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LEITURA EM PARTESParte 3 de 10

PARTE 3

El secretario pidió un receso de veinte minutos antes de iniciar la revisión detallada. Nadie protestó. Algunos accionistas salieron de la sala para hacer llamadas; otros permanecieron conversando en voz baja, todavía intentando entender cómo una mujer identificada en el organigrama como jefa de Logística podía presidir al mismo tiempo la estructura que concentraba la mayoría de los derechos de voto del grupo.

Yo no salí.

Abrí por primera vez la carpeta que habían dejado frente a mí y busqué el informe preparado para el tercer punto del orden del día. No tenía intención de utilizar mi posición para detenerlo. Si durante mi gestión había cometido un error, prefería conocerlo en ese momento y asumirlo.

Mónica también permaneció en la sala. Hablaba en voz baja con uno de sus asistentes, revisando hojas y señalando cifras con el dedo. De vez en cuando levantaba la vista hacia mí, pero ya no había provocación en su expresión. Había tensión.

Adrián se acercó.

—Tenemos que hablar.

—Después de la auditoría.

—Sofía, esto ya dejó de ser solamente una auditoría.

Cerré la carpeta.

—Dejó de serlo cuando permitiste que una acusación sin resolución formal llegara hasta la mesa del consejo.

Su mandíbula se tensó.

—Yo no sabía que Mónica iba a anunciar tu despido así.

—Pero sí sabías que estaba construyendo un caso contra mi área.

No respondió de inmediato.

Eso fue suficiente.

—¿Desde cuándo?

—Hace algunas semanas comenzaron a aparecer diferencias en los reportes —dijo finalmente—. Le pedí que las revisara.

—¿Y nunca consideraste preguntarme?

—No quería que nuestra relación interfiriera.

Lo observé unos segundos.

—No preguntarme no eliminó nuestra relación. Solo hizo que yo fuera la última persona en enterarse de que estaban cuestionando mi trabajo.

Adrián quiso responder, pero el regreso de varios consejeros interrumpió la conversación.

Cuando el receso terminó, Ricardo Salgado pidió que la revisión se limitara primero a los movimientos mencionados en la acusación. Era una propuesta razonable. Evitaba que la discusión se convirtiera en una batalla personal y obligaba a todos a hablar de documentos concretos.

El primer señalamiento se refería a dos proyectos logísticos clasificados por Mónica como “sin sustento operativo”.

La responsable de auditoría interna, Elena Robles, tomó la palabra.

—Los proyectos existen. Lo que encontramos es que su ejecución fue suspendida después de su aprobación inicial.

Mónica intervino.

—Precisamente. Se presupuestaron recursos para proyectos que después no se ejecutaron.

Elena negó ligeramente con la cabeza.

—Eso no significa que fueran proyectos ficticios. Ambos tienen solicitud, autorización técnica y registro presupuestario. Fueron suspendidos cuando Tesorería reasignó temporalmente parte del flujo.

Miré la pantalla.

El documento mostraba fechas, solicitudes y autorizaciones.

—¿Quién ordenó esa reasignación? —pregunté.

Elena revisó sus notas.

—La instrucción se originó en la Dirección General y fue ejecutada por Finanzas dentro del programa de reorganización de liquidez del segundo trimestre.

Todas las miradas se dirigieron hacia Adrián.

Él no intentó negarlo.

—Sí. En ese periodo priorizamos caja para dos proyectos comerciales.

No había nada ilegal en aquella decisión. Como director general podía proponer y ejecutar ajustes dentro de los límites aprobados. El problema era otro: una consecuencia de esa decisión había sido presentada después como prueba de una irregularidad cometida por Logística.

Pasaron al segundo señalamiento.

El supuesto “uso indebido” de presupuesto provenía de tres órdenes de compra que habían cambiado de centro de costos.

Elena explicó que la modificación había sido solicitada por Finanzas para reagrupar proveedores tras una reestructuración interna. Mi firma aparecía en los documentos porque Logística había recibido los servicios, pero la instrucción contable no había salido de mi oficina.

Mónica se inclinó hacia el micrófono.

—Sofía sabía que las partidas estaban cambiando.

—Por supuesto —respondí—. Mi equipo recibió las notificaciones después de que Finanzas hizo los ajustes. La pregunta no es si yo sabía que cambiaron. La pregunta es por qué una modificación autorizada por otra dirección aparece en tu informe como si yo hubiera desviado dinero.

Mónica guardó silencio.

No estaba derrotada. Todavía quedaban observaciones reales sobre retrasos y controles internos. En dos casos, mi área había entregado documentación tarde y eso había complicado la conciliación mensual. No lo negué.

—Esos retrasos son responsabilidad de Logística —dije—. Quiero que conste así.

Elena asintió.

Ese reconocimiento cambió el tono de la reunión. Ya no parecía que yo estuviera intentando defenderme de todo. Había diferencias entre fallas administrativas y acusaciones de apropiación indebida, y precisamente eso era lo que debía aclararse.

Durante casi dos horas revisamos los principales puntos.

Al terminar, todavía no existía una conclusión definitiva, pero había algo evidente: el lenguaje utilizado por Mónica era mucho más grave que lo que los registros mostraban hasta ese momento.

El consejero Treviño pidió la palabra.

—Propongo que el comité de auditoría complete una revisión independiente antes de tomar cualquier medida disciplinaria. También sugiero que, mientras tanto, ninguna de las personas involucradas pueda modificar o eliminar archivos relacionados con estos movimientos.

La propuesta fue aprobada.

Yo voté a favor de preservar la documentación, pero me abstuve en cualquier medida que afectara directamente mi puesto operativo.

Después añadí una segunda propuesta.

—Mientras se revisa esto, quiero delegar temporalmente las autorizaciones financieras de Logística a mi subdirección. No porque acepte las acusaciones, sino para que nadie pueda decir que tengo capacidad de interferir en la revisión.

Adrián me miró con sorpresa.

Mónica también.

Era la primera decisión real de aquel día que me costaba poder.

Y precisamente por eso era necesaria.

Cuando la reunión volvió a suspenderse, Adrián me alcanzó en el pasillo.

—No tenías que hacer eso.

—Sí tenía.

—Podías haber dejado claro quién manda y terminarlo en cinco minutos.

Me detuve.

—Eso es exactamente lo que no pienso hacer. Si quiero que una empresa me respete cuando tengo razón, también tengo que permitir que me investigue cuando existen dudas.

Su expresión cambió.

—Entonces, ¿qué vas a hacer conmigo?

La pregunta no se refería a la empresa.

Lo supe por la manera en que la dijo.

—Todavía no lo sé —respondí—. Primero necesito entender por qué preferiste mirar cómo esto avanzaba desde tu oficina en lugar de hablar conmigo como director general… o como mi esposo.

Seguí caminando.

Por primera vez desde que comenzó la reunión, ya no era Mónica quien ocupaba mis pensamientos.

Era Adrián.

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