados en una mentira. Ser presentado como un hombre abandonado que esperaba fielmente borraba lo que realmente había sucedido.

Alejandro asintió. —Tienes razón. Su respuesta no arregló nada, pero impidió que la conversación se transformara en otra discusión estéril. Por primera vez, no me pidió que entendiera sus motivos antes de reconocer las consecuencias.

Entonces le hice la pregunta que durante siete años había dejado atrás: —¿Por qué Daniela? Alejandro respiró profundamente. Dijo que al principio la había rechazado porque sabía perfectamente quién era ella y sabía que estaba comprometido conmigo. Esa parte coincidía con lo que había insinuado aquella última noche.

Pero durante los meses de misión, Daniela siguió visitándolo. Él estaba lejos, cansado, aislado de la vida habitual que compartíamos y comenzó a aceptar una cercanía que al principio había marcado como prohibida. Un límite cruzado hizo más fácil cruzar el siguiente. Cuando comprendió la gravedad de lo que ocurría, en lugar de detenerse decidió ocultarlo.

—Eso no te exculpa —dije. —Lo sé. —Y tampoco convierte a Daniela en responsable de tus decisiones. —También lo sé. Aquellas dos respuestas fueron más claras que todas las explicaciones que me había dado siete años atrás.

Le pregunté por qué me había pedido que esperara un mes. Alejandro cerró las manos sobre la mesa. Dijo que había querido terminar con Daniela sin verla derrumbarse y conservar nuestro compromiso al mismo tiempo. Escucharlo expresado de manera tan directa hizo evidente lo injusto que había sido.

—Querías organizar nuestra vida para que la consecuencia fuera lo menos dolorosa posible para ustedes —dije—, aunque eso significara que yo tuviera que esperar. Alejandro no negó nada. —Sí. Fue egoísta.

Nos quedamos en silencio.

Aquella conversación no cambió el pasado, pero cambió algo en mí. Durante años había existido una pequeña pregunta que nunca me había permitido formular completamente: si quizá yo había reaccionado demasiado rápido al irme. Escuchar a Alejandro asumir que realmente había pretendido conservar ambas relaciones eliminó esa duda.

—Gracias por decirlo ahora —le dije.

Él levantó la vista con una esperanza que reconocí de inmediato.

Por eso añadí:

—Pero esto no significa que quiera volver.

La esperanza desapareció de su rostro, aunque no discutió. Me dijo que lo entendía y que no había pedido verme para exigirme nada. Yo no sabía si era completamente cierto, pero al menos aquella vez respetó la respuesta.

Antes de marcharme le hice una última petición: que corrigiera, cuando fuera necesario, la historia que circulaba entre quienes nos conocían. No necesitaba detalles ni humillaciones públicas. Solo quería que dejara de permitir que mi ausencia pareciera la causa de nuestra ruptura.

Alejandro prometió hacerlo.

Salí del lugar sin sentir triunfo.

Sentí algo mejor.

Por primera vez, la verdad sobre aquellos meses ya no dependía únicamente de mi memoria.

La siguiente parte de la historia está justo abajo. Sigue leyendo conmigo 👇

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