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LEITURA EM PARTESParte 10 de 10

PARTE 10

El día de mi cumpleaños amaneció despejado.

Me levanté antes de las seis y preparé café en la pequeña cocina de mi departamento. Sobre la mesa estaba la taza azul que había comprado meses atrás, una libreta con cuentas del trabajo y un sobre con dinero destinado a mis ahorros.

Ninguno de aquellos objetos era valioso por sí mismo.

Juntos formaban algo que durante años había parecido imposible.

Una vida cotidiana que me pertenecía.

Me puse ropa cómoda y guardé una botella de agua dentro de la mochila.

No tuve que revisar si alguien me daba permiso para salir.

Abrí la puerta.

La cerré detrás de mí.

Y me fui.

Llegué al Santuario de la Quietud cuando el sol empezaba a iluminar los primeros escalones.

La piedra todavía estaba fría.

Me quedé algunos minutos frente al inicio del camino.

Tres años de encierro habían borrado tres cumpleaños de aquella montaña.

El primero después de mi fuga lo había subido casi como una obligación, aferrándome al recuerdo de mi papá porque no sabía qué otra cosa podía sostenerme.

Esta vez era distinto.

Puse un pie sobre el primer escalón.

Después el otro.

No conté deseos.

Conté pasos.

En el escalón dieciocho mi pierna empezó a tensarse.

Me detuve.

Antes me habría obligado a seguir hasta caer porque detenerme podía parecer una derrota.

Ahora me senté.

Bebí agua.

Esperé.

Una pareja mayor pasó junto a mí y continuó hacia arriba.

Un niño bajó corriendo mientras su madre le pedía que tuviera cuidado.

El mundo siguió moviéndose mientras yo descansaba.

No había nada humillante en eso.

Cuando el espasmo disminuyó, continué.

En el escalón cuarenta y siete recordé el día en que Adrián me había encontrado detrás del restaurante.

Recordé sus zapatos manchados, los billetes que intentó ponerme en la mano y la botella vacía que yo había preferido llevarme.

En aquel momento había pensado que ya no sentía nada.

Ahora sabía que no era exactamente cierto.

Estaba demasiado agotada para sentirlo.

Había una diferencia.

El dolor no había desaparecido.

Lo que había cambiado era el espacio que ocupaba dentro de mí.

En el escalón sesenta y tres pensé en el hospital.

En los pasillos.

En las puertas.

En las veces que pedí salir.

En las veces que alguien interpretó mis palabras de una manera distinta a la que yo intentaba darles.

Durante mucho tiempo esos recuerdos aparecían sin permiso.

Ahora podía mirarlos y también decidir cuándo apartar la mirada.

Seguí subiendo.

Llegué al lugar donde años atrás mi papá se había detenido después de su cirugía.

Podía verlo en mi memoria, respirando con dificultad y fingiendo que estaba menos cansado de lo que realmente estaba.

—Aunque tenga que subir arrastrándome, voy a llegar —había dicho.

Sonreí.

—Eras muy terco, papá.

Una mujer que pasaba cerca me miró con curiosidad.

No me importó.

Continué.

Los últimos escalones fueron lentos.

Cuando llegué arriba, no sentí una revelación.

No apareció ninguna respuesta perfecta sobre los tres años que había perdido.

No escuché la voz de mi papá.

No sentí que todo estuviera reparado.

Solo respiré.

Eso fue suficiente.

Entré al santuario y permanecí allí un rato.

No pedí que Adrián sufriera.

No pedí que el hospital desapareciera.

No pedí recuperar los años perdidos.

Pedí tener la claridad necesaria para seguir eligiendo.

Después pensé que quizá ni siquiera necesitaba pedirlo.

Llevaba meses haciéndolo.

Al salir encontré un mensaje en el celular.

Era de Verónica.

“Llegó la confirmación final de cumplimiento de las medidas pactadas. Cuando quieras puedes pasar por una copia.”

Leí el mensaje.

Guardé el teléfono.

No necesitaba bajar corriendo.

