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LEITURA EM PARTESParte 2 de 10

PARTE 2

Yo también vi aquel brillo en sus ojos. Antes de que Andrés pudiera agradecerle a mi padre, dejé lentamente mi vaso sobre la mesa y sonreí. —Claro que podemos hacerlo, pero una cantidad así merece hacerse bien desde el principio. Mi esposo giró la cabeza hacia mí.

—Mañana podemos revisar con calma los estados de cuenta de la empresa, los contratos pendientes y el monto exacto que necesitas —continué—. Así sabremos cuánto solicitar y a dónde deberá transferirse el dinero. La sonrisa de Andrés se tensó apenas un poco. —No hace falta complicarlo tanto, amor.

Mi padre no respondió enseguida. Yo mantuve la misma expresión tranquila y añadí que hipotecar el patrimonio de mis padres sin conocer las cifras sería irresponsable. Mi madre asintió casi de inmediato. Andrés, en cambio, tomó su vaso y bebió un trago largo antes de decir que confiáramos en él.

—Precisamente porque confiamos en ti debemos hacerlo de manera formal —dije—. Si el problema es de la empresa, seguramente tendrás documentos que muestren el faltante. Además, el banco también los va a pedir. Andrés dejó de sonreír.

Mi padre apoyó ambas manos sobre la mesa. —Tu esposa tiene razón. Si voy a poner mi casa como garantía, primero quiero saber cuánto necesitas y para qué. Andrés tardó un par de segundos en contestar. Finalmente dijo que tendría todo listo a la mañana siguiente.

El resto de la cena perdió la calidez que él había intentado construir. Seguía llamando “papá” y “mamá” a mis padres, pero ya no hablaba de casas frente al mar ni de grandes oportunidades. Cada cierto tiempo me observaba de reojo. Yo actuaba como si no hubiera notado nada.

Cuando salimos, esperó hasta que estuvimos dentro del carro para preguntarme por qué había cambiado el plan. Respondí que no había cambiado nada, solo quería que mis padres estuvieran tranquilos antes de comprometer su patrimonio. Andrés apretó el volante. —A veces en los negocios hay que actuar rápido.

—Entonces mañana revisamos rápido los documentos —contesté. Él me miró durante unos segundos antes de volver la vista al frente. —No entiendes cómo funciona una empresa. Aquella frase me habría hecho sentir pequeña en otro momento; esa noche únicamente me confirmó que su paciencia dependía de que yo siguiera obedeciendo.

Al llegar a casa, Andrés abrió su computadora y empezó a trabajar en el comedor. Yo fui a la recámara, cerré la puerta del baño y llamé a mi padre. Le pedí que no firmara absolutamente nada, sin importar lo que Andrés dijera. Esta vez mi padre comprendió que mi tono no admitía preguntas.

—¿Está pasando algo grave? —preguntó. Miré mi reflejo en el espejo antes de responder. —Sí, pero primero necesito entender hasta dónde llega. Le prometí que al día siguiente hablaríamos los tres sin Andrés.

Después llamé a mi madre y le pedí lo mismo. Ella quiso saber si la empresa realmente estaba en problemas. Le dije que todavía no podía asegurarlo. Lo único que sabía era que la solicitud de Andrés no era tan inocente como había parecido durante la cena.

Cuando regresé a la sala, encontré a Andrés cerrando varias ventanas de su computadora. —Mañana tengo una mañana complicada —dijo—. Tal vez sea mejor que tu papá firme primero y luego les enseño todo. Lo miré con calma. —Sin documentos no habrá hipoteca.

Por primera vez desde que había regresado del viaje, su rostro mostró irritación sin disfraz. —¿Desde cuándo desconfías así de mí? Preguntó aquello como si el problema fuera mi desconfianza y no la conversación que yo había escuchado. —Desde que estás pidiendo que mis padres arriesguen la casa donde piensan envejecer.

Andrés permaneció callado. Después se levantó y dijo que conseguiría los documentos, aunque eso retrasara la oportunidad de la empresa. Yo no discutí. Esa noche durmió de espaldas a mí, con el celular debajo de la almohada.

Yo tampoco dormí mucho. Abrí una libreta y anoté todo lo que necesitaba revisar: monto solicitado, cuentas de la empresa, deudas, inversiones recientes y cualquier operación que justificara hipotecar una propiedad. Por primera vez desde que había escuchado aquella transmisión, dejé de preguntarme por qué Andrés quería hacerme eso y empecé a preguntarme cómo impedir que lo consiguiera.

A la mañana siguiente, antes de levantarnos, recibí un mensaje de mi padre. Solo decía: “No voy a firmar nada hasta que tú me digas”. Miré a Andrés mientras seguía dormido y sentí que algo había cambiado de verdad. Él todavía creía que estaba a punto de conseguir el dinero, pero la puerta que había intentado abrir utilizando mi confianza acababa de cerrarse.

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