
PARTE 2
Salvador Montalvo levantó la vista cuando dejé la carta sobre su escritorio. Leyó únicamente las primeras líneas y su expresión cambió apenas un instante antes de recuperar la indiferencia. —¿Renuncia voluntaria? —preguntó. Asentí y le dije que estaba dispuesta a cumplir el procedimiento de entrega correspondiente.
Se reclinó en la silla y dejó la hoja a un lado. —Piénsalo bien, Laura. Fuera de este hospital las cosas no son tan sencillas como crees. No discutí con él; después de quince años, aquella conversación ya no podía reducirse a otra promesa de esperar.
—Lo pensé toda la noche —respondí—. Mi decisión está tomada. Salvador me observó durante unos segundos y finalmente firmó de recibido, pero antes de devolverme la copia dijo que, una vez fuera, no debía esperar que él abriera nuevamente la puerta si algún día quería regresar.
Salí de la dirección sin responder. Entregué otra copia a Recursos Humanos y pregunté por el periodo formal de transición, los pacientes que debían quedar asignados y la documentación necesaria para cerrar mis responsabilidades. No quería abandonar una guardia ni dejar una cirugía programada sin una persona responsable.
Antes del mediodía ya había informado a Marta y a los médicos del equipo. No expliqué los detalles de la evaluación ni pedí a nadie que tomara partido. Solo les dije que terminaría correctamente los casos que todavía estuvieran bajo mi responsabilidad y dejaría por escrito el estado de cada paciente.
La noticia empezó a circular dentro del hospital mucho más rápido de lo que esperaba. Algunos médicos fueron a mi oficina para preguntarme si era cierto; otros simplemente se quedaron en la puerta sin saber qué decir. Yo continué trabajando porque todavía tenía pacientes reales delante de mí y ninguna disputa administrativa podía convertirlos en espectadores de mi problema.
A las dos y cuarto de la tarde sonó mi celular. Era el director médico de un hospital de alta especialidad de Monterrey con quien había coincidido meses atrás en un congreso. Había escuchado que yo estaba disponible y quería saber si consideraría incorporarme a su programa cardiovascular.
Veinte minutos después recibí otra llamada desde Guadalajara. Después llegó una de Querétaro, luego dos de Ciudad de México y otra de Tijuana. Para las seis de la tarde había perdido la cuenta de cuántas veces había respondido exactamente la misma pregunta: “¿Ya tiene un compromiso con otra institución?”
Esa noche organicé en una libreta cada propuesta. No miré únicamente el salario; anoté volumen quirúrgico, autonomía clínica, infraestructura, tiempo protegido para investigación, responsabilidades docentes y el sistema utilizado para evaluar promociones. Aun así, incluso la propuesta económica más baja superaba varias veces lo que yo recibía en el Hospital General Metropolitano.
Al día siguiente las llamadas continuaron hasta llegar a veintinueve instituciones interesadas. Algunas solo querían conocer mi disponibilidad; otras enviaron propuestas formales para iniciar entrevistas. No interpreté aquello como una victoria, porque todavía no había aceptado nada, pero por primera vez pude comparar cómo se valoraba fuera del hospital el trabajo que durante años había considerado simplemente parte de mi obligación.
Dentro del servicio, mientras tanto, comenzaron los primeros ajustes. Dos cirugías complejas programadas para las semanas siguientes tuvieron que revisarse porque yo figuraba como cirujana principal y era necesario garantizar continuidad antes de mi salida. Me reuní con Mauricio Duarte y con los coordinadores correspondientes para entregar cada expediente sin utilizar la transición como una forma de presión.
La mañana del tercer día estaba en casa revisando tres propuestas cuando sonó el timbre. Al abrir la puerta encontré a Salvador Montalvo, sin secretaria, sin personal administrativo y sin la seguridad que mostraba detrás de su escritorio. Permaneció unos segundos en silencio antes de decir mi nombre.
—Laura, podemos arreglar esto —dijo finalmente—. No necesitas irte así. Lo observé sin hacerme a un lado todavía, porque después de cuatro evaluaciones fallidas ya no quería escuchar otra promesa ambigua.
—Si vino para hablar de mi renuncia, podemos hablar —respondí—. Pero no voy a volver a discutir si soy demasiado joven, demasiado impaciente o poco madura. Si el hospital tiene algo concreto que plantear, quiero escucharlo de forma concreta.
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