Los documentos podían esperar hasta el día siguiente.

La montaña estaba tranquila y yo quería quedarme unos minutos más.

Por la tarde regresé a la ciudad.

Pasé cerca del restaurante donde Adrián me había encontrado aquella noche. No había planeado hacerlo; simplemente era parte de la ruta.

Vi desde la banqueta la entrada elegante y a varias personas esperando una mesa.

Durante un segundo recordé el callejón trasero.

La comida envuelta en plástico.

Las botellas vacías.

La sensación de que un día completo de supervivencia dependía de lo que pudiera rescatar de un bote de basura.

Me detuve.

Después seguí caminando.

No entré al restaurante.

Tampoco fui al callejón.

Ninguno de los dos lugares tenía algo que devolverme.

Llegué a la fonda poco antes del turno de la tarde.

Doña Marta había comprado un pastel pequeño.

—No hagas esa cara —dijo—. No vamos a cantar si no quieres.

Me reí.

—Sí pueden cantar.

Mis compañeros desafinaron de una manera terrible.

Por un momento tuve ganas de llorar.

Pero no porque estuviera triste.

Solo porque tres años atrás no podía imaginar que algún día un grupo de personas pudiera cantar mi cumpleaños y que yo tuviera la libertad de quedarme a escucharlos.

Después del trabajo regresé a mi departamento.

Sobre la mesa había varios folletos del curso que estaba considerando estudiar.

También estaba una libreta nueva.

La abrí.

En la primera página había escrito una lista semanas antes:

Ahorrar.

Seguir rehabilitación.

Terminar terapia cuando yo esté lista.

Aprender administración.

Pensar si quiero abrir un negocio.

Viajar algún día.

La última línea estaba vacía.

Tomé una pluma.

Escribí:

“Dejar espacio para cosas que todavía no conozco.”

Me quedé mirando la frase.

Durante años había tenido miedo de lo desconocido porque cualquier cambio podía significar que alguien volviera a decidir por mí.

Ahora lo desconocido también podía ser otra cosa.

Una oportunidad.

Un lugar.

Una persona.

Una mañana cualquiera.

No necesitaba saberlo todavía.

Cerré la libreta.

Antes de dormir pensé en Adrián por primera vez en varias semanas.

No con amor.

No con odio.

Recordé al hombre parado en aquel callejón diciendo que podía compensarme con cualquier cosa.

Ahora sabía por qué aquella frase me había molestado tanto.

Había cosas que el dinero no podía compensar.

Había años que nadie podía devolver.

Había decisiones cuyos efectos no desaparecían con una disculpa.

Pero también había algo que Adrián nunca podría darme ni quitarme otra vez.

El derecho a decidir qué hacer con todo lo que quedaba.

Apagué la luz.

La puerta estaba cerrada.

La llave estaba sobre mi mesa.

Podía abrirla cuando quisiera.

A la mañana siguiente fui por la copia final de los documentos. Los guardé en una carpeta y, al llegar a casa, los coloqué en un cajón.

No debajo de la almohada.

No sobre la mesa para revisarlos cada noche.

En un cajón.

Allí podían quedarse.

Después fui a trabajar.

Varias semanas más tarde me inscribí en el nuevo curso. Continué ahorrando. Seguí viendo a mi doctora y reduje gradualmente algunas sesiones de terapia porque ya no necesitaba la misma frecuencia.

Mi pierna todavía temblaba algunos días.

Había noches malas.

Había recuerdos que seguían doliendo.

Recuperarme no significó convertir todo eso en algo bonito.

Significó que esas cosas dejaron de gobernar cada decisión.

Un año después volví nuevamente al santuario.

Esta vez subí los noventa y nueve escalones sin contar cuánto me habían quitado.

En cada uno pensé solamente en cuánto podía elegir todavía.

Y cuando llegué arriba entendí, por fin, que vivir bien no era cumplir el deseo que mi papá había pedido por mí.

Era volver a elegir mi propia vida, un paso a la vez, con mis propios pies.

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