
PARTE 4
La licenciada no me dijo que me divorciara.
Tampoco intentó convencerme de salvar el matrimonio.
Me pidió que separara dos preguntas que yo llevaba días mezclando: qué quería hacer con Andrés y qué debía hacer para protegerme mientras tomaba esa decisión.
Comenzamos por lo segundo.
Revisamos las escrituras disponibles y los documentos de mi matrimonio.
La propiedad donde Andrés y yo vivíamos había sido comprada por mi padre y registrada a mi nombre cuando nos casamos. La segunda propiedad era la que mi padre había decidido poner a nombre de Andrés para que él sintiera que también tenía patrimonio propio.
La empresa, aunque había nacido con dinero de mi padre, estaba formalmente bajo la administración de Andrés.
Aquello fue difícil de aceptar.
Durante años habíamos llamado a todo “lo nuestro”, pero los papeles mostraban que mi padre había repartido su dinero con una confianza casi absoluta.
—¿Puede recuperar lo que puso en la empresa? —pregunté.
La abogada negó con cautela.
—Dependerá de cómo se documentó cada aportación. Si fue una inversión, un préstamo o una aportación sin obligación de devolución cambia mucho las cosas.
Mi padre no había pensado en eso.
Simplemente había entregado dinero para ayudar a su yerno.
No existían contratos detallados por cada cantidad.
Cuando se lo expliqué, se quedó callado.
—Fui un tonto.
—No.
Me senté frente a él.
—Fuiste generoso. Ahora necesitamos ser cuidadosos.
Mi padre bajó la mirada.
—Generoso sin cuidado también puede salir muy caro.
No pude contradecirlo.
Esa tarde Andrés regresó a casa antes de lo habitual.
No traía flores ni regalos.
Dejó las llaves sobre la mesa y preguntó directamente si yo había hablado con un abogado.
No supe cómo se había enterado y tampoco me interesó.
—Sí.
—¿Para qué?
—Para entender nuestra situación.
—¿Nuestra situación o cómo quitarme todo?
La ironía fue tan evidente que durante un instante pensé que había escuchado mal.
—¿De verdad quieres preguntarme eso?
Andrés se levantó.
—Yo llevo años trabajando por esta familia.
—Y mi padre lleva años financiando parte de lo que llamas tu esfuerzo.
—Él quiso hacerlo.
—Sí.
No levanté la voz.
—Y tú querías que hiciera todavía más.
Andrés caminó de un lado a otro de la sala.
—La hipoteca era para salvar la empresa.
—Entonces explícame las cuentas.
—Ya te las expliqué.
—No. Me diste unas hojas y me pediste confianza.
Andrés golpeó suavemente la mesa con la palma, más frustrado que agresivo.
—¿Qué quieres escuchar?
Lo miré durante varios segundos.
Había esperado esa pregunta desde la noche de la transmisión.
—Quiero saber quién es Valeria en tu vida ahora.
El silencio fue inmediato.
Su rostro perdió color.
—¿Qué tiene que ver ella con esto?
—Eso no fue una respuesta.
Andrés apartó la mirada.
—Volvió hace poco.
—Eso ya lo sé.
—Nos vimos.
Sentí una presión en el pecho, pero no permití que mi voz cambiara.
—También lo sé.
Él me miró de nuevo.
—¿Me estás siguiendo?
No contesté esa pregunta.
—¿Quieres divorciarte de mí para casarte con ella?
Andrés abrió la boca y volvió a cerrarla.
Aquel segundo de silencio fue suficiente para recordarme cada palabra de la transmisión.
—¿De dónde sacaste eso?
Fui a la recámara, regresé con mi computadora y reproduje unos segundos del audio.
No todo.
No hacía falta.
Andrés reconoció su propia voz de inmediato.
Se quedó completamente inmóvil.
Detuve la grabación.
—¿Ahora sí quieres explicarme?
Su primera reacción no fue pedir perdón.
Fue preguntar cómo había conseguido la grabación.
—Era una transmisión pública.
—Eso fue una conversación privada con un abogado.
—Transmitida frente a cientos de personas.
—Yo no estaba hablando de nosotros exactamente.
Lo miré sin entender.
—¿No?
—Era una consulta hipotética.
Por primera vez desde que todo había empezado, sentí ganas de reír.
No porque fuera gracioso.
Porque su explicación era demasiado pobre incluso para él.
—Y justo después de tu “consulta hipotética” me pediste que mis padres hipotecaran su casa.
Andrés se pasó ambas manos por el rostro.
—Yo estaba desesperado.
—También mencionaste a tu primer amor.
—No ha pasado lo que estás pensando.
—No necesito imaginar nada.
Me acerqué a la mesa.
—Te escuché decir que querías divorciarte para casarte con ella.
Andrés se dejó caer en una silla.
Durante varios segundos no habló.
Finalmente admitió que había vuelto a ver a Valeria después de su regreso al país.
Dijo que habían hablado de lo que había ocurrido años atrás.
Dijo que se había confundido.
Dijo que la presión de la empresa había empeorado todo.
Cada explicación intentaba colocar una causa delante de su decisión.
Yo escuché sin interrumpir.
Cuando terminó, preguntó:
—¿Qué quieres que haga?
Esa vez yo sí tenía una respuesta.
—Quiero que te vayas de esta casa por un tiempo.
Andrés levantó la cabeza.
—Esta también es mi casa.
—Es la casa donde hemos vivido juntos. Pero necesito distancia y voy a seguir el procedimiento que corresponda si no estamos de acuerdo.
Él me miró con incredulidad.
Yo no intenté echarlo físicamente ni cambiar cerraduras.
No quería cometer el mismo error que él: creer que desear algo era suficiente para volverlo legal.
Después de una conversación larga y tensa, Andrés aceptó quedarse unos días en la otra propiedad que estaba a su nombre.
Empacó una maleta.
Antes de salir, se detuvo junto a la puerta.
—Estás destruyendo nuestro matrimonio por una conversación.
—No.
Lo miré directamente.
—La conversación solo me permitió escuchar lo que tú ya habías decidido hacer.
Cerró la puerta detrás de él.
No sentí alivio inmediato.
Tampoco victoria.
Me senté en el sofá de una casa que de pronto parecía demasiado grande.
La diferencia fue que, esa noche, el silencio ya no estaba lleno de preguntas sobre lo que Andrés podía hacerme.
Estaba lleno de decisiones que yo todavía podía tomar.
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