
PARTE 4
La notificación no expulsó a nadie de un día para otro, ni convirtió la situación en una escena dramática como las que mi suegra imaginaba. Simplemente dejó por escrito algo que yo llevaba días diciendo: la casa era mía, yo no había autorizado una ocupación permanente y quería que la desocuparan.
Cuando Martín se enteró de que la documentación ya estaba preparada, me llamó desde su oficina.
—Mamá va a ponerse furiosa.
—Puede ponerse como quiera.
—Camila todavía está delicada.
—Precisamente por eso debería estar en un lugar donde pueda descansar.
—Van a pensar que quieres echarlos por lo que pasó con el altar.
—Quiero sacarlos porque entraron sin permiso.
Hubo silencio.
—¿Y lo demás?
—Lo demás fue la razón por la que les dije que no entraran desde el principio.
Aquella tarde mi suegra me llamó.
Contesté porque quería escuchar hasta dónde pensaba llevar la conversación.
No tardó ni veinte segundos en acusarme de ser fría.
—Una mujer embarazada necesita apoyo familiar.
—Estoy de acuerdo.
—Entonces no entiendo lo que estás haciendo.
—Apoyarla no significa regalarle mi casa.
Su tono se volvió más duro.
—Esa casa llevaba años cerrada.
—Y aun así sigue siendo mía.
—¿Qué te cuesta dejarla ahí hasta que nazca el niño?
—Me costó una cerradura rota, cosas de mis padres tiradas a la basura y que mi esposo ignorara un límite muy claro.
No respondió de inmediato.
Luego dijo algo que terminó de convencerme de que no pensaba retroceder.
—A veces una esposa tiene que saber ceder por la familia de su marido.
—Y a veces una familia tiene que aprender que casarse con su hijo no les entrega las propiedades de su nuera.
Colgué.
Esa noche Martín no cenó.
Se quedó sentado en la cocina, mirando el celular.
Finalmente dijo:
—Mi mamá quiere que vaya a dormir allá.
—Ve.
Levantó la mirada.
—¿No te molesta?
—Me molestó que fueras a cambiar mi cerradura. Dónde duermas hoy es decisión tuya.
Pareció herido, pero no discutió.
Tomó una chamarra y salió.
A las dos de la madrugada regresó.
Yo todavía estaba despierta.
Entró pálido.
—No pienso volver a dormir ahí.
Cerré el libro que estaba leyendo.
—¿Qué pasó?
Se quedó de pie frente a mí.
—Primero escuché que alguien arrastraba algo en el pasillo. Salí y no había nada.
Esperé.
—Luego escuché a Camila gritar. Dijo que alguien se había sentado en la orilla de su cama.
—¿Había alguien?
—No.
—Entonces quizá soñó.
Martín apretó los labios.
—Yo vi la cama hundirse.
No respondí.
Él comenzó a caminar por la sala.
—No me digas que estoy imaginando cosas. Héctor estaba ahí. También lo vio.
—Yo no te estoy diciendo nada.
—Elena, ¿qué demonios hay en esa casa?
Lo miré durante unos segundos.
—Mis padres vivieron ahí durante muchos años. Cuando yo era más joven empezaron a escuchar sonidos que no podían explicar. Pasos. Golpes. A veces un bebé llorando cuando no había niños en el edificio.
Martín se quedó inmóvil.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Te dije que nadie debía vivir ahí.
—Eso no es lo mismo.
—Si te hubiera hablado de sonidos y sombras, ¿me habrías creído?
No contestó.
Ambos sabíamos la respuesta.
—Mis padres nunca me dieron una explicación completa —continué—. Solo aprendieron que mientras ciertas cosas permanecieran como estaban, la casa se mantenía tranquila. Yo respeté eso después de que murieron.
—¿El altar?
—Era parte de ello.
Martín se sentó lentamente.
—Camila lo tiró.
—Sí.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Ustedes decidieron que mis advertencias no importaban. Ahora la primera decisión sensata es salir de la casa.
A la mañana siguiente él habló con Camila.
Yo no estuve presente, pero luego me contó que la conversación terminó a gritos.
Héctor quería mudarse.
Camila también estaba asustada, aunque no quería reconocerlo.
Mi suegra se negó.
Según ella, todo era una combinación de estrés y sugestión que yo estaba utilizando para recuperar la vivienda.
El padre de Héctor tampoco quería pagar un departamento después de haber instalado ya sus cosas.
Eso provocó la primera fractura dentro del grupo.
Héctor dejó claro que, si Camila seguía sintiéndose mal, él no iba a arriesgar su embarazo por ahorrar dinero.
Mi suegra respondió que nadie había demostrado que la casa tuviera nada que ver.
Tenía razón en una cosa.
No había prueba.
Y yo no estaba interesada en demostrar fenómenos sobrenaturales.
Lo que sí podía demostrar era quién figuraba en la escritura.
Por eso seguí adelante con el procedimiento para recuperar formalmente la posesión.
Ese mismo día fui a revisar el exterior del departamento acompañada por Martín.
No entramos.
Desde el pasillo escuchamos voces dentro.
Luego un golpe.
Después, silencio.
La puerta se abrió de repente.
Héctor apareció.
Su rostro estaba tenso.
—Elena, necesito preguntarte algo.
—Dime.
Miró primero a Martín.
Después a mí.
—Cuando volteé hacia ti el día de la mudanza… había una mujer detrás de ti.
Martín se quedó rígido.
Yo no.
—¿Cómo era?
—No le vi bien la cara. Estaba al lado del altar. Pensé que era alguien de tu familia.
—No había nadie.
Héctor bajó la voz.
—Ya lo sé.
Desde el interior Camila gritó su nombre.
Él volvió la cabeza.
Yo di un paso hacia atrás.
—Sácala de aquí.
Por primera vez, Héctor no intentó defender la casa ni hablar de dinero.
Simplemente asintió.
Aquella noche empezó a buscar un lugar cerca del hospital.
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