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LEITURA EM PARTESParte 8 de 10

PARTE 8

Al cumplirse nueve meses desde mi llegada a Querétaro, comenzó el proceso interno para evaluar mi categoría profesional. Recibí la convocatoria por correo con seis semanas de anticipación. Adjuntos venían los criterios, la integración del comité y la documentación que debía presentar.

La primera vez que abrí el archivo sentí una reacción casi automática. Volví a ser por un instante aquella mujer que había preparado tres carpetas esperando que, después de cumplir un requisito, nadie inventara otro. Cerré los ojos unos segundos y seguí leyendo.

Había cuatro áreas de evaluación: resultados clínicos, investigación, docencia y liderazgo del programa. Cada una tenía indicadores concretos y un peso determinado. Mi salario no dependía directamente del resultado y mi puesto tampoco desaparecería si no obtenía la categoría en ese ciclo.

Eso reducía la presión, aunque no eliminaba la importancia.

Preparé el expediente sin pedir excepciones. En investigación tenía buenos resultados gracias al proyecto iniciado meses atrás, pero todavía nos faltaba completar el seguimiento de una parte de los pacientes. En docencia superaba los requisitos y en actividad clínica cumplía los indicadores establecidos.

El área más discutible era liderazgo. El programa había avanzado, pero algunas metas de crecimiento todavía no se habían alcanzado.

Durante la entrevista, un integrante del comité me preguntó por qué el volumen quirúrgico seguía por debajo de la proyección inicial. Le expliqué las cancelaciones por seguridad, los casos referidos a otros centros y el tiempo utilizado para entrenamiento. Presenté los datos en lugar de intentar convertir cada decisión en un éxito.

—Entonces acepta que no cumplió completamente esa meta —dijo.

—Sí.

Pronunciar aquella palabra no me hizo sentir débil.

Durante años había tratado de acumular tantos logros que nadie pudiera encontrar una razón para decirme que no. Ahora entendía que una evaluación justa no significaba que todos mis resultados fueran perfectos; significaba que tanto los logros como las deficiencias debían medirse con la misma regla.

El comité terminó la entrevista sin adelantar el resultado. Tendría una respuesta en diez días hábiles. Salí de la sala y regresé al servicio.

No conté las horas.

Tres días después, Salvador Montalvo me llamó. Hacía meses que no hablábamos directamente. Me informó que el Hospital General Metropolitano había abierto su nueva convocatoria bajo las reglas revisadas y que querían invitarme formalmente a presentar mi expediente.

—Ya no trabajo ahí —respondí.

—La convocatoria permite candidatos externos para algunas posiciones de alta especialidad. Si quisieras regresar, podríamos ofrecerte un puesto compatible con la categoría.

Guardé silencio.

Salvador añadió que no me estaba pidiendo una respuesta inmediata. Según él, el hospital reconocía que mi experiencia seguía siendo valiosa y quería recuperar el programa cardiovascular que había reducido su actividad.

Por primera vez, la posibilidad de regresar era real y no dependía de una frase ambigua. Había un procedimiento revisado, un puesto disponible y una invitación formal. Precisamente por eso tuve que pensarla con más cuidado.

Si la oferta hubiera sido injusta o improvisada, rechazarla habría sido fácil.

Durante los siguientes días comparé lo que había dejado con lo que había construido. En el Hospital General Metropolitano estaban muchos de mis antiguos compañeros, una infraestructura mayor y un volumen de pacientes que permitiría desarrollar procedimientos complejos con rapidez. En Querétaro tenía un equipo más pequeño, pero había participado desde el principio en la construcción de sus reglas.

No quería convertir la fidelidad a una institución en una obligación moral. Tampoco quería rechazar una buena oportunidad únicamente para demostrar que mi renuncia había sido correcta.

Hablé con la directora médica del Centro Médico del Bajío. Le conté exactamente qué me habían ofrecido.

Ella no intentó impedir que lo considerara.

—Decida dónde quiere trabajar, doctora —dijo—. Si necesita quedarse porque nosotros la presionamos, entonces tarde o temprano tendremos el mismo problema que tuvo antes.

Aquella respuesta eliminó el último elemento que podía distorsionar mi decisión.

Dos días después llegó el resultado de mi evaluación.

Había obtenido la categoría superior.

Leí primero la puntuación general y después cada observación. El comité reconocía el desarrollo clínico y académico, pero también señalaba que el programa debía mejorar sus indicadores de seguimiento a largo plazo y establecer una estrategia más clara para aumentar capacidad sin depender excesivamente de mí.

Sonreí al leer la última frase.

Era una crítica correcta.

Había pasado quince años convirtiéndome en una persona indispensable y casi un año aprendiendo que ningún programa saludable debería depender demasiado de una sola especialista. Aquella observación no disminuía el reconocimiento; le daba sentido.

Guardé el documento.

Después abrí la invitación del Hospital General Metropolitano una vez más.

Ya no tenía que elegir entre quedarme donde me habían rechazado o marcharme para demostrar mi valor. Ahora debía elegir entre dos caminos reales.

Y esa decisión, finalmente, era mía.

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