
PARTE 2
Me quedé inmóvil frente al siguiente escalón, con la mano apoyada sobre la baranda húmeda. Durante años había recordado las últimas palabras de mi papá como una obligación imposible de cumplir, pero aquella mañana sonaron distintas. Vivir bien ya no significaba regresar a la vida que había perdido. Tal vez solamente significaba dejar de sobrevivir de un día para otro.
Subí despacio. Mi pierna derecha comenzó a temblar antes de llegar a la mitad, así que me senté en una piedra y esperé a que el espasmo pasara. Dos personas me preguntaron si necesitaba ayuda y negué con la cabeza. Después de tres años en los que otros habían decidido cuándo podía levantarme, dormir, comer o salir de una habitación, hasta aceptar una mano me resultaba difícil.
Cuando finalmente llegué arriba, no pedí recuperar a Adrián ni recuperar el pasado. Tampoco pedí dinero. Permanecí varios minutos en silencio y pensé en una sola cosa: quería volver a tomar decisiones sin que nadie pudiera quitármelas. Era un deseo mucho más pequeño que los noventa y nueve deseos de mi papá, pero por primera vez sentí que podía hacer algo para cumplirlo.
Al bajar, descubrí a Adrián esperando junto a la entrada. No se acercó de inmediato. Estaba varios metros lejos de mí, como si hubiera comprendido al menos una parte de lo que significaba invadir mi espacio. Lo miré sin sorpresa; él conocía aquella costumbre desde mucho antes de que todo se destruyera.
—No vine a llevarte conmigo —dijo—. Solo quería saber si estabas bien. No contesté. Adrián metió las manos en los bolsillos y mantuvo la distancia. —Si quieres que me vaya, me voy.
Di dos pasos antes de detenerme. Durante tres años había pensado que, si algún día lograba salir, jamás volvería a pedirle nada. Sin embargo, esa mañana entendí que negarme a utilizar algo que me pertenecía tampoco era libertad. Me giré hacia él.
—Quiero mis documentos. Mi identificación, mis papeles y cualquier cosa personal que haya quedado contigo cuando me internaron. Adrián abrió la boca, pero no lo dejé responder todavía. —Y quiero saber el nombre completo del hospital, del médico que llevaba mi caso y las fechas exactas en que firmaste para que yo siguiera ahí.
Su expresión cambió. No parecía sorprendido por mi enojo, sino por la precisión de lo que estaba pidiendo. —Te lo voy a entregar todo. —No quiero que arregles nada por mí —aclaré—. Solo devuelve lo que es mío.
Adrián asintió. Quiso decir algo más, pero terminó guardándose las palabras. Le di el nombre de una cafetería cercana y le indiqué que podía dejar allí mis documentos al día siguiente, cuando hubiera más gente alrededor. No le di mi dirección.
Mientras regresaba caminando, pasé frente a un centro de salud público. Durante varios minutos me quedé observando la entrada. Mi primera reacción fue seguir de largo, porque cualquier pasillo blanco todavía hacía que se me cerrara el pecho. Pero mi pierna volvió a sacudirse.
Entré. No conté toda mi historia. Solo expliqué que había recibido tratamientos psiquiátricos durante mucho tiempo y que ahora tenía espasmos frecuentes en una pierna. La mujer de recepción me dijo qué documentos necesitaba para solicitar una valoración y me entregó información sobre atención médica y apoyo social.
Salí con el papel doblado dentro del bolsillo. No era una solución. No tenía consulta todavía, ni casa, ni trabajo, ni siquiera una identificación en la mano. Pero ya sabía cuál era el primer trámite que debía hacer y qué necesitaba para hacerlo.
Esa noche regresé al cuarto bajo el puente y conté las botellas que había reunido. Por primera vez no pensé únicamente en cuánto podría comprar de comida con ellas. Separé unas monedas dentro de una lata vacía y decidí que serían para transportarme al centro de salud cuando recuperara mis documentos. Era una cantidad mínima, pero era dinero destinado a una decisión que había tomado yo.
Antes de acostarme miré la lluvia seca sobre el plástico de la ventana. Adrián seguía debiéndome una explicación, pero ya no era la explicación lo que más me importaba. Al día siguiente iba a recuperar mi nombre en papeles oficiales y empezar a averiguar qué habían hecho conmigo durante esos tres años. Por primera vez desde que escapé, tenía un siguiente paso.
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