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LEITURA EM PARTESParte 2 de 10

PARTE 2

Sofía guardó silencio unos segundos. Luego me preguntó dónde estaba y, cuando le dije el nombre del local, respondió que no me moviera. Intenté decirle que podía buscar un hotel por mi cuenta, pero me cortó antes de que terminara. —Ni se te ocurra gastar en eso esta noche. Voy por ti.

Cuarenta minutos después apareció frente al local. Cuando vio las dos ampollas que ya se habían formado en mis pies, dejó de preguntarme si estaba bien. Metió mis maletas en la cajuela de su carro y simplemente dijo que podía quedarme en su departamento unos días mientras encontraba dónde vivir.

Durante el trayecto no hablamos demasiado. Yo miraba por la ventana y sentía una mezcla extraña de alivio y vergüenza. Durante seis años había repetido que tenía un hogar, y aquella noche todo lo que poseía cabía en dos maletas colocadas detrás de mí.

Sofía preparó café cuando llegamos. Le conté algunas cosas del convenio y le dije que al día siguiente comenzaría a buscar departamentos. Ella me miró por encima de la taza y me pidió que, por una vez, dejara de intentar resolver toda mi vida en una sola noche.

Poco después volvió a preguntarme cuánto dinero tenía. Cuando le dije que alrededor de setenta mil pesos, abrió mucho los ojos. —Entonces no estás en cero, Laura. Estás asustada, que es diferente.

Aquella frase me dejó callada. Hasta ese momento yo había pensado únicamente en lo que había perdido: la casa, el matrimonio, seis años y aquella promoción que nunca acepté. No había considerado que todavía conservaba un trabajo, experiencia profesional, ahorros y, sobre todo, la posibilidad de decidir.

Saqué el celular para revisar la hora y, al hacerlo, el boleto que había comprado cayó de mi bolsa. Sofía lo recogió y arqueó una ceja. Le expliqué que lo había comprado después de salir del Registro Civil, más por impulso que por esperanza.

—¿Ya salió el sorteo? —preguntó. Negué con la cabeza. Ella tomó su celular, buscó la información y me dijo que los resultados se publicarían esa misma noche.

No le dimos más importancia. Me bañé, me puse una camiseta que Sofía me prestó y me senté en el sofá con una libreta. Empecé a calcular depósitos, rentas y gastos mensuales hasta que los números volvieron a parecerme una pared.

Pasadas las diez, Sofía apareció desde la cocina sosteniendo el boleto. —Laura, dime los números otra vez. Pensé que estaba bromeando, pero su rostro había cambiado.

Tomé el boleto. Leí los números una vez, luego miré la pantalla de su celular. Volví a leerlos porque estaba convencida de que había confundido uno.






Coincidían.

Sofía buscó otra página oficial para comprobarlo. Después una tercera. Yo seguía sentada sin entender por qué ella había empezado a respirar tan rápido.

La combinación había obtenido el premio mayor. Había más de un boleto ganador, por lo que la cantidad debía dividirse, y todavía faltaban las retenciones correspondientes. Aun así, la estimación inicial superaba los setenta millones de pesos.

Durante varios minutos no dije nada. Setenta millones no cabían en mi cabeza. Una hora antes estaba calculando cuántos años necesitaría para ahorrar lo suficiente para comprar un departamento.

Sofía se sentó frente a mí y puso ambas manos sobre la mesa. —No se lo digas a nadie esta noche. Ni a Julián, ni a compañeros del trabajo, ni a familiares. Primero averiguamos exactamente qué tienes que hacer.

Asentí. Doblé otra vez el boleto, lo guardé junto a los documentos del divorcio y cerré la bolsa. Los dos papeles habían entrado allí el mismo día, pero representaban cosas completamente distintas.

Esa noche casi no dormí. No estaba imaginando mansiones, carros ni viajes. Solo pensaba en una pregunta que, por primera vez desde que había salido del Registro Civil, ya no me daba miedo: ahora que nadie podía decidir por mí, ¿qué quería hacer yo con mi vida?

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