
PARTE 2
Miré a Alejandro durante varios segundos sin responder. Lo más extraño no era que me pidiera tiempo, sino que ese tiempo tampoco fuera para mí. Incluso después de admitir que llevaba seis meses con mi hermana, su primera preocupación seguía siendo que Daniela pudiera sufrir si él terminaba demasiado rápido con ella. —Está bien —dije finalmente—. Un mes.
Alejandro pareció relajarse de inmediato, como si mi respuesta significara que todavía tenía la situación bajo control. Dio un paso hacia mí, pero yo retrocedí antes de que pudiera tocarme. —No confundas las cosas —le advertí—. Te estoy dando el mes que pediste, no te estoy diciendo que todo siga igual entre nosotros. Su expresión volvió a tensarse.
Esa misma noche saqué algunas de mis cosas de la recámara que hasta entonces habíamos considerado nuestra. No hice una escena ni desperté a Daniela para reclamarle nada. Solo llevé mis objetos personales a otra habitación y guardé el anillo de compromiso en una pequeña caja. Por primera vez desde que Alejandro había regresado, comprendió que mi silencio no era aceptación.
A la mañana siguiente Daniela apareció en la cocina con el anillo que él le había regalado todavía en la mano. Cuando vio que yo había cambiado de habitación, se quedó parada junto a la puerta. —Hermana, yo… —comenzó. —No quiero hablar de esto todavía —la interrumpí, sin levantar la voz.
Alejandro entró unos minutos después y miró de mí a Daniela. Parecía esperar que yo facilitara las cosas, como siempre había hecho dentro de nuestra familia. Esta vez no lo hice. Tomé mis llaves y salí antes de que alguno pudiera pedirme que cuidara los sentimientos del otro.
Durante los días siguientes dejé de organizar los asuntos relacionados con nuestra boda. No cancelé nada todavía porque Alejandro había pedido un mes y yo había aceptado ese plazo, pero tampoco confirmé proveedores, invitados ni detalles pendientes. Cuando él me preguntó por qué había dejado de ocuparme de todo, le respondí que una boda requería dos personas seguras de querer casarse. Él no encontró una respuesta.
Alejandro intentó actuar como si nuestra relación todavía pudiera conservarse mientras resolvía lo que sentía por Daniela. Algunas noches me preguntaba si había comido; otras dejaba sobre la mesa cosas que antes solía comprarme. Eran gestos conocidos, casi automáticos, pero ya no significaban lo mismo. Cada vez que los veía, recordaba que esa misma consideración había coexistido durante seis meses con sus encuentros con mi hermana.
Daniela, por su parte, comenzó a evitarme. Ya no entraba con la misma naturalidad en los espacios donde yo estaba y, cuando nuestras miradas se cruzaban, siempre parecía tener algo que decir. Sin embargo, nunca se quitó el anillo. Esa contradicción terminó diciéndome más que cualquier explicación.
Una semana después Alejandro me preguntó si estaba enojada porque él todavía hablaba con ella. —No —respondí—. Estoy observando lo que eliges hacer cuando nadie te obliga. Le aclaré que no iba a competir con mi propia hermana ni a vigilar sus llamadas. Si necesitaba un mes para decidir entre las dos, podía utilizarlo como quisiera, pero yo también iba a utilizar ese mes para decidir qué quería hacer con mi vida.
Aquella frase cambió algo. Alejandro dejó de hablar del plazo como si únicamente Daniela necesitara tiempo y comenzó a preguntarme qué significaba exactamente lo que yo había dicho. Yo tampoco le di explicaciones apresuradas. Durante años había creído que nuestra relación estaba construida sobre una decisión mutua; ahora sabía que él había convertido aquella decisión en una espera mientras probaba otra posibilidad.
A mitad del mes, Daniela dejó de quedarse en el departamento cuando sabía que yo estaría allí. Alejandro tampoco volvió a insistir en que lo hiciera. No sabía si aquello significaba que estaban tomando distancia o simplemente intentando evitarme, y decidí que ya no quería gastar energía averiguándolo. Por primera vez, la pregunta central dejó de ser cuál de las dos elegiría Alejandro y empezó a ser por qué yo debía aceptar que él tuviera derecho a elegir entre nosotras.
Cuando faltaban diez días para terminar el plazo, saqué la caja donde había guardado mi anillo. Lo puse sobre la mesa frente a mí y no sentí la desesperación que había esperado. Sentí tristeza, sí, pero también una claridad que no había tenido durante las primeras noches. Lo que Alejandro hiciera con Daniela podía afectar el futuro de ellos; ya no tenía por qué decidir el mío.
El mes todavía no había terminado cuando comencé a ordenar documentos y pertenencias personales. Alejandro me vio cerrar una carpeta y preguntó si pensaba irme. —Todavía no —respondí—. Pero cuando termine este mes, tú tendrás una decisión y yo también. Fue la primera vez que entendió que el plazo que había pedido podía terminar sin dejarle ninguna de las dos cosas que creía poder conservar.
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