Stories · Emotions · Life

LEITURA EM PARTESParte 2 de 10

PARTE 2

Héctor permaneció mirando detrás de mí durante varios segundos. Su rostro perdió color y, cuando le pregunté qué le pasaba, parpadeó con rapidez y desvió la mirada. —Nada. Creí que había alguien parado junto al pasillo —murmuró. Yo no volteé.

Mi suegra apareció cargando otra bolsa de basura y dijo que seguramente estaba cansado por la mudanza. Camila se rio, apoyándose una mano sobre el vientre, y le pidió que dejara de asustarla. Héctor intentó reír también, pero ya no volvió a acercarse al pasillo.

Martín regresó después de guardar las fotografías en el auto. Le pedí que sacara también cualquier objeto personal de mis padres que todavía estuviera sobre el altar. Él aceptó, quizá porque pensó que mi aparente tranquilidad significaba que el problema había terminado.

Cuando vi que Camila empezaba a organizar ropa dentro de los cajones, pregunté cuánto tiempo planeaban quedarse. Mi suegra respondió antes que nadie. —Hasta que nazca el bebé y Camila se recupere. No tiene sentido estar mudándose a cada rato.

Martín evitó mirarme. Yo solté una risa breve. Aquello confirmaba exactamente lo que había sospechado desde el principio: nunca habían pensado quedarse solamente unos días.

—Entonces recuerden algo —dije—. Entraron aquí después de que yo se los prohibí claramente. Desde este momento, todo lo que ocurra dentro de esta casa es responsabilidad de ustedes. Nadie podrá decir después que no se lo advertí.

Mi suegra bufó. Camila dijo que dejara de hablar como si la casa estuviera embrujada, y uno de los padres de Héctor comentó que seguramente yo solo intentaba incomodarlos para que se fueran. Ninguno parecía dispuesto a renunciar a una vivienda gratuita junto al hospital.

Héctor, en cambio, permaneció callado. Cuando volvió a mirar hacia el pasillo, vi que apretaba la mandíbula. Luego tomó a Camila del brazo y le preguntó en voz baja si no sería mejor buscar un departamento.

Camila se soltó de inmediato. —¿Para qué vamos a gastar si esto está vacío? Elena ya dijo que podemos quedarnos. —Yo nunca dije eso —respondí. El silencio que siguió duró apenas unos segundos.

Martín intentó suavizarlo todo diciendo que hablaríamos después. Me tomó del brazo y quiso llevarme hacia la puerta. Antes de salir, escuchamos un golpe seco proveniente de la habitación donde habían colocado las cosas de Camila.

Todos se quedaron quietos. Mi suegra fue la primera en entrar. Una caja que habían dejado sobre una cómoda estaba ahora en el suelo, aunque nadie se encontraba cerca de ella.

—Seguro estaba mal puesta —dijo Camila. Nadie discutió. Sin embargo, cuando Héctor levantó la caja, volvió a mirar hacia el rincón más oscuro de la habitación y esta vez retrocedió un paso.

Salí sin ayudarles a acomodar nada. Martín me siguió hasta el estacionamiento y me pidió que no hiciera más difícil la situación. Le respondí que yo había dicho que no desde el principio y que la única persona que había convertido aquello en un problema había sido él al romper mi cerradura.

Antes de subir al auto, saqué las fotografías de mis padres del asiento trasero y las abracé contra el pecho. —Esta noche tú decides dónde dormir —le dije—. Pero yo no pienso regresar a esa casa para proteger a personas que entraron por la fuerza.

Martín abrió la boca, aunque no encontró qué responder. Desde el tercer piso llegó de pronto un ruido agudo, casi como el llanto distante de un bebé. Miré hacia arriba. En una de las ventanas, Héctor estaba inmóvil detrás del vidrio.

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