
PARTE 6
Mi suegra fue la única que insistió en quedarse hasta el día siguiente.
Héctor quería llevar a Camila al nuevo departamento esa misma tarde, pero todavía faltaban algunos muebles y ella estaba cansada después de la consulta.
Decidieron que sería más sencillo dormir una última noche y terminar la mudanza por la mañana.
Martín trató de convencerlos de lo contrario.
—Ya tenemos las llaves del otro departamento.
Su madre respondió con fastidio.
—No vamos a andar cargando a Camila de un lado a otro de noche.
Héctor miró a su esposa.
Camila estaba pálida.
—Yo sí quiero irme.
Eso bastó.
Héctor tomó una bolsa con ropa, sus documentos y algunas cosas necesarias.
—Nos vamos.
Mi suegra lo miró como si la estuvieran traicionando.
—¿Y todo esto?
—Mañana volvemos por lo demás.
Los padres de Héctor también decidieron marcharse.
No tenían ninguna razón para quedarse solos en una casa que ya les resultaba incómoda.
Mi suegra, sin embargo, se negó.
—Alguien tiene que cuidar las cosas.
Martín se ofreció a quedarse.
Ella rechazó la propuesta.
—Vete con tu esposa. Ya bastante problema ha hecho.
Cuando Martín me contó aquello más tarde, no respondí.
Había aprendido a no aceptar provocaciones disfrazadas de comentarios.
A las cuatro y veinte de la madrugada, el celular de Martín comenzó a sonar.
Su madre.
Contestó todavía medio dormido.
Yo pude escuchar los gritos desde mi lado de la cama.
Martín se levantó de inmediato.
—Mamá, cálmate. ¿Qué pasó?
La respuesta fue tan rápida que no logró entenderla.
—Voy para allá.
Se vistió.
Yo también.
Me miró sorprendido.
—¿Vas a venir?
—No quiero que vuelvas a entrar solo.
Durante el trayecto, su madre llamó tres veces más.
En cada llamada repetía lo mismo.
Había alguien dentro.
Martín le decía que saliera al pasillo y esperara.
Ella decía que no podía.
Cuando llegamos, la puerta estaba entreabierta.
La encontramos sentada junto a la entrada, abrazándose las rodillas.
No parecía herida.
Solo aterrada.
—Había una mujer —dijo en cuanto me vio.
No pregunté nada.
Ella señaló hacia el pasillo.
—Estaba parada ahí.
Martín se arrodilló junto a ella.
—¿Entró alguien?
—No.
—¿Estás segura?
—La vi.
Su voz temblaba.
—Pensé que era Elena. Quise preguntarle qué hacía aquí. Entonces volteó.
Se llevó una mano a la boca.
—No tenía que haber tirado esas cosas.
Aquella frase me llamó la atención.
No porque fuera una disculpa.
Todavía no lo era.
Era miedo.
—Vamos a salir —dije.
Mi suegra levantó la cabeza.
—¿Y las maletas?
—Mañana.
—¿Y los muebles?
—Mañana.
—Pero…
La miré.
—¿Quiere quedarse?
Se puso de pie inmediatamente.
Salimos los tres.
Antes de cerrar la puerta, miré hacia el pasillo.
No vi ninguna mujer.
Solo oscuridad.
Aun así, sentí la misma presión en los oídos que había sentido cuando Camila soltó el incensario.
Cerré.
A la mañana siguiente regresamos acompañados por Héctor y dos trabajadores de mudanza.
Camila se quedó en el nuevo departamento.
Nadie protestó.
Nadie discutió el costo.
Nadie dijo que aquella casa era demasiado conveniente para dejarla.
En menos de tres horas sacaron las pertenencias principales.
Yo revisé habitación por habitación.
Habían movido muebles, utilizado la cocina, llenado algunos clósets y dejado varias marcas en las paredes.
No era una destrucción irreparable.
Pero tampoco era la casa que yo les había prohibido tocar.
Héctor se acercó.
—Voy a pagar lo que haya que reparar.
Mi suegra lo miró.
—No tienes por qué.
Él respondió con calma.
—Vivimos aquí sin autorización. Sí tengo por qué.
Camila no estaba presente, pero más tarde me envió un mensaje.
“Cuando me sienta mejor quiero hablar contigo.”
No contesté de inmediato.
No porque quisiera castigarla.
Porque aún no estaba preparada para escuchar una disculpa que quizá solo existía gracias al miedo.
El último objeto en salir fue una pequeña cuna portátil que habían comprado para el futuro bebé.
Cuando los trabajadores la cargaron hacia el elevador, el gato negro, que yo había llevado dentro de su transportadora, dejó de gruñir.
Eso me pareció significativo.
Después de que todos salieron, cerré la puerta.
Martín se quedó conmigo.
—¿Ahora qué?
Miré el espacio donde antes había estado el altar.
El polvo dibujaba un rectángulo más claro sobre la pared.
—Ahora limpio mi casa.
Durante los siguientes días contraté a personas para reparar desperfectos, limpiar y revisar instalaciones.
No pedí que nadie tocara el antiguo rincón del altar.
Eso lo hice yo.
No intenté reproducir exactamente lo que mis padres habían dejado.
Tampoco fingí saber un ritual que nunca me habían enseñado.
Simplemente limpié la superficie, coloqué nuevamente sus fotografías y compré un incensario sencillo.
Nada más.
Martín me ayudó sin hacer preguntas.
Por primera vez, no trató de decidir por mí.
Cuando terminamos, el departamento parecía distinto.
No más alegre.
No más oscuro.
Solo mío.
Esa noche cerré con una nueva cerradura cuyas llaves guardé yo.
Le entregué una copia a nadie.
Martín lo notó.
No dijo nada.
En el auto, antes de arrancar, me preguntó:
—¿Sigues pensando que nuestro matrimonio puede continuar?
Lo miré.
—Todavía no lo sé.
Asintió.
No pidió una respuesta inmediata.
Ese fue quizá el primer gesto verdaderamente útil que tuvo desde que comenzó todo.
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