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LEITURA EM PARTESParte 4 de 10

PARTE 4

La revisión administrativa comenzó dos días después. No participé como integrante de la comisión ni pedí acceso privilegiado a los documentos; únicamente entregué las copias de mis cuatro evaluaciones, los requisitos que me habían comunicado en cada periodo y la hoja de nominación que había solicitado formalmente. Quería que cualquier conclusión surgiera del expediente y no de una discusión personal entre Salvador y yo.

Recursos Humanos me explicó que la categoría asignada a Sebastián Valdés se había tramitado mediante una vía excepcional para personal considerado estratégico. Esa posibilidad existía dentro de las reglas internas, de modo que su nominación no podía calificarse automáticamente como inválida. El problema que debían revisar era otro: cómo se habían comparado expedientes ordinarios y excepcionales para dos lugares limitados y cómo se habían documentado las razones de la selección.

Aquella diferencia era importante. Yo no tenía pruebas de que Sebastián hubiera hecho algo indebido y no estaba dispuesta a convertirlo en culpable solo porque se había beneficiado de una decisión que me perjudicaba. Cuando coincidimos en el pasillo, él evitó mirarme hasta que finalmente se detuvo.

—Doctora, sé que todo el mundo está hablando de esto —dijo—. Yo presenté lo que me pidieron. No decidí quién quedaba fuera.

—Lo sé.

Pareció sorprendido por mi respuesta. Le dije que mi problema era con el proceso y con quienes habían tomado la decisión, no con él por haber presentado su candidatura. La tensión entre nosotros no desapareció, pero al menos quedó claro que yo no buscaba iniciar una guerra personal.

Mientras la revisión seguía, continué entrevistándome con otras instituciones. Una de Ciudad de México ofrecía el salario más alto, pero el puesto estaba centrado casi exclusivamente en productividad quirúrgica y dejaba poco espacio para investigación. Otra institución de Monterrey tenía un programa académico sólido, aunque requería que abandonara prácticamente por completo mi línea de cirugía mínimamente invasiva durante el primer año.

El Centro Médico del Bajío seguía siendo la propuesta más equilibrada. Su programa cardiovascular era menor que el del Hospital General Metropolitano, pero precisamente por eso buscaban a alguien capaz de desarrollarlo. La directora médica no me pidió que prometiera resultados imposibles; me mostró estadísticas de volumen, recursos disponibles, presupuesto para formación y las limitaciones reales del centro.

Pregunté cómo funcionaban las promociones. Me entregaron una matriz de evaluación con criterios clínicos, docentes, científicos y de liderazgo, además de un mecanismo de revisión por un comité en el que ningún jefe inmediato podía decidir por sí solo. No era un sistema perfecto, pero al menos podía leerlo antes de aceptar el puesto.

Esa misma tarde Salvador volvió a pedirme una reunión. Esta vez estaban presentes Recursos Humanos y dos integrantes de la comisión médica. Me informaron que querían mejorar la oferta de retención y que estaban dispuestos a convertir la coordinación cardiovascular propuesta en un nombramiento formal.

—¿Y la evaluación? —pregunté.

La representante de Recursos Humanos respondió que seguía bajo revisión y que no podían anticipar una conclusión. Agradecí que no intentara prometer algo que todavía no estaba resuelto. Después pregunté qué ocurriría con la recategorización si yo aceptaba quedarme y la revisión determinaba que el procedimiento había sido correcto.

Nadie respondió de inmediato.

Salvador fue quien rompió el silencio. Dijo que en ese caso mi expediente podría presentarse de nuevo en el siguiente ciclo, con su respaldo personal. Sentí una extraña calma al escucharlo, porque aquella frase era exactamente el lugar del que yo intentaba salir: otro año, otro respaldo personal, otra posibilidad.

—Entonces seguimos hablando de que debo quedarme confiando en que la próxima vez será diferente.

—Estamos intentando conservarte —respondió.

—Lo entiendo. Pero conservar a una persona después de que renuncia no es lo mismo que haberla evaluado justamente antes de que renunciara.

La reunión terminó sin acuerdo. No sentí satisfacción al rechazar la propuesta; después de quince años, cada decisión tenía un costo emocional. Conocía los pasillos, a las enfermeras, a los residentes, los quirófanos y hasta los sonidos nocturnos del hospital mejor que muchos lugares de mi propia vida.

Esa noche llegué a casa y abrí las tres ofertas que había dejado como finalistas. Hice una lista de lo que perdería si me iba: cercanía con mi equipo, pacientes de seguimiento, rutina conocida, reputación construida durante años. Después escribí lo que perdería si me quedaba: la oportunidad de comprobar si mi carrera podía crecer fuera de una estructura en la que había dejado de confiar.

No firmé todavía.

Al día siguiente operé mi último caso programado como cirujana principal antes de comenzar formalmente la entrega del puesto. Fue una cirugía complicada, pero evolucionó conforme a lo previsto y el paciente salió estable. Cuando me quité los guantes después de tantas horas, comprendí que mi identidad profesional no estaba encerrada en el nombre de un hospital.

Al terminar la jornada recibí un mensaje de la directora médica del Centro Médico del Bajío. No me presionaba para responder; únicamente me informaba que podían mantener la propuesta abierta hasta el lunes porque entendían que yo estaba cerrando una etapa laboral de quince años.

Por primera vez durante aquellos días, agradecí que alguien me ofreciera tiempo sin utilizarlo para mantenerme esperando indefinidamente.

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